Antes De Caer

Confianza

La pista olía a lo de siempre: hielo recién pulido, caucho húmedo de los pasillos de acceso y ese frío constante que se metía bajo la ropa y obligaba a recordar que el cuerpo también era una herramienta. Llevaba apenas diez minutos allí y ya quería irse. No por la superficie helada, sino por lo que iba a traerle.

Se había vestido con la ropa de entrenamiento oficial: mallas negras, camiseta térmica gris y la chaqueta con el logo de la federación que ahora le parecía una burla. Sus patines descansaban sobre el banco de madera, esperando. Los observó como se observa a un viejo conocido al que no se sabe si abrazar o evitar.

—Vance.

La voz de Soren resonó desde la entrada del vestuario. No se giró.

—Todavía no estoy lista.

—No estás aquí para estar lista. Estás aquí para entrenar —replicó él con dureza.

Apretó los dientes. El entrenador apareció a su lado, alto, imponente, con esa calma que nunca anunciaba nada bueno.

—Ardent llega en quince minutos.

Sintió que el estómago se le cerraba.

—Quince minutos —repitió en voz baja, como si las palabras fueran una sentencia.

—Quince minutos para que dejes de actuar como una adolescente ofendida y empieces a comportarte como una atleta profesional.

Lo miró con frialdad.

—No soy adolescente. Soy una patinadora suspendida injustamente que ahora debe compartir su carrera con un hombre que no respeta nada.

—Ese hombre es tu única opción. Ya lo discutimos.

—Discutir implica que hubo un diálogo. Esto fue una imposición.

Soren no respondió. En su lugar, caminó hacia la pista y se detuvo en el borde, contemplando la superficie vacía.

—He visto a Kael entrenar —murmuró finalmente—. Es bueno. Mejor que bueno. Tiene una técnica de levantamiento que no he visto en años.

—También tiene una técnica para arruinar todo lo que toca.

—Eso depende de quién lo toque.

La frase fue directa, intencional. Entendió el mensaje: ella era quien debía controlar la situación, no Kael.

Soren se giró hacia ella.

—En quince minutos estarás sobre el hielo con él. No como enemigos. Como pareja.

—Nunca seremos pareja.

—Entonces perderás. Y no será por culpa de la federación.

El entrenador se alejó, dejándola sola con el eco de sus palabras. Se sentó en el banco y comenzó a ajustar sus patines. Los movimientos eran mecánicos, automáticos, producto de años de disciplina. Pero sus dedos temblaban apenas. Se detuvo, respiró hondo y cerró los ojos.

Equilibrio. Fuerza. Control.

El mantra que la había llevado a tres campeonatos nacionales y un mundial. Lo repitió en silencio, sintiendo cómo el ritmo de su respiración cambiaba, cómo la urgencia cedía un poco.

Cuando abrió los ojos, Kael estaba en la entrada.

No había escuchado sus pasos. No había escuchado nada. Simplemente estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados y esa sonrisa que ya había decidido que odiaba. Llevaba pantalones de entrenamiento negros, una camiseta sin mangas gris que dejaba ver brazos definidos y una cicatriz blanca sobre el hombro izquierdo. No parecía nervioso. No parecía estar en ningún estado que ella pudiera leer.

—¿Quince minutos? —dijo él, con un tono que imitaba el suyo de antes—. ¿Suficiente para recuperar la compostura?

Se puso de pie.

—No necesito recuperar nada.

—Claro que no.

Kael se apartó del marco y caminó hacia ella con una lentitud deliberada, como si el espacio entre ellos fuera terreno que debía conquistar. Se detuvo a un metro de distancia. Demasiado cerca para un desconocido, demasiado lejos para un aliado.

—He estado pensando.

—Eso me sorprende.

Sonrió de verdad esta vez, no con la sonrisa torcida de antes, sino con una expresión más genuina que la desarmó por un instante.

—En cómo deberíamos empezar —continuó él, ignorando el insulto—. No con un programa. No con música. Con algo más básico.

—¿El qué?

—Confianza.

La palabra cayó entre ellos, pesada, inesperada. La observó desde todos los ángulos, buscando la trampa.

—No confío en ti.

—Lo sé. Por eso debemos empezar por ahí.

Kael dio un paso hacia la pista y extendió la mano.

—Dame tu mano.

—¿Qué?

—Tu mano, Vance. No voy a repetirlo.

Lo miró con suspicacia, pero una nota en su tono, una seriedad repentina en su expresión, la hizo obedecer. Colocó su palma sobre la de él. El contacto fue seco, profesional, breve. Pero intenso. Demasiado intenso.

—Ahora camina hacia el hielo conmigo.

—Puedo caminar sola.

—No se trata de poder. Se trata de dejar.

Apretó la mandíbula, pero no soltó su mano. Juntos caminaron hacia el borde de la pista. Kael se detuvo, miró la superficie helada, luego la miró a ella.

—He patinado solo toda mi vida. Nunca he dependido de nadie para no caerme.

—Yo tampoco.

—Entonces estamos en igualdad de condiciones. Dos personas que no necesitan a nadie, obligadas a necesitarse.

Se giró hacia ella, y por primera vez vio algo más allá del desafío en sus ojos. Una vacilación. No miedo, no exactamente. Una incertidumbre que no esperaba. Fue apenas un destello, pero suficiente para recordarle que detrás de la arrogancia había alguien que también apostaba todo en esto.

—Vamos —dijo él, y saltó al hielo.

Lo siguió. Sus cuchillas tocaron la superficie con la familiaridad de un abrazo largamente esperado. El frío subió por sus piernas, el equilibrio regresó, el mundo se redujo a lo esencial. Por un instante olvidó quién estaba a su lado. Patinó unos metros, giró, detuvo el movimiento con elegancia. Cuando levantó la vista, Kael la observaba con atención.

—Eso —murmuró él—. Esa precisión. Ese control. Eso es lo que necesito de ti.

—¿Y tú qué me das a cambio?

Kael patinó hacia ella, deteniéndose a escasos centímetros. Su respiración era visible en el aire frío, una nube blanca que se mezclaba con la de ella.




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