Anomalía en el Hielo

Capítulo 15: La Infiltración del Cristal

El amanecer no trajo luz, sino una neblina grisácea que se aferraba a los rascacielos de la Federación como un sudario. En el refugio, el calor de nuestra noche se había transformado en una adrenalina eléctrica. Liam no me miraba como un compañero de equipo, sino como alguien que comparte un secreto mortal. Cada vez que nuestras manos se rozaban al empacar el equipo, la chispa de tensión seguía ahí, recordándonos por qué estábamos dispuestos a arriesgarlo todo.

El camino a la boca del lobo

Para llegar al Estadio Olímpico sin ser detectados por los escáneres faciales, descendimos a los niveles inferiores de la ciudad. El trayecto fue un laberinto de túneles de mantenimiento y pasajes olvidados donde el eco de nuestros pasos era el único sonido.

—Si nos detienen antes de llegar a los vestuarios, no habrá gala, Mina —susurró Liam mientras forzaba una cerradura electrónica en el sector de carga—. Solo habrá un "error de sistema" y dos cadáveres anónimos.

—No nos van a detener —respondí, ajustando mi capucha—. Ellos esperan que tengamos miedo. No cuentan con que ya no tenemos nada que perder.

Logramos entrar por el muelle de suministros criogénicos. El estadio vibraba sobre nuestras cabezas; el zumbido de miles de personas llegando a las gradas se sentía como un trueno sordo. El aire olía a nitrógeno líquido y a una ambición desmedida que pronto íbamos a incendiar.

El juego de las sombras

Nos movimos entre contenedores de alta tecnología, esquivando drones que sobrevolaban los pasillos técnicos. La seguridad era masiva; el Director no estaba dejando nada al azar.

En un momento, una patrulla pasó a escasos centímetros. Me quedé inmóvil, pegada a la espalda de Liam. Podía sentir su respiración contenida y el pulso acelerado en su cuello. Su mano buscó la mía en la oscuridad, apretándola con una fuerza que decía más que mil palabras. El roce de su guante contra mi piel despertó de nuevo ese fuego del sótano, una necesidad de cercanía que se volvía insoportable bajo la presión de la muerte inminente.

El disfraz de la perfección

Llegamos a la zona de vestuarios de élite. Entrar fue como entrar en una jaula de cristal bajo vigilancia total. Teníamos que actuar como los peones perfectos. Me puse el traje de gala; la tela inteligente se ajustó a mi cuerpo, fría y restrictiva. Liam hizo lo mismo. Al vernos en el espejo, no parecíamos rebeldes, sino dioses de hielo diseñados por un algoritmo. Pero bajo el tejido plateado, el dispositivo con el Proyecto Fénix latía como un corazón de contrabando.

—Mina —Liam se acercó mientras me aseguraba los patines. Su voz era baja, cargada de una emoción que no lograba ocultar—. En cuanto pisemos ese hielo, no habrá vuelta atrás. El sistema intentará rompernos.

Me puse de pie, quedando a milímetros de él. La tensión era tan tangible que casi podía verse. —Que lo intenten —dije con una confianza salvaje—. Mi equilibrio no depende de sus sensores, Liam. Depende de ti.

Él me tomó el rostro con ambas manos, un gesto prohibido por cualquier protocolo. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura desesperada. Por un segundo, el estadio desapareció. Solo existía el calor de sus manos y la promesa de justicia en sus ojos grises. Estuvimos a punto de romper la distancia de nuevo, pero la megafonía nos arrancó de la burbuja.

"Sujetos 07 y 09, posición en túnel. La Gran Gala comienza ahora."




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