Anomalía en el Hielo

Capítulo 18: El Colapso del Trono

La sala de control olía a ozono quemado y al perfume caro del Director, una mezcla nauseabunda que me revolvía el estómago. El contador de la consola se había detenido en un rojo estático, pero el peligro real estaba frente a nosotros, personificado en un hombre cuyo mundo de cristal se estaba haciendo añicos. El Director sostenía la pistola de pulso con una mano temblorosa, la elegancia que lo caracterizaba se había evaporado, dejando solo una mueca de odio puro.

—¿Creen que esto termina con una transmisión? —su voz era un silbido gélido—. La Federación es una idea, un orden. Las ideas no mueren porque dos anomalías decidan tener un momento de gloria en el hielo.

Liam dio un paso al frente, interponiéndose entre el arma y yo. Sus hombros estaban cuadrados, sus músculos tensos bajo el traje de gala que ahora estaba manchado de hollín y sudor. La tensión sexual de la noche anterior se había transformado en un instinto de protección casi animal.

—Tus ideas se alimentan de miedo, Director —respondió Liam, su voz resonando con una autoridad que nunca le había escuchado—. Y hoy, el miedo ha cambiado de bando. Escucha.

El rugido de la marea humana

A través de los ventanales de la sala de control que daban a las gradas, el sonido era ensordecedor. Ya no era el murmullo de una multitud asustada. Era el rugido de miles de personas que habían subido a la pista, desarmando a los guardias con la fuerza del número. Los drones de seguridad caían del cielo como moscas, saboteados por ciudadanos que usaban sus propios dispositivos de comunicación para interferir las señales.

El Director miró de reojo hacia el cristal. Su rostro se puso pálido. La unidad de contención, su guardia pretoriana, estaba siendo absorbida por una masa de gente que ya no respetaba los protocolos.

—¡Basta! —gritó, apuntando directamente a la cabeza de Liam—. Si voy a caer, me llevaré al menos a uno de los responsables.

El contraataque de la anomalía

Fue en ese microsegundo cuando el instinto de patinadora se apoderó de mí. No pensé en el miedo, ni en el dolor de mi hombro herido. Aproveché el suelo pulido de la sala y me impulsé con un movimiento lateral, un giro que había practicado miles de veces en el hielo. Mis cuchillas, diseñadas para cortar el hielo, chirriaron contra el suelo sintético mientras me lanzaba hacia sus piernas.

El Director disparó, pero el haz de luz de pulso pasó sobre la cabeza de Liam, impactando en una de las pantallas de monitoreo que estalló en una lluvia de chispas.

Liam no desperdició la oportunidad. Se lanzó sobre él con la fuerza de un proyectil. El impacto fue seco. El Director voló hacia atrás, golpeando la consola central. La pistola de pulso salió disparada, deslizándose por el suelo hasta quedar cerca de mis pies.

Me puse de pie de un salto, recuperando el arma. Mis manos temblaban, pero apunté con firmeza. Liam tenía al Director inmovilizado contra el panel, sus manos apretando las solapas de su traje impecable.

—¡Míralos! —le gritó Liam, obligándolo a observar el caos en el estadio—. ¡Mira lo que pasa cuando dejas de tratar a las personas como variables en una ecuación! Mi padre no era una cifra. Mina no es una anomalía. Somos seres humanos, y acabamos de borrarte del sistema.

El rescate desde las sombras

Justo cuando Liam parecía a punto de perder el control por la rabia acumulada de años, la puerta blindada de la sala de control fue derribada. No eran guardias. Eran otros patinadores de la academia, liderados por algunos de los técnicos que nos habían ayudado en secreto. Venían con herramientas, cámaras de mano y una determinación que igualaba la nuestra.

—¡Mina! ¡Liam! —gritó uno de ellos—. Tenemos que irnos ya. La red de la Federación está intentando reiniciar el cierre de seguridad desde la torre central. Si nos quedamos aquí, nos sellarán dentro de la estructura de hormigón.

Liam soltó al Director, quien se desplomó en el suelo, derrotado y con la mirada perdida en las pantallas que seguían mostrando su caída a nivel mundial.

—Déjalo —le dije a Liam, poniéndole una mano en el brazo. Sentí cómo sus músculos se relajaban bajo mi toque, esa conexión eléctrica que nos unía volviendo a estabilizar su pulso—. Ya no importa. Ya no tiene poder.

La huida hacia la libertad

Salimos de la sala de control protegidos por el grupo de rebeldes. El estadio se había convertido en un campo de batalla de luces y sombras. Bajamos por las escaleras de emergencia, evitando los ascensores que ya estaban bloqueados por el sistema.

Al llegar a la planta baja, la imagen era increíble. Las puertas principales del estadio habían sido forzadas desde afuera. Miles de personas de la ciudad estaban entrando, creando un pasillo humano para que nosotros pudiéramos salir.




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