Antes De Caer

Fricción

La música volvió a la pista como una concesión, no como un regalo. Un piano lento, demasiado limpio, peligrosamente sentimental. Soren decía que era para el programa corto; Aurelia sospechaba que era para obligarlos a respirar al mismo tiempo.

No funcionó.

Aurelia llevaba la secuencia grabada en el cuerpo. Tres cruces, cambio de borde, entrada al giro, salida, paso chassé, transición. La rutina era simple si se ejecutaba sin interferencias. Pero Kael patinaba como si el hielo fuera una discusión: empujando, reclamando espacio, probando límites.

—Otra vez —ordenó Soren desde la barrera, sin levantar la voz—. Desde el inicio. Y esta vez quiero la cabeza en la música, no en ustedes.

Aurelia tomó aire. Se colocó en posición. Kael a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo, pero lo bastante lejos como para no ser íntimo. Ese espacio exacto donde lo físico se vuelve amenaza.

El piano empezó.

Aurelia inició con control. Marcó los tiempos, sostuvo la línea. Tenía una relación antigua con la disciplina: la obedecía y la disciplina le devolvía seguridad. El primer cruce salió limpio. El cambio de borde, perfecto.

Kael, por una vez, entró con ella.

Y por una vez, Aurelia sintió la posibilidad de que aquello pudiera funcionar.

En el segundo conteo, Kael aceleró apenas. Nada exagerado, solo una mínima presión hacia adelante, un vamos convertido en velocidad. Aurelia lo notó, corrigió y siguió.

El problema llegó en el siguiente movimiento.

Kael giró antes de la marca. Aurelia no alcanzó a ajustar el agarre. El brazo de Kael se tensó y la arrastró con una fuerza que no era sostén, sino impulso.

La cuchilla de Aurelia resbaló. El cuerpo se le fue hacia atrás.

—¡Kael! —soltó en un susurro áspero.

Kael la sostuvo por la cintura, firme, demasiado firme. No permitió que cayera, pero la detuvo como quien frena un objeto, no como quien protege a una persona.

Aurelia se apartó enseguida.

—No hagas eso.

Kael levantó las manos con falsa inocencia.

—¿Qué hice? Te salvé.

—Me empujaste al error y después te hiciste el héroe.

—O quizá tu control no soporta que alguien cambie el ritmo.

Aurelia sintió el pecho tensarse. Respiró despacio. Soren seguía observándolos desde la barrera con esa expresión inmóvil que significaba una sola cosa: o aprendían a funcionar o terminaban destruyéndose.

—Desde el inicio —repitió Soren—. Última vez antes del descanso.

Aurelia tragó saliva y volvió a su marca. Esta vez evitó mirar a Kael. Mirarlo era perder terreno.

El piano comenzó otra vez.

Durante unos segundos, todo funcionó. Después Kael habló sin mover apenas los labios, como si el comentario formara parte de la coreografía.

—Sigues patinando como si estuvieras sola.

Aurelia mantuvo la vista al frente.

—Concéntrate.

Kael dejó escapar una risa baja, sin humor.

—Eso haces siempre. Concéntrate. Como si repetirlo pudiera borrar lo que sientes.

Aurelia perdió una fracción del tiempo. Lo suficiente. La sincronía se rompió.

Soren chasqueó la lengua desde la barrera.

Aurelia frenó de golpe.

—¿Estás intentando sabotearnos?

Kael se detuvo también y la nieve del hielo se levantó alrededor de sus cuchillas.

—Estoy intentando que dejes de fingir.

Aurelia avanzó un paso.

—No tienes derecho a hablarme así.

Kael ladeó apenas la cabeza.

—Tengo derecho porque esto es conmigo. Porque cuando te caes, mi cuerpo también paga. Porque cuando te tensas, yo lo siento en el agarre. Así que sí, Vance… tengo derecho.

El apellido sonó distinto en su boca. Menos formal. Más peligroso.

Aurelia quiso responder con algo frío, algo preciso, algo capaz de ponerlo en su lugar. Pero lo que salió fue otra cosa.

—No me conoces.

Kael sostuvo su mirada.

—Te conozco lo suficiente para saber que odias perder más de lo que amas ganar.

El golpe fue directo. Aurelia sintió la rabia subirle por el pecho como una corriente vieja y familiar.

—¿Y tú qué sabes de amar algo? —escupió—. Tú solo sabes destruirlo.

El silencio se abrió entre ambos. Incluso Soren levantó la vista del cronómetro.

Kael no reaccionó enseguida. Solo parpadeó lentamente. Cuando habló, la voz le salió más grave.

—¿Eso crees? ¿Que yo destruyo?

Aurelia respiró hondo.

—Eso dicen de ti en cada pista. Eso pasó con tu última compañera.

Kael avanzó un paso, invadiendo el espacio. Aurelia no retrocedió, aunque el cuerpo se lo pidió.

—No uses su nombre para ganar una discusión —dijo él con una calma peligrosa.

—Entonces deja de comportarte como alguien que repite patrones.

Kael soltó una risa breve, vacía.

—Patrones. Claro. Tú eres la experta en eso.

Aurelia frunció el ceño.

Kael señaló apenas hacia ella.

—Mírate. Obediente con Soren, perfecta con los jueces, perfecta con la prensa cuando te conviene. Y cuando algo se sale del guion… te conviertes en una pared.

Aurelia sintió la sangre golpearle los oídos.

—No soy una pared.

—Eres una puerta cerrada con llave —replicó Kael—. Y luego te preguntas por qué nadie entra.

Aurelia cerró los puños. Sintió el borde de la rodillera bajo la tela. Sintió también la cicatriz invisible de la suspensión, esa vergüenza que todavía no sabía dónde guardar.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, odiando lo real que sonó—. ¿Qué estás buscando?

Kael la observó un instante y, por primera vez, pareció cansado. No físicamente. Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo algo pesado.

—Quiero que dejes de actuar como si todo lo que te pasó hubiera sido una injusticia caída del cielo —respondió—. Tú también tomaste decisiones.

Aurelia lo miró con incredulidad.

—¿Me estás culpando?

Kael negó lentamente.

—Te estoy diciendo que no eres una víctima perfecta. Y eso te enfurece.




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