La subestación de comunicaciones se sentía como una tumba de cemento, pero para nosotros, era el primer santuario real que habíamos conocido. El aire olía a cables quemados y a la humedad filtrada de los niveles superiores, un recordatorio de que, aunque habíamos derrocado a un hombre, el sistema seguía respirando sobre nuestras cabezas.
Liam me ayudó a sentarme sobre una caja de suministros metálica. Sus manos, todavía manchadas con el hollín del estadio, se movían con una urgencia contenida mientras buscaba un kit médico básico entre los escombros tecnológicos. La luz azul de la terminal antigua parpadeaba sobre su rostro, acentuando las líneas de cansancio y la determinación que parecía grabada en su mandíbula.
—Quédate quieta, Mina —susurró, arrodillándose frente a mí.
Con una delicadeza que me desarmaba, comenzó a retirar la tela desgarrada de mi traje de gala sobre el hombro herido. El contacto de sus dedos fríos contra mi piel ardiente provocó que un escalofrío me recorriera la columna. No era solo el dolor; era la abrumadora realidad de su cercanía en un lugar donde nadie nos vigilaba a través de una lente.
—Esto va a doler —advirtió, abriendo una cápsula de gel regenerador.
Apreté los dientes cuando el químico hizo contacto con la carne viva. Liam soltó un suspiro pesado y, sin previo aviso, apoyó su frente contra mi rodilla por un segundo, como si estuviera recargando energías de mi propia presencia. Esa pequeña muestra de vulnerabilidad, de un Liam que ya no tenía que ser el "héroe de la Federación", me rompió por dentro.
—No tienes que cargar con todo tú solo —le dije, pasando mis dedos por su cabello, quitando algunos restos de polvo de hormigón—. Ya no somos variables, Liam. Somos nosotros.
Él levantó la vista, y la intensidad en sus ojos grises me hizo olvidar el dolor del hombro. Se acercó más, rodeando mi cintura con sus brazos mientras yo seguía sentada en la caja. La intimidad aquí, en la penumbra del subsuelo, no era una actuación para las cámaras del estadio; era un reconocimiento silencioso de que nos pertenecíamos en medio del caos. Sus labios buscaron mi cuello, un beso lento y posesivo que sabía a libertad y a miedo compartido.
—Si el sistema cae, Mina, quiero que sea a tu lado —murmuró contra mi piel—. Pero el Director tenía razón en algo: las ideas no mueren fácilmente.
Justo cuando el aire entre nosotros se volvía denso y la tensión emocional amenazaba con hacernos olvidar el mundo exterior, una vibración sorda sacudió las paredes de la subestación. No era un terremoto. Era algo más agudo, un zumbido de alta frecuencia que hizo que los monitores de la terminal estallaran en estática blanca.
—¡El pulso de recalibración! —gritó uno de los técnicos desde la entrada, cubriéndose los oídos.
La Federación había activado su contraataque. No era un ataque físico con soldados, sino un pulso electromagnético diseñado para interferir con los implantes de comunicación de los ciudadanos y rastrear las firmas de calor "no autorizadas". En las pantallas que aún funcionaban, vimos cómo la multitud en la superficie comenzaba a dispersarse, presa del pánico por la interferencia sensorial.
Liam se puso de pie de un salto, recuperando su instinto de combate. Me tomó de la mano, tirando de mí hacia la terminal principal.
—Están barriendo la ciudad sector por sector —dijo Liam, tecleando frenéticamente en el panel de control—. Si ese pulso nos alcanza aquí abajo, enviarán una señal de rastreo directa a nuestra ubicación. Tenemos que cifrar nuestra firma térmica ahora mismo.
El peligro nos rodeaba de nuevo, pero esta vez era diferente. No estábamos patinando bajo el guion de nadie. La adrenalina volvió a fluir, mezclándose con la cercanía física que aún vibraba entre nosotros. Liam me rodeó con un brazo mientras usaba el otro para hackear el sistema de enfriamiento de la subestación.
—Mina, necesito que conectes el puente de datos —me ordenó, señalando un cable grueso que colgaba del techo—. ¡Ahora!
Corrí hacia el cable, ignorando el dolor del hombro. El zumbido se hacía más fuerte, una presión insoportable en los tímpanos que amenazaba con hacerme perder el sentido. Logré conectar el puente justo cuando una ráfaga de chispas saltó de la consola. El sistema de enfriamiento se activó, inundando la habitación con una niebla de nitrógeno líquido que ocultó nuestro rastro justo a tiempo.
Nos desplomamos en el suelo, jadeando, mientras el pulso pasaba sobre nosotros sin detectarnos. En la oscuridad total, solo iluminada por el vapor blanco del nitrógeno, Liam me buscó. Sus manos encontraron mis hombros y me atrajo hacia él con una fuerza desesperada.
—Casi nos tienen —susurró, con la voz cargada de una furia fría—. Esto acaba de empezar, Mina. La torre central no va a parar hasta que nos vea apagados.
—Entonces los encenderemos a todos —respondí, aferrándome a él en medio de la niebla—. Nadie vuelve a dormir después de ver la verdad.