Las cinco de la mañana en la Arena Nacional no se sentían como un horario deportivo, sino como una ejecución. El frío en los pasillos era cortante, y el zumbido constante de los servidores centrales de la Sincronía sonaba, por primera vez, como una amenaza en lugar de una melodía.
Mina se movía por el pasillo del Nivel Cuatro con una precisión que habría envidiado incluso en sus mejores competiciones. Liam iba un paso por delante, con una linterna táctica atenuada al mínimo. Sus movimientos eran fluidos, casi depredadores.
—Tenemos exactamente quince minutos antes de que el cambio de guardia reinicie el sistema de escaneo de retina —susurró Liam, sin detenerse—. Si llegamos a la puerta del archivo y el sensor no reconoce mi código, la alarma central se activará en tres segundos. No habrá tiempo para explicaciones.
—Lo sé —respondió ella, tratando de mantener la calma. Pero por dentro, cada fibra de su ser le gritaba que estaba cometiendo una traición de la que no habría retorno.
Llegaron al final del pasillo, donde una puerta reforzada de acero y cristal templado bloqueaba el acceso a la historia oculta de la Federación. Liam sacó un dispositivo pequeño, una pieza de hardware que parecía haber sido fabricada de forma artesanal, y la conectó al panel de acceso. Sus dedos volaban sobre una pantalla holográfica.
—Mina, vigila el ángulo muerto de la cámara superior —indicó él, con la voz tensa—. Si alguien se acerca, avísame. No puedo detener el hackeo una vez que empiece.
Mina se colocó en posición. El tiempo parecía estirarse. Observó el pasillo vacío, escuchando el eco de sus propias pisadas. De repente, una sombra se proyectó al final del corredor. Un guardia. Su uniforme oscuro apenas se distinguía en la penumbra, pero el brillo metálico de su arma de pulso electromagnético era inconfundible.
—Liam... —siseó ella, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta—. Viene alguien.
—Casi está —respondió él, con un tono urgente—. Dame diez segundos.
El guardia se acercó. Mina sabía que si le pedía a Liam que se detuviera, perderían su única oportunidad. Pero si no hacía algo, los atraparían antes de entrar. Se le ocurrió algo demente. Usando la pequeña chispa de energía que aún conservaba tras la práctica de ayer, Mina no proyectó luz, sino que interfirió con el sensor de proximidad de la puerta de al lado. Un pitido agudo resonó en todo el pasillo.
El guardia se detuvo en seco, confundido, girándose hacia el ruido. Liam soltó un suspiro de alivio al mismo tiempo que la puerta del archivo se abría con un siseo neumático.
—¡Entra! —ordenó Liam, agarrándola del brazo y arrastrándola hacia la penumbra del archivo central.
El interior estaba atestado de servidores, torres de información que zumbaban con una luz azul fría. Pero no era la tecnología lo que le quitó el aire a Mina, sino lo que vio en las pantallas. No eran solo datos de patinaje; eran perfiles genéticos, mapas de resonancia, y una carpeta que llevaba el nombre de "Proyecto Anomalía".
—Aquí está —susurró Liam, acercándose a una terminal—. El registro de mi padre.
Mina miró los datos en pantalla y se llevó las manos a la boca. La Federación no estaba creando parejas; estaban intentando construir una "Sincronía Suprema", un arma capaz de manipular el entorno a través de la resonancia de los atletas. Y Mina y Liam eran las piezas de prueba más exitosas hasta la fecha.
—No somos deportistas, Liam —dijo ella, con un hilo de voz—. Somos sujetos de laboratorio.
Liam la miró, y en sus ojos no había sorpresa, solo una rabia gélida que prometía quemar todo el sistema hasta los cimientos.
¡Mis lectores queridos! ⛸️⚠️
¡La verdad ha salido a la luz! Mina y Liam no estaban entrenando para el oro, estaban siendo preparados como armas. ¿Qué creen que harán ahora con esta información? ¿Lograrán salir del archivo antes de que los atrapen?
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