Antes De Caer

Bajo el mismo techo

Descubrió que existían noticias peores que una caída mal ejecutada. Por ejemplo: que Soren la citara a las siete de la mañana en su oficina con esa expresión que siempre anunciaba una decisión tomada. O peor aún: que Kael ya estuviera allí cuando ella llegara.

Se detuvo en la puerta apenas un segundo. Kael estaba recostado contra el ventanal, con una taza de café en la mano y la calma irritante de alguien que, por una vez en su vida, había llegado antes. Eso por sí solo ya le parecía sospechoso.

—Buenos días, Vance.

Cerró la puerta detrás de sí.

—No lo arruines hablando.

Kael sonrió apenas.

Soren, sentado detrás del escritorio, ni siquiera levantó la vista de unos documentos.

—Me alegra ver que siguen siendo incapaces de compartir un espacio sin lastimarse.

Cruzó los brazos.

—Nos citaste temprano. Imagino que es importante.

—Lo es.

Soren cerró los papeles que tenía delante y por fin alzó la mirada hacia ambos. Sus ojos se desplazaron primero hacia ella, luego hacia Kael, con el cansancio específico de quien ha visto demasiados talentos desperdiciarse en discusiones que no llevan a ninguna parte.

—He revisado las grabaciones de sus entrenamientos —dijo—. Técnicamente, podrían funcionar.

Kael bebió un sorbo de café.

—Qué manera tan romántica de decirlo.

Soren lo ignoró.

—Pero siguen fallando en lo más básico.

Frunció el ceño.

—¿Lo más básico?

—Sincronía.

Kael soltó una risa baja.

—Eso suena a problema emocional, no técnico.

—En parejas son lo mismo.

Soren se puso de pie y caminó hasta el frente del escritorio.

—No se escuchan. Les falta adaptarse, leer el movimiento del otro. Y cada vez que uno intenta corregir algo, el otro responde como si defendiera una herida, no como quien construye una rutina.

Apretó la mandíbula. No le gustaba que dijera eso porque no podía negarlo del todo.

—Estamos entrenando desde hace pocos días —dijo.

—Y desperdiciando cada hora en discusiones inútiles —repuso Soren.

Kael dejó la taza sobre el escritorio.

—Bien. ¿Cuál es tu brillante solución? ¿Más horas en la pista para gritarnos con otro tono?

Soren metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó dos llaves. Las dejó sobre el escritorio con un sonido seco.

Miró las llaves. Luego a Soren. Luego a las llaves otra vez. Una sensación incómoda le recorrió la espalda.

—No —dijo, antes incluso de que él hablara.

Kael entrecerró los ojos.

—Oh, eso no puede ser bueno.

—A partir de hoy —dijo Soren— van a vivir en la residencia de entrenamiento de montaña durante las próximas cuatro semanas.

El silencio fue absoluto. Tardó un segundo en procesarlo.

—No.

Kael soltó aire por la nariz, casi divertido.

—Vaya. Estamos de acuerdo en algo.

Soren no cambió la expresión.

—La residencia está a cuarenta minutos del centro. Tendrán hielo, gimnasio, fisioterapia, sala de video y aislamiento del ruido externo.

—También acabas de describir una cárcel elegante —dijo Kael.

—Descríbelo como quieras.

Dio un paso al frente.

—No voy a vivir con él.

Soren la miró con esa serenidad insoportable que usaba cuando ya no pensaba negociar.

—Sí vas a hacerlo.

—No puedes obligarme.

—Puedo quitarte esta oportunidad.

La respuesta cayó con la contundencia de una sentencia ejecutada. Sintió el golpe en el pecho. Lo odiaba. Odiaba que él supiera exactamente qué palanca tocar para hacerla callar.

—Esto es ridículo —dijo.

—Esto es necesario.

Kael se pasó una mano por la nuca.

—Tengo un departamento. Bastante decente, de hecho. No necesito una residencia aislada para entrenar.

—No es por comodidad —dijo Soren—. Es por sincronización.

—Podemos sincronizar en la pista.

—No.

Soren rodeó el escritorio lentamente.

—Quiero que aprendan los ritmos del otro fuera del hielo también. Horarios. Descansos. Manías. Umbrales de paciencia. Quiero que dejen de reaccionar como extraños cada vez que un movimiento exige improvisación.

Soltó una risa seca.

—Lo que quieres es lanzarnos a una convivencia forzada y esperar que sobrevivamos.

—Exacto.

Kael levantó una ceja.

—Sorprendentemente honesto.

—No me interesa caerles bien. Me interesa que lleguen listos a la primera competencia.

Volvió a mirar las llaves como si fueran una trampa.

—¿Habitaciones separadas?

Soren sostuvo su mirada.

—Por supuesto.

Kael murmuró apenas:

—Menos mal. Todavía no estoy tan desesperado.

Giró hacia él.

—Créeme, el sentimiento es mutuo.

Soren dejó escapar un suspiro largo.

—Saldrán hoy al mediodía.

Ambos hablaron al mismo tiempo.

—No.

—Ni hablar.

Soren alzó una mano.

—Mediodía.

Permaneció inmóvil, respirando despacio para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse. Kael, en cambio, parecía debatirse entre la irritación y cierta curiosidad burlona.

—Dime que al menos la residencia tiene café decente —dijo él.

Soren lo miró sin expresión.

—Si no lo tiene, sobrevivirás.

Kael sonrió sin humor.

—Cruel.

Tomó una de las llaves y la sostuvo entre los dedos. Fría. Metálica. Real.

—Te odio —dijo, mirando a Soren.

—Eso significa que todavía me escuchas.

Kael tomó la otra llave y la hizo girar sobre un dedo.

—Bueno, Vance. Parece que nos vamos de vacaciones.

Lo miró con una frialdad impecable.

—Como vuelvas a llamar a esto vacaciones, te entierro en la nieve.

Kael sonrió.

—Ahí estás. Te extrañaba desde hace treinta segundos.

El trayecto a la residencia fue cuarenta minutos de silencio. Condujo su propio auto; Kael, el suyo. Ninguno habló. Ninguno miró hacia el otro. Pero lo veía en el retrovisor, dos coches detrás, manteniendo la distancia exacta que mantenían sobre el hielo: cerca, pero no lo suficiente.




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