Antes De Caer

Ceder

La pista privada de Soren tenía una limpieza casi ofensiva. No había música, ni conversaciones, ni siquiera el murmullo habitual de otros atletas entrenando al otro lado de la barrera. Solo el zumbido constante de las máquinas y el sonido afilado de las cuchillas marcando líneas sobre la superficie helada.

Llegó antes que todos. Siempre lo hacía. Era su forma de recuperar el control, de robarle minutos al mundo antes de que el mundo intentara arrebatárselos. Se sentó en una de las bancas y ajustó las botas con fuerza, tensando los cordones hasta que los nudillos se le pusieron blancos, como si pudiera apretar también el desastre en el que la habían metido. Patinaje en pareja. La idea seguía sintiéndose equivocada, ajena, como un error administrativo que nadie se había molestado en corregir.

La puerta lateral de la pista se abrió unos minutos después. Kael apareció diez minutos tarde. No llegó corriendo ni disculpándose; entró como si la pista le perteneciera. Llevaba el abrigo oscuro abierto, el bolso colgando del hombro y el cabello todavía húmedo, desordenado de una forma demasiado calculada para ser accidental. Se detuvo junto a la barrera y la observó unos segundos, como si estuviera evaluando un regalo no deseado.

—Vance.

—Llegas tarde —respondió sin siquiera fingir amabilidad.

Kael dejó el bolso sobre la banca y se encogió apenas de hombros.

—Llegas temprano.

Sostuvo su mirada sin pestañear. Había pensado en muchas respuestas para ese momento, frases frías, inteligentes, cortantes, pero ninguna pareció suficiente cuando lo tuvo enfrente, porque Kael era peor de lo que imaginaba: cómodo en su propia piel, seguro de cada gesto, consciente del efecto que provocaba.

Soren apareció desde el túnel principal con una carpeta bajo el brazo y el cronómetro colgando del cuello como una sentencia.

—Calentamiento. Diez minutos —ordenó—. Después quiero pruebas de sincronía. Y silencio.

Kael levantó una ceja.

—Qué ambiente tan acogedor.

Soren no reaccionó. Soren rara vez reaccionaba.

Entró a la pista sin esperar más instrucciones. Se impulsó hacia el centro y comenzó a calentar con movimientos precisos: bordes largos, velocidad controlada, giros simples. El cuerpo recordaba, incluso después de la suspensión. Había rabia en esa memoria, una necesidad feroz de demostrar que seguía siendo ella, que el escándalo no la había roto.

Kael, en cambio, calentó como si estuviera en medio de un espectáculo: cambios de dirección bruscos, secuencias innecesariamente elegantes, giros fluidos ejecutados únicamente para llamar la atención. Y lo peor era que podía hacerlo sin esfuerzo. Cada vez que pasaba cerca de ella, el aire parecía moverse distinto, más pesado. Lo ignoró. O al menos lo intentó.

Hasta que el silbido de Soren atravesó la pista.

—Juntos.

Frenó. Kael ejecutó una parada limpia y se colocó a su lado con una cercanía que ella jamás pidió. Olía a menta y a hielo, un aroma limpio que contrastaba con la clase de hombre que aparentaba ser.

Soren abrió la carpeta.

—Primero: líneas. Quiero ver cómo se mueven como una sola pieza. Sin saltos, sin elevaciones. Solo sincronía.

Kael giró apenas la cabeza hacia ella.

—¿Tú guías o yo?

—Yo.

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Kael.

—Perfecto.

Soren marcó la secuencia con voz firme.

—Cuatro tiempos. Cambio de borde. Cruce. Giro simple. Salida larga.

Era fácil. Ridículamente fácil. Inició con precisión absoluta y esperó que Kael copiara el movimiento, pero Kael no copió. Kael interpretó. Entró medio tiempo antes, cambió la profundidad del borde y añadió un movimiento de brazos completamente innecesario. No era un error técnico. Era una provocación.

—Yo hago lo que quiero —observó con naturalidad implícita en su ejecución.

Frenó en seco.

—¿Qué estás haciendo?

—Patinar.

—No. Estás rompiendo la secuencia.

—Estoy mejorándola.

—La secuencia no necesita mejoras. Necesita sincronía.

Kael inclinó apenas la cabeza mientras la observaba con una calma que ella quería estrangular.

—¿Te molesta porque no sigo el ejercicio… o porque no puedes controlarme?

El calor le subió al rostro. No era vergüenza, era rabia.

—No necesito controlarte. Necesito que hagas lo que se te pide.

—Si quieres un espejo, cómprate uno.

El sonido seco del patín de Soren golpeando la superficie los interrumpió.

—Otra vez —ordenó—. Y esta vez como pareja, no como dos egos chocando.

Tomó posición a la izquierda. Kael a la derecha. Respiró profundamente antes de iniciar. Uno. Dos. Tres.

Durante unos segundos funcionó. Las cuchillas avanzaron en paralelo, el ritmo coincidió, los movimientos encajaron de manera casi natural. Y entonces Kael aceleró apenas. Fue mínimo. Una diferencia insignificante, pero en patinaje en pareja lo mínimo podía destruirlo todo. Intentó corregir el ritmo, ajustó el borde para alcanzarlo, pero Kael volvió a acelerar como si quisiera obligarla a seguirlo. La distancia entre ambos se cerró demasiado rápido. Su hombro rozó el de él. El contacto fue breve, eléctrico, y bastó para desconcentrarla.

La cuchilla resbaló.

Kael reaccionó antes de que cayera. Sujetó su antebrazo con firmeza y estabilizó su cuerpo de inmediato. El gesto no fue suave, fue exacto, instintivo. Se soltó enseguida, como si el contacto le quemara la piel.

—No me agarres.

—Entonces no te caigas.

Sintió la furia subirle por el pecho.

—¿Estás intentando que falle?

La sonrisa de Kael no alcanzó sus ojos.

—Estoy intentando descubrir cuánto aguantas.

Soren se acercó lentamente.

—Basta. Ahora, agarre básico. Mano con mano. Quiero saber si pueden sostenerse sin matarse antes del campeonato.

El estómago se le tensó. El agarre en pareja no era un simple detalle técnico, era un pacto: si tú caes, yo te sostengo. Y ella ya no confiaba ni en su propia sombra.




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