El silencio del vestuario era más pesado que el del hielo.
Aurelia Vance estaba sentada en el banco de madera frente a su casillero abierto, con los patines apoyados en el suelo y las manos todavía entumecidas por el frío. El entrenamiento había terminado hacía veinte minutos, pero su cuerpo seguía sintiendo la presión de cada levantamiento, cada impulso, cada momento en que Kael Ardent había tenido que sostenerla en el aire.
No le gustaba admitirlo.
Pero había funcionado.
No perfecto.
No elegante.
Pero lo suficiente como para demostrar que aquella absurda idea de Soren Valkyr no era completamente imposible.
Aurelia se inclinó hacia adelante y comenzó a desatar las cintas de sus patines con movimientos lentos.
La puerta del vestuario femenino se abrió.
Lyra Calder entró con una botella de agua en la mano y una expresión que mezclaba curiosidad y diversión.
—Así que era verdad.
Aurelia no levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Lyra cerró la puerta detrás de ella.
—Que estás entrenando con Kael Ardent.
Aurelia soltó un pequeño suspiro.
—Las noticias vuelan rápido.
—En este edificio todo vuela rápido.
Lyra se dejó caer en el banco frente a ella.
Habían sido compañeras de entrenamiento durante años, antes de que una lesión obligara a Lyra a retirarse de la competencia profesional y aceptar un puesto como asistente técnica en el mismo centro deportivo.
Aurelia confiaba en muy poca gente.
Lyra era una de esas excepciones.
—¿Y bien? —preguntó Lyra.
—¿Y bien qué?
—¿Cómo sobreviviste?
Aurelia tiró de la última cinta del patín.
—No fue tan terrible.
Lyra levantó las cejas.
—Eso no responde mi pregunta.
Aurelia se recostó contra la pared del vestuario.
—Es… impredecible.
—¿Qué es una forma elegante de decir peligroso.
—¿Qué es una forma precisa de decirlo.
Lyra bebió un sorbo de agua.
—¿Y tú aceptaste esto voluntariamente?
Aurelia la miró.
—No exactamente.
—La federación.
—La federación.
Lyra asintió lentamente.
—Sabía que intentarían algo así.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Lyra dudó un momento.
Luego dejó la botella sobre el banco.
—Que no es la primera vez que Kael Ardent aparece en medio de un escándalo deportivo.
Aurelia sintió un pequeño nudo en el estómago.
—Ya lo imaginaba.
—No creo que lo imagines del todo.
Lyra sacó su teléfono del bolsillo y lo desbloqueó.
—Mira esto.
Aurelia dudó un segundo antes de inclinarse hacia la pantalla.
Era un artículo.
Un titular antiguo.
"Kael Ardent suspendido por conducta antideportiva tras discusión con jueces en el Grand Prix de Helsinki."
Aurelia frunció el ceño.
—Eso no es tan grave.
Lyra deslizó la pantalla.
Otro titular.
"El talento rebelde del patinaje: Kael Ardent vuelve a generar controversia tras abandonar una conferencia de prensa."
Otro.
"Conflicto con entrenador provoca ruptura del equipo técnico."
Aurelia se enderezó lentamente.
—Parece que colecciona problemas.
—Eso es solo la superficie.
Lyra volvió a deslizar la pantalla.
El último artículo era diferente.
Más largo.
Más serio.
Aurelia leyó el titular en silencio.
"Promesa del patinaje pierde oportunidad olímpica tras incidente en campeonato nacional."
Aurelia sintió cómo su estómago se tensaba.
—¿Qué pasó?
Lyra cruzó los brazos.
—Tenía diecinueve años. Era el favorito para clasificar a los Juegos Olímpicos.
Aurelia volvió a mirar el teléfono.
—¿Y?
—Y decidió retirarse del programa libre antes de terminarlo.
Aurelia parpadeó.
—¿Se retiró?
—Se detuvo en mitad del programa y salió de la pista.
El silencio cayó entre ellas.
En el patinaje artístico, abandonar una rutina era casi un sacrilegio.
Incluso los atletas lesionados intentaban terminar.
Era una cuestión de orgullo.
De respeto.
—¿Por qué haría algo así? —preguntó Aurelia.
Lyra negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe con certeza.
—¿Nadie?
—Hubo rumores.
Aurelia la miró.
—¿Qué tipo de rumores?
Lyra dudó un momento.
—Que discutió con su entrenador minutos antes de salir al hielo.
—Eso no explica abandonar una competencia.
—También dijeron que su madre estaba enferma.
—¿Y?
—Y que la federación quería que siguiera compitiendo igual.
Aurelia se quedó quieta.
—Eso suena…
—Complicado.
Aurelia volvió a mirar la pantalla.
Había una foto de Kael más joven.
Diecinueve años.
La misma mirada intensa.
Pero algo en su expresión parecía diferente.
Menos cínico.
Más… abierto.
—Después de eso lo suspendieron unos meses —continuó Lyra—. Y su entrenador lo dejó.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Y luego?
—Luego volvió.
—¿Y siguió causando problemas?
Lyra sonrió con ironía.
—Más o menos.
Aurelia devolvió el teléfono.
—Perfecto.
Lyra la observó.
—¿Perfecto?
—Exactamente el tipo de compañero que necesito.
Lyra inclinó la cabeza.
—No todo es lo que parece con él.
Aurelia se levantó del banco.
—Eso no lo hace menos problemático.
—Tampoco lo hace culpable de todo lo que dicen.
Aurelia guardó sus patines en la bolsa deportiva.
—No estoy aquí para analizar su reputación.
—Estás entrenando con él.
—Eso no significa que confíe en él.
Lyra suspiró.
—Aurelia…
—¿Qué?
—Solo ten cuidado.
Aurelia se detuvo.
—Siempre lo tengo.
—No me refiero al hielo.
Aurelia la miró con curiosidad.
—¿A qué te refieres entonces?
Lyra sonrió ligeramente.
—A que Kael Ardent tiene la mala costumbre de desordenar las vidas de la gente que entrena con él.