Antes De Caer

Primer entrenamiento

La pista secundaria estaba casi vacía.

Era más pequeña que la principal, pero lo suficientemente amplia para entrenamientos técnicos. Las luces del techo caían en franjas blancas sobre el hielo recién pulido, y el silencio del recinto era tan limpio que cada sonido se amplificaba.

El raspado de una cuchilla.

El eco de un paso.

El golpe seco de una caída.

Aurelia Vance llegó diez minutos antes de la hora indicada.

Siempre llegaba antes.

Era una costumbre que había construido durante años de entrenamiento obsesivo. Llegar temprano significaba tener unos minutos para observar la pista, para sentir el hielo, para dejar que el cuerpo recordara que ese era su lugar.

Pero ese día no se sentía como su lugar.

Se apoyó contra la barrera de madera y cruzó los brazos mientras observaba la superficie blanca.

Había pasado semanas sin entrenar en serio.

La suspensión no era oficial todavía, pero lo suficientemente pública como para que cualquier sesión en la pista principal se convirtiera en un espectáculo de miradas, susurros y teléfonos levantados.

Aquí, al menos, había silencio.

Aurelia inhaló profundamente.

El aire frío del estadio le llenó los pulmones.

Cerró los ojos un instante.

Recupera el control.

Era lo que siempre hacía.

Controlar cada músculo.

Cada pensamiento.

Cada emoción.

El sonido de una puerta metálica abriéndose rompió el silencio.

Aurelia abrió los ojos.

Kael Ardent caminaba hacia la pista con la misma calma insolente que parecía seguirlo a todas partes. Llevaba pantalones de entrenamiento negros, camiseta gris ajustada y el cabello ligeramente húmedo, como si acabara de pasar por la ducha o simplemente no se hubiera molestado en secarlo del todo.

Se detuvo a unos metros de la barrera.

Miró la pista.

Luego la miró a ella.

—Llegaste temprano.

Aurelia no respondió de inmediato.

—Llegaste justo.

Kael miró el reloj de pared.

—Tres minutos tarde.

—Tres minutos no son puntualidad.

—Tres minutos tampoco son tragedia.

Aurelia apartó la mirada.

—En competencia sí lo son.

Kael dejó escapar una pequeña risa.

—Empiezo a entender por qué te llaman la patinadora más rígida del circuito.

Aurelia lo miró de nuevo.

—Empiezo a entender por qué nadie quiere entrenar contigo.

Kael se encogió de hombros.

—No todos soportan el encanto.

Aurelia ignoró el comentario y se giró hacia la pista.

—¿Vamos a perder más tiempo o vamos a entrenar?

Kael apoyó las manos sobre la barrera y saltó al hielo con facilidad.

El sonido de sus cuchillas fue limpio.

Seguro.

Aurelia lo notó de inmediato.

Aunque su reputación fuera un desastre, su técnica no lo era.

Kael se deslizó un par de metros hacia atrás, probando el hielo.

—Está duro.

—Lo pulieron hace media hora.

—Perfecto para caerse.

Aurelia entró a la pista con un movimiento elegante, casi automático.

El hielo respondió como siempre lo hacía con ella.

Como si la reconociera.

Como si hubiera estado esperándola.

Durante un instante breve, el mundo volvió a ordenarse.

Luego recordó quién estaba allí.

—¿Entrenaste parejas alguna vez? —preguntó.

Kael hizo un giro corto.

—Una temporada.

—¿Y qué pasó?

—Mi compañera intentó lanzarme un patín a la cabeza.

Aurelia lo miró.

—¿En serio?

—No.

Pausa.

—Pero quiso.

Aurelia suspiró con impaciencia.

—Esto no es un juego.

Kael se detuvo frente a ella.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces actúa como un profesional.

Los ojos grises de Kael la observaron con atención.

—¿Siempre hablas así?

—¿Así cómo?

—Como si cada frase fuera una orden.

Aurelia no respondió.

Kael giró lentamente alrededor de ella sobre el hielo, evaluándola.

—Eres más baja de lo que esperaba.

—¿Eso es un problema?

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto pesas.

Aurelia lo miró con frialdad.

—Cincuenta y dos kilos.

Kael levantó las cejas.

—Perfecto.

—No estoy aquí para que evalúes mi peso.

—Estoy aquí para levantarte sobre mi cabeza.

Punto válido.

Aurelia cruzó los brazos.

—Entonces deja de hablar y demuestra que puedes hacerlo.

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Kael.

—Eso sonó casi como un desafío.

—Lo es.

Kael dio un paso hacia ella.

—Bien.

Se detuvo a menos de un metro.

Aurelia podía ver los pequeños destellos plateados en sus ojos bajo la luz del estadio.

Había algo en su forma de moverse que era imposible ignorar.

No era arrogancia exactamente.

Era confianza.

Una peligrosa.

—Extiende los brazos —dijo Kael.

Aurelia lo hizo.

—Relaja los hombros.

—No me digas que me relaje.

—Si no lo haces, vamos a caer.

Aurelia apretó los dientes.

Pero obedeció.

Kael colocó una mano en su cintura.

La otra en su espalda.

El contacto fue inesperadamente firme.

Caliente.

Aurelia sintió cómo su cuerpo reaccionaba al instante.

No con miedo.

Con alerta.

—Empujas con la pierna derecha —dijo Kael—. Yo te levanto.

—Lo sé.

—Quería asegurarme.

—No soy nueva en el hielo.

—En parejas sí.

Aurelia inhaló lentamente.

—Cuenta.

Kael la observó un segundo.

Luego sonrió.

—Uno.

El hielo raspó bajo sus cuchillas.

—Dos.

Aurelia flexionó las rodillas.

—Tres.

El movimiento fue rápido.

Kael la impulsó hacia arriba con una fuerza sorprendente.

Durante un segundo, Aurelia sintió el aire frío rodeándola mientras su cuerpo se elevaba.

Pero algo falló.

Su equilibrio.

Su postura.

Kael perdió el centro de gravedad.




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