Anomalía en el Hielo

Capítulo 13: El Eco del Cristal Roto

El aire en el conducto de ventilación era un hilo delgado de oxígeno procesado que apenas lograba llenar mis pulmones. Liam iba delante, pero su lenguaje corporal había cambiado drásticamente. Ya no era el guía calculador y ágil que me había traído hasta aquí; sus movimientos eran erráticos, pesados, como si los datos que acababa de descargar pesaran más que el propio acero del edificio. Cada vez que su mano golpeaba una pared de metal, el sonido resonaba en mi pecho como una sentencia.

Habíamos robado el Proyecto Fénix. Habíamos visto el nombre de su padre junto a una palabra que me revolvía el estómago: Liquidación.

El peso de la verdad

Logramos salir a un callejón lateral, lejos de las luces principales del distrito comercial. La lluvia empezaba a caer, una mezcla de agua y residuos químicos que dejaba un rastro amargo en los labios. Liam se desplomó contra una pared de ladrillo visto, oculto tras la sombra de un transformador eléctrico. Su respiración era un silbido roto.

—No fue un accidente, Mina —dijo, y su voz sonó tan extraña que tuve que acercarme para asegurarme de que era él quien hablaba—. Lo mataron porque empezó a sentir. Porque su "firma térmica" se volvió demasiado humana para el estándar de oro de la Federación. Lo borraron como si fuera una línea de código mal escrita.

Me arrodillé frente a él. El parpadeo de una luz de neón rosa de un local cercano teñía su rostro de un color artificial, ocultando las lágrimas que se mezclaban con la lluvia. Intenté tomar sus manos, pero estaban cerradas en puños tan apretados que sus nudillos estaban blancos.

—Liam, escúchame. Lo que le hicieron a él es lo que quieren hacernos a nosotros —le susurré, tratando de inyectar firmeza en mi propia voz temblorosa—. Pero ahora tenemos el arma. Ese dispositivo no es solo información; es el final de su tablero de juego.

Él levantó la mirada y, por primera vez, vi algo más aterrador que el miedo: una sed de justicia que bordeaba la locura. —Mañana es la Gran Gala —dijo él, con una sonrisa carente de alegría—. Quieren que patinemos bajo sus reglas por última vez. Quieren que seamos sus anomalías perfectas antes de "reciclarnos". Pues les daremos el espectáculo que están esperando. Pero no será el que ellos escribieron.

La red invisible de la Federación

Mientras tanto, a tres kilómetros de allí, en la torre central de seguridad, el ambiente era de una calma gélida. El Director se mantenía de pie frente a un ventanal que dominaba toda la ciudad. En sus manos sostenía una tablet que mostraba el pulso cardíaco de Mina y Liam en tiempo real. Dos puntos rojos parpadeando en la oscuridad del mapa urbano.

—Señor, el rastreador pasivo indica que se han refugiado en el sector 4 —informó una oficial, sin despegar la vista de su consola—. ¿Procedemos con la captura? Tenemos dos unidades de respuesta rápida a menos de cinco minutos.

El Director negó lentamente con la cabeza, una sombra de satisfacción cruzando su rostro maduro y severo. —No. Si los capturamos ahora, se convertirán en mártires para los pocos rebeldes que quedan en la red. Necesitamos que lleguen a la pista mañana. El público necesita ver cómo la "imperfección humana" falla bajo presión. Programen los inhibidores de frecuencia para que se activen justo en el clímax de su rutina de pareja. Cuando el vínculo falle y se estrellen contra el hielo, el mundo entenderá que sin el algoritmo, no son nada.

—¿Y los archivos que robaron? —insistió la oficial. —Esos archivos solo tienen valor si logran subirlos a la red global. Y para eso, necesitan la antena de alta potencia del estadio. Mañana, en medio del evento, estarán rodeados de setenta mil personas y mil drones de vigilancia. Estarán caminando directamente a nuestra trampa.

Entre el miedo y la rebelión

Ajenos a las palabras del Director, pero conscientes del peligro, logramos llegar a un piso franco en los suburbios. Era un lugar pequeño, lleno de restos de tecnología vieja y mantas polvorientas. Liam se sentó en el suelo, conectando de nuevo el dispositivo para intentar desencriptar la última fase del Proyecto Fénix.

Yo me acerqué a la ventana, observando cómo los drones térmicos patrullaban el cielo como estrellas fugaces hambrientas. El 16 de marzo, cuando empezaron las nuevas restricciones, pensé que mi mayor preocupación sería cumplir con los protocolos de la academia. Ahora, el 25 de marzo, estaba escondida en un sótano, planeando el derrocamiento de un sistema que controlaba cada aspecto de nuestra existencia.

Me miré las manos. Seguían teniendo las cicatrices de las caídas en el hielo, los callos de años de entrenamiento extremo. —Mañana no solo patinaremos por nosotros, Liam —dije en voz alta, sin girarme—. Patinaremos por tu padre. Por todos los que fueron "borrados" por no ser máquinas.

Liam se levantó y caminó hacia mí. El espacio era tan reducido que podía sentir el latido de su corazón, acelerado y furioso. Me puso una mano en el hombro, un gesto que en otro momento habría sido un protocolo de apoyo, pero que ahora se sentía como una promesa de guerra.




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