Aurelia Vance descubrió que existían noticias peores que una caída mal ejecutada.
Por ejemplo: que Soren Valkyr la citara a las siete de la mañana en su oficina con esa expresión glacial que siempre anunciaba una decisión tomada.
O peor aún:
Que Kael Ardent ya estuviera allí cuando ella llegara.
Aurelia se detuvo en la puerta apenas un segundo. Kael estaba recostado contra el ventanal, con una taza de café en la mano y la calma irritante de alguien que, por una vez en su vida, había llegado antes.
Eso por sí solo ya le parecía sospechoso.
—Buenos días, Vance —dijo él, sin apartar la mirada de la pista.
Aurelia cerró la puerta detrás de sí.
—No lo arruines hablando.
Kael sonrió apenas.
Soren, sentado detrás del escritorio, ni siquiera levantó la vista de unos documentos.
—Me alegra ver que siguen siendo incapaces de comportarse como adultos funcionales.
Aurelia cruzó los brazos.
—Nos citaste temprano. Imagino que es importante.
—Lo es.
Soren cerró la carpeta que tenía delante y por fin alzó la mirada hacia ambos. Sus ojos se desplazaron primero hacia Aurelia, luego hacia Kael, con ese cansancio seco que solo tenían los entrenadores que llevaban demasiados años trabajando con atletas difíciles.
—He revisado las grabaciones de sus entrenamientos —dijo—. Técnicamente, podrían funcionar.
Kael bebió un sorbo de café.
—Qué manera tan romántica de decirlo.
Soren lo ignoró.
—Pero siguen fallando en lo más básico.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Lo más básico?
—Confianza.
Kael soltó una risa baja.
—Eso suena a problema emocional, no técnico.
—En parejas son lo mismo.
Soren se puso de pie y caminó hasta el frente del escritorio.
—No se escuchan. No se adaptan. No anticipan el movimiento del otro. Y cada vez que uno corrige algo, el otro responde como si estuviera defendiendo una herida, no construyendo una rutina.
Aurelia apretó la mandíbula.
No le gustaba que dijera eso porque no podía negarlo del todo.
—Estamos entrenando desde hace pocos días —dijo.
—Y desperdiciando cada hora en discusiones inútiles —repuso Soren.
Kael dejó la taza sobre el escritorio.
—Bien. ¿Cuál es tu brillante solución? ¿Más horas en la pista para gritarnos con otro tono?
Soren metió la mano en el bolsillo interno de su abrigo y sacó dos llaves.
Las dejó sobre el escritorio con un sonido seco.
Aurelia miró las llaves.
Luego a Soren.
Luego a las llaves otra vez.
Una sensación incómoda le subió por la espalda.
—No —dijo, antes siquiera de que él hablara.
Kael entrecerró los ojos.
—Oh, eso no puede ser bueno.
—A partir de hoy —dijo Soren— van a vivir en la residencia de entrenamiento de montaña durante las próximas cuatro semanas.
El silencio fue absoluto.
Aurelia tardó un segundo en procesarlo.
—No.
Kael soltó aire por la nariz, casi divertido.
—Vaya. Estamos de acuerdo en algo.
Soren no cambió la expresión.
—La residencia está a cuarenta minutos del centro. Tendrán hielo, gimnasio, fisioterapia, sala de video y aislamiento del ruido externo.
—También acabas de describir una cárcel elegante —dijo Kael.
—Descríbelo como quieras.
Aurelia dio un paso al frente.
—No voy a vivir con él.
Soren la miró con esa serenidad insoportable que usaba cuando ya no pensaba negociar.
—Sí vas a hacerlo.
—No puedes obligarme.
—Puedo quitarte esta oportunidad.
La respuesta cayó con la contundencia de una puerta cerrándose.
Aurelia sintió el golpe en el pecho. Lo odiaba. Odiaba que él supiera exactamente qué palanca tocar para callarla.
—Esto es ridículo —dijo.
—Esto es necesario.
Kael se pasó una mano por la nuca.
—Tengo un departamento. Bastante decente, de hecho. No necesito una residencia aislada para entrenar.
—No es por comodidad —dijo Soren—. Es por sincronización.
—Podemos sincronizar en la pista.
—No.
Soren dio la vuelta al escritorio.
—Quiero que aprendan los ritmos del otro fuera del hielo también. Horarios. Descansos. Manías. Umbrales de paciencia. Quiero que dejen de reaccionar como extraños cada vez que un movimiento exige improvisación.
Aurelia soltó una risa seca.
—Lo que quieres es lanzarnos a una convivencia forzada y esperar que sobrevivamos.
—Exacto.
Kael levantó una ceja.
—Sorprendentemente honesto.
—No me interesa caerles bien. Me interesa que lleguen listos a la primera competencia.
Aurelia miró las llaves como si fueran un arma.
—¿Habitaciones separadas?
Soren sostuvo su mirada.
—Por supuesto.
Kael murmuró, casi para sí:
—Menos mal. Todavía no estoy tan desesperado.
Aurelia giró hacia él.
—Créeme, el sentimiento es mutuo.
Soren dejó escapar un suspiro largo.
—Saldrán hoy al mediodía.
Ambos hablaron al mismo tiempo.
—No.
—Ni hablar.
Soren alzó una mano.
—Mediodía.
Aurelia se quedó inmóvil, respirando con lentitud para no decir algo de lo que luego pudiera arrepentirse. Kael, en cambio, parecía debatirse entre la irritación y una especie de curiosidad burlona.
—Dime que al menos la residencia tiene café decente —dijo él.
Soren lo miró.
—Si sobrevives sin él, quizá descubras una dimensión nueva de tu personalidad.
Kael sonrió sin humor.
—Cruel.
Aurelia tomó una de las llaves y la sostuvo entre los dedos.
Fría. Metálica. Real.
—Te odio —dijo, mirando a Soren.
—Eso significa que todavía me escuchas.
Kael tomó la otra llave y la hizo girar sobre un dedo.
—Bueno, Vance. Parece que nos vamos de vacaciones.
Aurelia lo miró con una frialdad impecable.
—Como vuelvas a llamar a esto vacaciones, te entierro en la nieve.