Kael Ardent odiaba los lugares donde el aire olía a desinfectante, disciplina y expectativas ajenas.
Los centros de alto rendimiento estaban diseñados para eso: para recordarte que cada segundo de tu vida debía servir para algo útil. Entrenar. Mejorar. Ganar. Caer con elegancia, si era necesario, pero siempre con una sonrisa vendible y la mandíbula firme para las cámaras.
Kael nunca había sido bueno con ninguna de esas cosas.
Entrenaba, sí. Mejoraba, a su manera. Ganaba cuando tenía motivos suficientes para hacerlo.
Pero sonreír para la gente correcta y fingir obediencia había sido siempre un talento ajeno.
Se detuvo frente a la entrada lateral del complejo deportivo, con una mano en el bolsillo de la chaqueta negra y la otra sosteniendo un vaso de café que ya estaba frío. No tenía prisa por entrar. Tampoco demasiadas ganas.
Había recibido el mensaje de Soren Valkyr a las seis de la mañana.
Preséntate en mi oficina. Hoy. No llegues tarde.
No incluía explicaciones.
Con Soren nunca las incluía.
Kael levantó la vista hacia las enormes ventanas del edificio. Detrás del vidrio, las luces blancas del estadio principal brillaban como si allí dentro no existiera el cansancio, el dolor ni la decepción. Solo perfección. Solo hielo. Solo esa mentira elegante que el deporte de élite sabía vender tan bien.
Dio un último sorbo al café, hizo una mueca al descubrirlo frío y lo arrojó al basurero más cercano.
Entonces entró.
El sonido de sus zapatillas contra el suelo pulido del pasillo fue seco, constante. Algunos atletas lo miraron al pasar. Otros fingieron no verlo. Kael estaba acostumbrado a ambas cosas. Su nombre tenía esa clase de efecto en la gente: curiosidad, incomodidad o juicio inmediato.
Un par de entrenadores cuchichearon al fondo.
No necesitaba escuchar para saber que hablaban de él.
Kael Ardent.
El patinador talentoso que desperdiciaba oportunidades.
El chico problema.
El que discutía con técnicos, rompía rutinas, desaparecía de entrevistas y trataba la autoridad como si fuera una sugerencia.
Le divertía un poco.
Solo un poco.
Subió las escaleras sin apurarse, con ese andar relajado que tantos confundían con arrogancia. En realidad, era una forma práctica de no darle a nadie el gusto de verlo correr detrás de nada.
Al llegar al segundo piso, giró por el corredor principal.
Y entonces la vio.
Aurelia Vance estaba de pie frente al ventanal de la oficina de Soren, con la espalda recta, los hombros tensos y el cabello recogido en un moño impecable que no había perdido ni una sola línea de su forma. Incluso quieta parecía una advertencia.
Kael se detuvo antes de entrar.
La había visto competir muchas veces, por supuesto. Todo el mundo la había visto. Aurelia no era solo buena: era el tipo de atleta que hacía parecer fácil lo imposible. Una de esas mujeres construidas con precisión, disciplina y una peligrosa costumbre de exigirse más de lo humanamente razonable.
Sobre el hielo era impecable.
Fuera de él, según lo que había oído, no era precisamente cálida.
Kael apoyó el hombro contra la pared del pasillo y la observó a través del vidrio durante un segundo de más.
Ella aún no lo había visto.
Tenía los brazos cruzados y el peso apenas cargado sobre una pierna, como si incluso inmóvil estuviera preparada para sostenerse sola. Había algo en su postura que no hablaba solo de orgullo. Hablaba de resistencia. De alguien que llevaba semanas conteniéndose para no romperse delante de la gente equivocada.
El rumor sobre su suspensión había corrido como pólvora.
Dopaje. Manipulación. Irregularidades.
Kael no se había creído ni una palabra.
No porque pensara que Aurelia Vance era intocable, sino porque conocía demasiado bien cómo funcionaban las federaciones cuando necesitaban un nombre limpio para sacrificarlo por conveniencia política.
Aurelia no parecía una tramposa.
Parecía algo mucho más peligroso para ese tipo de instituciones.
Parecía alguien que no se doblaba fácil.
Kael sonrió apenas.
Entonces empujó la puerta.
La conversación dentro se interrumpió lo justo para recibir su presencia como se reciben las tormentas: con resignación y un poco de fastidio previo.
Soren levantó la mirada desde el escritorio.
—Llegas tarde.
Kael entró como si el comentario no le importara.
—Dos minutos.
—Tres.
—Ves que no fue tan grave.
Soren no respondió. Nunca desperdiciaba palabras cuando la decepción podía expresarse mejor con una sola mirada. Kael lo agradecía. La decepción silenciosa era más soportable que los discursos.
Fue entonces cuando Aurelia se giró del todo hacia él.
Y Kael entendió dos cosas al mismo tiempo.
La primera: los ojos de Aurelia Vance eran más claros de lo que parecían en televisión, un tono extraño entre gris y azul, como hielo a punto de quebrarse.
La segunda: ella ya había decidido que no le gustaba.
No le molestó.
En realidad, le resultó interesante.
—Vance —dijo.
Su voz salió tranquila, con esa ligera ironía que nunca se molestaba en ocultar.
Ella lo recorrió de arriba abajo con una frialdad quirúrgica.
—Ardent.
Nada más.
Ningún gesto amable. Ninguna intención de suavizar el momento.
Perfecto.
Kael entró del todo en la oficina, cerró la puerta detrás de sí y miró primero a Soren, luego a la carpeta abierta sobre el escritorio y finalmente a Aurelia otra vez.
—Empiezo a sentir que esta reunión no es para felicitarme.
—Tienes razón —dijo Soren.
Kael soltó una exhalación divertida.
—Qué alivio. Odio las sorpresas felices.
Aurelia no sonrió. Ni cerca.
Soren indicó una silla, pero Kael prefirió quedarse de pie. No quería dar la impresión de que pensaba instalarse ahí más de lo estrictamente necesario.