Antes De Caer

EPÍGRAFE — PRÓLOGO — La caída perfecta

EPÍGRAFE

El hielo no perdona errores. El corazón tampoco.

PRÓLOGO

La caída perfecta

El silencio antes del salto siempre era el mismo: un segundo suspendido en el tiempo, como si el mundo entero contuviera la respiración. Las luces del estadio caían sobre el hielo como una lluvia blanca y fría, y miles de espectadores llenaban las gradas, pero desde el centro de la pista todo sonaba distante, amortiguado, como si estuviera atrapada dentro de una burbuja de cristal.

El programa llegaba a su final. La música crecía —intensa, dramática— mientras el violín ascendía como una promesa imposible de detener, y sabía exactamente lo que venía: el salto más difícil de su carrera. Lo había entrenado durante años, con miles de repeticiones, caídas, moretones y madrugadas interminables. Todo por esos segundos precisos en los que el cuerpo debía obedecer sin vacilar: tres giros, cuatro, el aterrizaje perfecto. Si lo lograba, el campeonato mundial sería suyo.

Inhaló profundamente ganando velocidad sobre el hielo. Sus cuchillas dibujaron un arco elegante que reflejó las luces del estadio. El público apenas murmuraba; todos sabían lo que estaba por ocurrir. En la primera fila, los jueces observaban sin pestañear. Soren Valkyr, su entrenador, permanecía de pie junto a la barrera, manos entrelazadas detrás de la espalda. Nunca gritaba, pero conocía su mirada lo suficiente para saber que también contenía la respiración.

Un impulso, un giro, y el mundo se volvió blanco. Durante una fracción de segundo quedó suspendida en el aire. El estadio desapareció, el ruido se disolvió. Solo existían su cuerpo y la gravedad. Uno, dos, tres. El cuarto giro llegó un instante tarde, y cuando las cuchillas tocaron el hielo, supo que algo estaba mal. El equilibrio se quebró apenas un centímetro —pero en el patinaje artístico, un centímetro puede destruirlo todo.

Cayó. El impacto fue seco, brutal, y un suspiro colectivo atravesó el estadio. Nadie se movió. Permaneció de rodillas, una mano apoyada sobre la superficie helada, mientras la música seguía sonando, implacable, como si no entendiera que algo acababa de romperse. El campeonato mundial se había ido. Lo sabía. Y aun así se levantó, porque eso era lo que hacían los campeones. Terminó la rutina con el orgullo intacto, aunque el salto final hubiera fallado. Cuando la música terminó, el público aplaudió: no con euforia, con respeto. Inclinó la cabeza, respirando con dificultad, antes de abandonar la pista.

Fue entonces, apenas un segundo antes de cruzar hacia el túnel, cuando lo vio. Kael Ardent, de pie entre los competidores reunidos junto a la salida, con los brazos cruzados y aquella expresión imposible de descifrar. No aplaudía. Tampoco sonreía con la burla que ella esperaba de él. Solo la observaba, con una intensidad que se sintió más incómoda que cualquier abucheo.

Apartó la mirada primero. No iba a darle la satisfacción de preguntarse qué significaba aquello.

El pasillo detrás del hielo estaba más frío que el estadio. Los técnicos se movían con rapidez, los entrenadores murmuraban entre ellos y los periodistas encendían sus grabadoras. Soren la esperaba.

—Buen intento —dijo con su tono grave habitual.

No era un consuelo. Era un diagnóstico.

Kael pasó junto a ellos camino a su propio calentamiento. Apenas aminoró el paso.

Cuatro giros es ambicioso para alguien que todavía no domina el aterrizaje —dijo, sin detenerse del todo.

No le dio el gusto de responder. Pero la mandíbula se le tensó, y algo parecido a la rabia reemplazó por un instante el dolor de la caída.

Se quitó los guantes con manos ligeramente temblorosas. Podía aceptar la caída: las caídas formaban parte del deporte. Lo que no esperaba era lo que vendría después.

Un hombre de traje oscuro avanzaba por el pasillo, seguido de dos representantes de la federación y varios periodistas. El ambiente cambió de inmediato.

—¿Qué ocurre? —preguntó Soren, frunciendo el ceño.

El hombre la observó con una mezcla de incomodidad y severidad.

—Señorita Vance —dijo finalmente—, necesitamos hablar con usted.

Algo en su tono le contrajo el estómago.

—¿Ahora? —murmuró.

—Ahora —replicó, con frialdad.

Un periodista levantó la cámara. Los flashes empezaron a estallar.

—Esto no puede esperar —insistió Soren.

—No —contestó el hombre, abriendo una carpeta.

Dentro había documentos, fotografías, algo más.

—Hemos recibido información que requiere una investigación inmediata —continuó—. Hasta que el proceso concluya, la federación ha decidido suspender temporalmente su licencia competitiva.

Tardó varios segundos en comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Suspender...? —susurró.

El murmullo de los periodistas creció de inmediato.

—¿Está acusada de dopaje, Aurelia? —gritó uno.

—¿Qué tiene que decir sobre las pruebas filtradas? —insistió otro.

—¿Es cierto que manipuló su preparación para el campeonato? —exclamó un tercero.

Las palabras golpeaban como piedras: dopaje, manipulación, trampa.

Eso no es cierto —logró decir, aunque la voz apenas le sostuvo.

Pero nadie parecía escucharla. El hombre cerró la carpeta.

—La federación hará un comunicado oficial en las próximas horas.

Los flashes seguían iluminando el pasillo como relámpagos blancos, y en medio de todo aquel caos, comprendió algo con una claridad devastadora: la caída sobre el hielo no había destruido su carrera.

Lo que venía después, sí podía hacerlo.




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