El hielo de la residencia era diferente.
Aurelia lo notó apenas puso un pie en la pista cubierta esa mañana. No era más blando ni más duro que el del centro de entrenamiento, pero el silencio que lo rodeaba lo hacía sentir distinto. Aquí no había espectadores, ni otros equipos entrenando, ni murmullos en las gradas.
Solo el sonido del frío.
Y el raspado de dos pares de cuchillas.
Aurelia terminó un giro de calentamiento y se detuvo cerca del centro de la pista. Sus pulmones aún estaban despertando, pero su mente ya estaba completamente alerta.
Era el tercer día en la residencia.
Tres días viviendo a pocos metros de Kael Ardent.
Tres días descubriendo pequeñas cosas que no esperaba.
Como que él se levantaba antes de las seis.
O que escuchaba música muy baja mientras entrenaba.
O que, cuando estaba concentrado, dejaba de hacer comentarios irritantes.
Eso último era raro.
Aurelia empujó el hielo con un impulso fuerte y ejecutó un salto rápido para calentar las piernas.
Aterrizó con estabilidad.
Cuando levantó la vista, Kael estaba apoyado en la barrera observándola.
—Te estás guardando —dijo.
Aurelia deslizó hacia atrás.
—Estoy calentando.
—No.
—¿Perdón?
Kael saltó al hielo con facilidad.
—Tu salto fue limpio, pero no lo empujaste del todo.
Aurelia lo miró con incredulidad.
—¿Ahora también analizas mis saltos?
—Es difícil no hacerlo cuando tengo que levantarte después.
Aurelia respiró profundo.
—No me estoy guardando.
Kael se deslizó hacia ella.
—Sí lo haces.
—No.
—Estás saltando como si todavía estuvieras esperando que el hielo te traicione.
La frase se clavó como una aguja.
Aurelia lo miró con frialdad.
—No voy a discutir esto contigo.
—No es una discusión.
—Entonces deja de hablar de lo que no entiendes.
Kael levantó las manos en señal de rendición.
—Perfecto.
El silencio volvió a instalarse.
Aurelia volvió a patinar hacia el otro extremo de la pista para continuar el calentamiento.
Pero antes de que pudiera empezar otro salto, la puerta del estadio se abrió.
Soren Valkyr entró con una carpeta bajo el brazo.
—Bien —dijo—. Ya están en el hielo.
Kael murmuró:
—Siempre tan observador.
Soren caminó hacia la barrera y dejó la carpeta sobre ella.
—Hoy empezamos la coreografía.
Aurelia se detuvo.
—¿Ya?
—Sí.
Kael levantó una ceja.
—Eso suena prematuro.
—Eso suena necesario.
Soren abrió la carpeta y sacó varias hojas.
—Si vamos a competir en seis semanas, no podemos perder tiempo.
Aurelia se deslizó hasta la barrera.
—¿Qué música?
Soren señaló el sistema de sonido del estadio.
—Una adaptación de piano y cuerdas.
Kael hizo una mueca.
—Eso suena muy elegante para nosotros.
—No estoy diseñando una obra para ustedes. Estoy diseñando una rutina que pueda ganar puntos.
Aurelia cruzó los brazos.
—¿Cuál es la idea?
Soren levantó la mirada.
—Confianza.
Kael dejó escapar una risa corta.
—Eso sí que es optimismo.
Soren ignoró el comentario.
—La coreografía comienza con distancia entre ustedes. Movimiento paralelo. Luego contacto progresivo.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Progresivo?
—Sí.
Soren señaló el hielo.
—Quiero que el público vea la transición. De dos individuos que no se soportan… a una pareja que funciona.
Kael miró a Aurelia.
—Eso suena peligrosamente cercano a la realidad.
Aurelia lo ignoró.
—Muéstranos el inicio.
Soren encendió la música.
Un piano suave llenó la pista.
La melodía era lenta, profunda, con un ritmo que crecía de forma casi imperceptible.
—Empiezan separados —dijo Soren—. Aurelia a la derecha. Kael a la izquierda.
Ambos se movieron hacia sus posiciones.
—Primeros ocho tiempos: deslizamiento paralelo.
La música avanzó.
Aurelia empujó el hielo.
Kael hizo lo mismo.
Se movieron en líneas paralelas, sin tocarse.
El sonido de sus cuchillas acompañó la música.
—Ahora giro —indicó Soren.
Ambos giraron.
Sus trayectorias comenzaron a acercarse.
—Contacto en el tiempo doce.
Aurelia extendió el brazo.
Kael hizo lo mismo.
Sus manos se encontraron.
El contacto fue inmediato.
Caliente.
Firme.
Aurelia sintió una pequeña descarga recorrerle el brazo.
No dolor.
Algo diferente.
Kael también lo notó.
Sus dedos se ajustaron alrededor de la mano de ella con más fuerza de la necesaria.
—Continúen —dijo Soren.
Se deslizaron juntos.
Por primera vez desde que habían empezado a entrenar, el movimiento no era un levantamiento técnico ni un ejercicio de fuerza.
Era coreografía.
Fluidez.
Kael tiró suavemente de su brazo.
Aurelia giró bajo su mano.
La música creció.
—Acérquense más —indicó Soren.
Kael colocó la otra mano en la espalda de Aurelia.
Más arriba que en los levantamientos.
Más cerca.
Aurelia sintió el calor de su palma a través de la tela del traje de entrenamiento.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Un pequeño ajuste en su postura.
Una respiración más lenta.
—Ahora el giro de pareja —dijo Soren.
Kael la guió hacia él.
Sus cuerpos quedaron a pocos centímetros.
El movimiento era simple.
Pero el contacto lo cambiaba todo.
Aurelia podía sentir cada respiración de Kael.
Cada ajuste de sus manos.
Cada micro movimiento de equilibrio.
Era demasiado cercano.
—Relájate —murmuró Kael.
—Estoy relajada.
—No.
—Sí.
Kael sonrió apenas.
—Estás contando cada músculo que se mueve.
—Eso se llama técnica.
—Eso se llama rigidez.