Antes De Caer

El choque

El hielo siempre había sido el único lugar donde Aurelia Vance sentía que el mundo tenía sentido. No importaban las voces fuera de la pista, las cámaras ni los jueces observando cada movimiento con precisión quirúrgica. Cuando sus cuchillas tocaban la superficie helada, todo se reducía a una ecuación perfecta: equilibrio, fuerza y control. Pero esa mañana no había pista. Solo una oficina fría en el segundo piso del centro de entrenamiento olímpico.

Permanecía de pie frente al ventanal, mirando la pista principal que se extendía abajo. La superficie brillaba bajo las luces blancas del estadio vacío, impecable y distante, como algo que ya no le pertenecía. Detrás de ella, la puerta se cerró.

—Toma asiento —ordenó la voz grave de Soren Valkyr.

No se movió.

—Prefiero quedarme de pie —respondió con firmeza.

Soren no insistió. Se acomodó detrás del escritorio con la calma de alguien acostumbrado a tomar decisiones que nadie quería escuchar. Alto, de cabello gris y mirada severa, durante veinte años había transformado patinadores en campeones mundiales. Pero en ese momento no parecía un mentor; parecía un juez. Sobre el escritorio reposaba un expediente que reconoció de inmediato. Era el mismo que los representantes de la federación habían llevado la noche del campeonato, el mismo que había destruido su vida en cuestión de minutos.

—La investigación sigue abierta —dijo Soren finalmente.

Cruzó los brazos.

—No he hecho nada.

—Lo sé —respondió él.

Giró hacia él con rapidez.

—Entonces, ¿por qué sigo suspendida?

Soren apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Porque la federación no trabaja con certezas. Trabaja con reputaciones.

La frase cayó como un golpe seco. Apretó la mandíbula. Habían pasado tres semanas desde el campeonato mundial, desde la caída, desde que su nombre comenzó a aparecer en titulares relacionados con dopaje, irregularidades y manipulación. No existían pruebas, solo rumores. Pero en el deporte de élite, los rumores podían destruir una carrera tan rápido como un error sobre la pista.

—Quieren apartarme —murmuró.

—Quieren proteger el campeonato —corrigió Soren con frialdad.

La diferencia era mínima. Bajó la mirada hacia la pista. Un grupo de patinadores juveniles entrenaba sobre la superficie, dibujando círculos brillantes mientras reían entre ellos, todavía libres de la presión que consumía a los profesionales. Por un instante recordó lo que se sentía patinar sin miedo. Había sido hace mucho tiempo.

—No pienso retirarme —afirmó con decisión.

—Nadie te está pidiendo que lo hagas —replicó Soren.

Volvió a girarse.

—Entonces dime qué quieren.

Soren guardó silencio unos segundos antes de empujar lentamente el expediente hacia ella.

—Quieren que compitas en pareja.

La frase tardó en asentarse dentro de la habitación. Soltó una risa breve, seca y completamente vacía de humor.

—Eso es absurdo.

Había dedicado toda su carrera al patinaje individual: saltos, piruetas y precisión absoluta. No compartir el hielo, no depender de nadie.

—Es la única forma de que te permitan competir esta temporada —continuó Soren.

—No soy patinadora de parejas.

—Lo serás.

Negó lentamente con la cabeza.

—No puedes esperar que cambie toda mi disciplina por una decisión política.

Soren sostuvo su mirada.

—No es política.

—Entonces ¿qué es?

—Control de daños.

La sinceridad de aquella respuesta la dejó sin palabras durante un momento. Soren se levantó de la silla y caminó hacia el ventanal.

—Tu nombre está bajo escrutinio —continuó—. La federación cree que competir en individual atraerá demasiada atención.

—¿Y en parejas no?

—Menos.

La frustración comenzó a hervir bajo su piel.

—Esto es ridículo.

—Es tu única opción.

El silencio se volvió pesado. Volvió a mirar la pista. Podía imaginarse abajo, sentir el frío bajo las cuchillas y el eco de la música recorriendo el espacio. Pero también sabía que, si rechazaba la oferta, la federación encontraría cualquier excusa para mantenerla alejada de las competencias. En el deporte profesional, el talento no siempre es suficiente.

—¿Con quién? —preguntó finalmente.

Soren no respondió. Ese pequeño retraso bastó para que sospechara.

—¿Quién es?

El entrenador soltó apenas un suspiro.

—Kael Ardent.

El nombre cayó como una piedra. Se giró lentamente.

—No.

—Aurelia...

—No.

Kael Ardent. Un patinador brillante, talento natural y un desastre andante. Durante años protagonizó titulares por escándalos, sanciones menores, discusiones con entrenadores y una personalidad imposible de controlar. Era el último hombre con quien compartiría el hielo.

—Ese hombre es un riesgo —dijo con dureza.

—También es el mejor disponible que tenemos.

—No me importa.

—Debería importarte. —Soren sostuvo su mirada con firmeza—. Porque es tu única oportunidad.

Sintió ganas de reír otra vez.

—¿De verdad crees que puedo confiar mi carrera a alguien como él?

Soren no respondió. En cambio, caminó hacia la puerta y la abrió.

—Puedes preguntárselo tú misma.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

Entonces escuchó pasos en el pasillo, lentos y seguros. Un segundo después, Kael Ardent apareció en el marco de la puerta. Era más alto de lo que recordaba. Cabello oscuro ligeramente desordenado, mandíbula firme y unos ojos grises demasiado fríos, como si observaran el mundo entero con una mezcla constante de aburrimiento y desafío. Llevaba una chaqueta deportiva negra abierta sobre una camiseta blanca. Nada en él transmitía la disciplina obsesiva que definía la vida de un atleta de élite. Parecía alguien que había entrado allí por accidente.

Kael apoyó el hombro contra el marco de la puerta mientras su mirada recorría la oficina hasta detenerse en ella. Una sonrisa torcida apareció lentamente en sus labios.




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