El hielo de la pista privada de Soren tenía una limpieza casi ofensiva. No había música, no había risas, no había el murmullo habitual de otros atletas entrenando. Solo el zumbido lejano de las máquinas y el sonido cortante de las cuchillas marcando líneas.
Aurelia llegó antes que todos. Era su forma de recuperar control: ganarle minutos al mundo. Se ajustó las botas con fuerza, como si apretar los cordones pudiera apretar también el desastre en el que la habían metido.
Kael Ardent apareció diez minutos tarde.
No llegó corriendo. No llegó disculpándose. Entró como si la pista fuera suya, el abrigo abierto, el cabello todavía húmedo, una bolsa colgando del hombro. Se detuvo en la barrera y la miró como si evaluara un objeto caro que no había pedido.
—Vance —dijo, a modo de saludo.
Aurelia no respondió con el nombre. Ni con una sonrisa.
—Llegas tarde.
Kael se encogió de hombros.
—Llegas temprano.
Aurelia sostuvo su mirada. Había pensado en decenas de frases para ese momento. Ninguna sonó útil cuando lo tuvo enfrente. Kael era peor de lo que imaginaba: demasiado cómodo, demasiado consciente de su propio efecto.
Soren apareció desde el túnel con una carpeta bajo el brazo, el cronómetro colgando del cuello como una amenaza.
—Calentamiento. Diez minutos —ordenó—. Después, pruebas de sincronía. Y quiero silencio.
Kael levantó una ceja.
—¿Silencio? Qué decepción.
Soren no reaccionó. Soren rara vez reaccionaba.
Aurelia patinó hacia el centro. Empezó con pasos básicos, bordes largos, velocidad controlada. El cuerpo recordaba, incluso después de la suspensión. Había furia en esa memoria: una necesidad de demostrar que no estaba rota.
Kael, en cambio, calentó como si estuviera en un show. Cambios de dirección bruscos, giros que no necesitaba, una secuencia de pasos con demasiado estilo para ser “solo calentamiento”. Cada vez que pasaba cerca, el aire parecía moverse distinto, cargado.
Aurelia lo ignoró.
Hasta que Soren silbó.
—Párense. Juntos.
Aurelia se frenó. Kael hizo un stop elegante y se colocó a su lado con una cercanía que no pidió. Olía a menta y a hielo, un olor limpio que contrastaba con su reputación.
Soren abrió la carpeta.
—Primero: líneas. Quiero ver cómo se mueven como una sola pieza. Sin saltos. Sin levantamientos. Solo pasos sincronizados.
Kael miró a Aurelia.
—¿Tú guías o yo?
Aurelia contestó sin pensar.
—Yo.
Kael sonrió apenas, como si ella hubiera dicho exactamente lo que él quería oír.
—Perfecto.
Soren marcó la secuencia con la voz. Cuatro tiempos, cambio de borde, cruce, giro simple, salida larga. Fácil. Ridículamente fácil.
Aurelia inició con precisión. Esperó, en el rabillo del ojo, que Kael copiara.
Kael no copió.
Kael interpretó.
Entró medio tiempo antes, añadió un gesto de brazos, cambió la profundidad del borde. No era un error técnico. Era una provocación. Un “yo hago lo que quiero”.
Aurelia frenó en seco.
—¿Qué estás haciendo?
Kael se detuvo frente a ella, demasiado cerca.
—Patinar.
—No. Estás desobedeciendo.
—Estoy ajustando. Esa secuencia es rígida.
—La rigidez es el punto —replicó Aurelia—. Es sincronía.
Kael inclinó la cabeza, estudiándola con una calma irritante.
—¿Te molesta porque no te sigo… o porque no me controlas?
Aurelia sintió calor en la cara. No de vergüenza: de rabia.
—No necesito controlarte. Necesito que hagas lo que se te dice.
—Si quieres un espejo, cómprate uno —murmuró Kael.
Soren golpeó el hielo con el filo de su patín, un sonido seco.
—Otra vez —dijo—. Y esta vez, como pareja. No como dos egos chocando.
Aurelia se colocó a la izquierda. Kael a la derecha. Ella respiró, contó mentalmente. Inició.
Durante tres segundos, funcionó.
Luego Kael cambió la velocidad apenas, una diferencia mínima. Pero en pareja lo mínimo se convierte en desastre. Aurelia intentó ajustar, corrigió su borde para alcanzar el suyo. Kael, en vez de corregir, aceleró como si quisiera obligarla a seguirle el ritmo.
La distancia entre ambos se cerró de golpe.
Aurelia sintió su hombro rozar el de él. Una fricción breve, eléctrica, que la desconcentró lo suficiente para perder el eje.
Su patín resbaló.
Kael la agarró por el antebrazo, firme. La sostuvo antes de que cayera, pero el gesto no fue tierno; fue preciso, casi mecánico.
Aurelia se soltó al instante, como si el contacto quemara.
—No me agarres.
—Entonces no te caigas.
Aurelia lo miró con odio controlado.
—¿Estás intentando que falle?
Kael sonrió, pero sus ojos no se rieron.
—Estoy intentando ver cuánto aguantas.
Soren se acercó.
—Basta. Ahora: agarre básico. Mano a mano. Quiero saber si pueden sostenerse sin hacerse daño.
Aurelia sintió el estómago tensarse.
El agarre en patinaje de pareja no era un adorno. Era un pacto físico. Un “si tú te tiras, yo te sostengo”. Y ella no confiaba ni en su propia sombra últimamente.
Kael extendió la mano.
Aurelia no la tomó.
—No.
Kael la sostuvo en el aire, paciente, como si supiera que el público invisible estaba mirando.
—Vance. No te voy a morder.
—No es miedo —dijo ella, aunque sí lo era, de una forma que no quería nombrar.
Kael bajó la voz.
—Entonces es orgullo.
Aurelia apretó la mandíbula y tomó su mano.
La piel de Kael estaba caliente incluso en esa pista helada. Su agarre fue seguro, demasiado seguro. Aurelia odió que esa simple firmeza le diera una sensación ridícula: estabilidad.
Soren marcó el ejercicio.
—Deslizamiento en paralelo. Cambios de dirección. Mantengan la mano. No la suelten.
Aurelia comenzó despacio. Kael siguió… al principio.
En el segundo cambio de dirección, él giró con más amplitud. Aurelia sintió el tirón en el brazo. Intentó compensar. Se desequilibró. El agarre se tensó, y por un segundo, Kael la arrastró en lugar de sostenerla.