El sonido de las botas tácticas contra el hielo no era como el deslizamiento elegante de nuestras cuchillas; era un golpe seco, metálico, el sonido de la opresión moviéndose con precisión militar. La unidad de contención de la Federación, con sus uniformes de grafeno gris y visores rojos, avanzaba formando un semicírculo perfecto. No buscaban detenernos para un interrogatorio; sus rifles de pulso estaban en modo de saturación. Venían a borrar la anomalía de raíz, justo en el centro del escenario que ellos mismos habían construido.
El escudo de la multitud
Liam me rodeó con un brazo, pegándome a su costado. Podía sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi traje de gala, un recordatorio vibrante de que estábamos vivos en medio de una zona de ejecución. La tensión sexual que nos había consumido en el refugio no se había evaporado con el beso en la pista; se había transformado en un instinto de protección feroz.
—No te sueltes, Mina —gruñó Liam, su mirada gris escaneando cada salida bloqueada—. Si nos separan, estamos muertos.
Pero entonces, algo que el algoritmo nunca pudo predecir sucedió. Los espectadores de las primeras filas, ciudadanos que habían pasado años bajo el yugo de la perfección digital, saltaron las vallas. No eran soldados, eran personas comunes: estudiantes, trabajadores, incluso otros patinadores de la academia. Se interpusieron entre nosotros y los rifles de pulso. No gritaban consignas políticas; simplemente estaban allí, formando una masa humana caótica que bloqueaba la línea de visión de los guardias.
—¡Están interfiriendo con el objetivo! —se escuchó por la megafonía, la voz del Director ahora rota por una rabia histérica—. ¡Aparquen a la multitud! ¡Fuego de advertencia!
Un disparo de pulso impactó en el techo, desprendiendo fragmentos de cristal holográfico que cayeron sobre el hielo como lluvia de diamantes. El pánico estalló. La multitud empezó a empujar, creando un remolino de cuerpos que nos arrastró hacia el túnel de servicio sur.
La huida por las venas del estadio
Logramos escurrirnos por una puerta de mantenimiento mientras los guardias lidiaban con la masa de gente. El pasillo era estrecho, iluminado solo por luces rojas de emergencia que parpadeaban al ritmo de mi corazón acelerado. Liam me llevaba de la mano, tirando de mí con una urgencia que me quemaba.
Doblamos en una esquina y nos detuvimos en seco. Un dron de reconocimiento, con sus luces estroboscópicas girando frenéticamente, nos bloqueaba el paso. —¡Atrás! —gritó Liam, empujándome contra la pared.
El dron disparó un dardo paralizante que pasó a milímetros de mi hombro. Antes de que pudiera recargar, Liam se lanzó sobre él. Fue un movimiento bruto, alejado de la elegancia del patinaje. Golpeó el chasis del dron con el hombro y lo estrelló contra el suelo, aplastando los sensores con el tacón de su patín. El metal crujió y las chispas saltaron, iluminando por un segundo su rostro cubierto de sudor y una determinación salvaje.
Se giró hacia mí, jadeando. El espacio en el pasillo era mínimo. Me tomó por los hombros, presionándome contra el metal frío de las tuberías de refrigeración. —Mina, escucha. Los archivos ya están en la red, pero el Director va a intentar colapsar el estadio entero para decir que fue un atentado terrorista —susurró, su rostro a centímetros del mío—. Tenemos que llegar a la sala de control de emisiones y bloquear la secuencia de autodestrucción del servidor.
Sus ojos bajaron a mis labios por un instante, un recordatorio silencioso de lo que compartíamos. En medio del caos, esa necesidad de tocarlo, de confirmar que no era un sueño, era casi dolorosa. Le puse una mano en el pecho, sintiendo el martilleo constante de su corazón. —Hagámoslo —respondí—. Si vamos a caer, que sea quemando todo este lugar.
El corazón de la máquina
Corrimos por las escaleras de servicio, subiendo niveles mientras el estadio vibraba bajo nuestros pies. Las alarmas eran un aullido constante que taladraba los oídos. Al llegar al nivel de control, la puerta estaba sellada con un código de encriptación de grado militar.
—Necesito tiempo —dijo Liam, conectando su tableta al panel de acceso—. Mina, vigila el pasillo. Si alguien viene, no dudes.
Me quedé de pie, con los patines aún puestos, equilibrándome sobre las puntas de las cuchillas. Tenía un extintor de incendios y un trozo de metal que había recogido del dron destruido. Mis sentidos estaban hiperagudizados. Podía oír el zumbido de los servidores detrás de la puerta y el eco de las botas de la unidad de contención subiendo por los niveles inferiores.
—¡Liam, apresúrate! —exclamé, viendo cómo una sombra se proyectaba en la pared del fondo.
—Casi... ¡Entramos! —La puerta se deslizó con un siseo.
Entramos en una sala llena de pantallas que mostraban el caos total en las calles de la ciudad. La gente estaba saliendo a las plazas, proyectando los archivos del Proyecto Fénix en las fachadas de los edificios gubernamentales. Pero en la pantalla central, un contador en rojo descendía: 02:00 minutos para la purga de datos y el cierre térmico del estadio.