Antes De Caer

El peso del contacto

La pista de la residencia era diferente. Lo notó apenas puso un pie en la superficie cubierta esa mañana. No era más blanda ni más dura que la del centro de entrenamiento, pero el silencio que la rodeaba la hacía sentir distinta. Aquí no había espectadores, ni otros equipos entrenando, ni murmullos en las gradas. Solo el sonido del frío y el raspado de dos pares de cuchillas.

Terminó un giro de calentamiento y se detuvo cerca del centro. Sus pulmones aún estaban despertando, pero su mente ya estaba completamente alerta.

Era el tercer día en la residencia.

Tres días viviendo a pocos metros de Kael.

Tres días descubriendo pequeños detalles inesperados: él se levantaba antes de las seis, escuchaba música muy baja mientras entrenaba y, cuando se concentraba, dejaba de hacer.

comentarios irritantes.

Eso último era inquietante.

Empujó la superficie con un impulso fuerte y ejecutó un salto rápido para calentar las piernas. Aterrizó con estabilidad. Cuando levantó la vista, Kael estaba apoyado en la barrera observándola.

—Te estás guardando —dijo.

Deslizó hacia atrás.

—Estoy calentando.

—No.

—¿Perdón?

Kael saltó a la pista con facilidad.

—Tu salto fue limpio, pero no lo empujaste del todo.

Lo miró con incredulidad.

—¿Ahora también analizas mis saltos?

—Es difícil no hacerlo cuando tengo que levantarte después —respondió él.

Respiró profundo.

—No me estoy guardando.

Kael se deslizó hacia ella.

—Sí lo haces.

—No.

—Estás saltando como si todavía estuvieras esperando que la superficie te traicione.

La frase se clavó. Lo miró con frialdad.

—No voy a discutir esto contigo.

—No es una discusión.

—Entonces deja de hablar de lo que no entiendes.

Kael levantó las manos en señal de rendición.

—Perfecto.

El silencio volvió a instalarse. Volvió a patinar hacia el otro extremo para continuar el calentamiento. Pero antes de que pudiera empezar otro salto, la puerta del estadio se abrió.

Soren Valkyr entró con unos documentos bajo el brazo.

—Bien —dijo—. Ya están en la pista.

Kael murmuró:

—Siempre tan observador.

Soren caminó hacia la barrera y dejó los papeles sobre ella.

—Hoy empezamos la coreografía.

Se detuvo.

—¿Ya?

—Sí.

Kael levantó una ceja.

—Eso suena prematuro.

—Eso suena necesario.

Soren abrió los documentos y sacó varias hojas.

—Si vamos a competir en seis semanas, no podemos perder tiempo.

Se deslizó hasta la barrera.

—¿Qué música?

Soren señaló el sistema de sonido del estadio.

—Una adaptación de piano y cuerdas.

Kael frunció el ceño.

—Eso suena muy elegante para nosotros.

—No estoy diseñando una obra para ustedes. Estoy diseñando una rutina que pueda ganar puntos.

Cruzó los brazos.

—¿Cuál es la idea?

Soren levantó la mirada.

—Transición.

Kael dejó escapar una risa corta.

—Eso sí que es optimismo.

Soren ignoró el comentario.

—La coreografía comienza con distancia entre ustedes. Movimiento paralelo. Luego contacto progresivo.

Frunció el ceño.

—¿Progresivo?

—Sí.

Soren señaló la pista.

—Quiero que el público vea la transición. De dos individuos que no se soportan… a una pareja que funciona.

Kael la miró.

—Eso suena peligrosamente cercano a la realidad.

Lo ignoró.

—Muéstranos el inicio.

Soren encendió la música. Un piano suave llenó el espacio. La melodía era lenta, profunda, con un ritmo que crecía de forma casi imperceptible.

—Empiezan separados —dijo Soren—. Aurelia a la derecha. Kael a la izquierda.

Ambos se movieron hacia sus posiciones.

—Primeros ocho tiempos: deslizamiento paralelo.

La música avanzó. Empujó la superficie. Kael hizo lo mismo. Se movieron en líneas paralelas, sin tocarse. El sonido de sus cuchillas acompañó la melodía.

—Ahora giro —indicó Soren.

Ambos giraron. Sus trayectorias comenzaron a acercarse.

—Contacto en el tiempo doce.

Extendió el brazo. Kael hizo lo mismo. Sus manos se encontraron.

El contacto fue inmediato. Seco. Profesional.

Pero algo pasó. No supo definirlo. No era dolor, no era placer. Era información: la presión exacta de sus dedos, la temperatura de su piel a través del guante, la forma en que Kael ajustó el agarre antes de que ella pidiera nada.

Kael también lo notó. Sus dedos se tensaron alrededor de la mano de ella, no con más fuerza, sino con más precisión.

—Continúen —dijo Soren.

Se deslizaron juntos. Por primera vez desde que habían empezado a entrenar, el movimiento no era un levantamiento técnico ni un ejercicio de fuerza. Era coreografía. Fluidez.

Kael tiró suavemente de su brazo. Giró bajo su mano. La música creció.

—Acérquense más —indicó Soren.

Kael colocó la otra mano en su espalda. Más arriba que en los levantamientos. Más cerca.

Sintió la palma de Kael a través de la tela del traje de entrenamiento. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: un pequeño ajuste en su postura, una respiración más lenta.

—Ahora el giro de pareja —dijo Soren.

Kael la guió hacia él. Sus cuerpos quedaron a pocos centímetros. El movimiento era simple. Pero la proximidad lo cambiaba todo.

Podía sentir la respiración de Kael, el ajuste de sus manos y el más mínimo cambio en su equilibrio.

—Relájate —murmuró Kael.

—Estoy relajada.

—No.

—Sí.

Kael sonrió apenas.

—Estás contando cada músculo que se mueve.

—Eso se llama técnica.

—Eso se llama rigidez.

Lo miró. Pero en ese momento la música cambió. Un crescendo suave.

—Preparación para el levantamiento —dijo Soren.

Kael deslizó una mano hacia su cintura. La otra tomó su brazo.

—Listo —murmuró.

Asintió.

El impulso fue rápido. Su cuerpo se elevó. Pero esta vez el movimiento no era solo técnico. Había continuidad. La música. El giro. La forma en que Kael distribuía su peso.




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