El cuarto día en la residencia comenzó con una tormenta. No afuera. En la pista.
Estaba patinando más rápido de lo habitual. Sus cuchillas raspaban la superficie con una intensidad que no era parte del calentamiento. Era impulso, era frustración: la necesidad de sacarse algo del pecho que no sabía nombrar con precisión.
La pista todavía estaba casi vacía. Las luces superiores permanecían encendidas a medias, proyectando reflejos azulados sobre el hielo recién pulido. A esa hora de la mañana, el estadio parecía más grande de lo normal. Más frío. Silencioso, casi absoluto.
Prefería entrenar temprano precisamente por eso. Porque el silencio no hacía preguntas. Porque la superficie tampoco.
La música aún no había empezado. Soren no había llegado. Y Kael tampoco.
Perfecto.
Ejecutó un giro rápido y tomó impulso para un salto triple. El movimiento salió limpio, pero aterrizó con más fuerza de la necesaria, enviando una vibración brusca a través de sus piernas. El sonido del impacto resonó más fuerte de lo habitual dentro del espacio vacío.
Se detuvo cerca de la barrera. Respiró profundo. El aire frío del estadio llenó sus pulmones. Pero no logró calmarla.
Seguía molesta. Seguía sintiendo el peso de los últimos días acumulándose bajo la piel como una presión constante. La suspensión. Los rumores. La federación. Kael. Todo.
Cerró los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para intentar recuperar el control.
—Eso fue agresivo.
La voz detrás de ella la hizo cerrar los ojos otra vez.
Kael. Por supuesto.
Giró lentamente.
Kael estaba apoyado contra la barrera con una botella de agua en la mano. Llevaba pantalones de entrenamiento oscuros y una camiseta gris ajustada que parecía haber olvidado que existía el frío. Su cabello todavía estaba ligeramente húmedo, como si acabara de salir de la ducha o hubiera corrido hasta la pista.
No estaba segura de por qué notó ese detalle. Y tampoco le gustó notarlo.
—Estoy calentando —dijo.
Kael miró el centro de la pista.
—Eso no era calentamiento.
—Entonces no mires.
Kael bufó. Luego saltó la barrera y cayó sobre la superficie con la naturalidad de alguien que llevaba toda la vida haciendo exactamente eso. Ni siquiera perdió el equilibrio al aterrizar. Simplemente siguió deslizándose. Seguro. Controlado. Irritantemente bueno.
—No me pidas que ignore un salto triple malhumorado.
Puso los ojos en blanco.
—No estaba malhumorado.
—La pista casi se quejó.
Volvió a deslizarse hacia el centro.
—¿Vamos a entrenar o vas a narrar cada movimiento?
Kael patinó detrás de ella.
—Depende de si vas a intentar romper la superficie o solo patinar sobre ella.
Se detuvo.
—Estoy bien.
Kael se acercó un poco más.
—No dije que no lo estuvieras.
—Lo insinuaste.
—Solo dije que estabas patinando como si quisieras ganar una pelea con la pista.
Cruzó los brazos.
—Quizá lo haga.
Kael sonrió apenas.
—La superficie suele ganar esas peleas.
Observó el reflejo de las luces sobre el blanco. Había pasado demasiados años en pistas como para no entender lo que Kael quería decir. El hielo castigaba cada duda, cada error. Ninguna emoción fuera de control pasaba desapercibida sobre la superficie. Y ella llevaba días enteros intentando fingir que seguía teniendo el dominio absoluto de todo.
Luego empujó la superficie otra vez.
—Vamos a repetir la secuencia de ayer.
Kael asintió.
—Giro, contacto, levantamiento.
—Exacto.
Ambos se colocaron en posición.
La música comenzó. El piano suave llenó el espacio.
Inició el movimiento. El deslizamiento paralelo salió perfecto. El giro también. Cuando extendió la mano, Kael la tomó con precisión.
El contacto era menos incómodo que el día anterior. Más natural. Más peligroso. Porque comenzaba a sentirse automático. Instintivo. Como si el cuerpo empezara a acostumbrarse demasiado rápido a la presencia del otro.
—Bien —murmuró Kael.
No respondió.
El giro de pareja comenzó. La música creció. Kael colocó la mano en su espalda.
Todo funcionaba. El ritmo. La velocidad. La coordinación. Por unos segundos, incluso la quietud entre ellos pareció encajar dentro de la coreografía.
Hasta que llegó el impulso para el salto de transición.
Empujó la superficie. Pero esta vez algo cambió. Quizá fue la velocidad, quizá el ángulo. O tal vez la tensión acumulada de los últimos días.
Su cuchilla tocó el hielo un segundo antes de lo necesario. Y resbaló.
Sintió el desequilibrio de inmediato. Su centro de gravedad se desplazó. Su cuerpo comenzó a inclinarse hacia atrás. Rápido. Alto.
Sabía exactamente lo que iba a pasar. La caída. El golpe contra la superficie. El impacto en la espalda o la cabeza. Su cuerpo se tensó, listo para recibirlo. Pero no llegó.
Una mano fuerte se cerró alrededor de su cintura.
Kael.
La atrajo hacia adelante con una fuerza repentina, girando su propio cuerpo para absorber el peso. El movimiento fue brusco. Pero suficiente.
No cayó. Terminó apoyada contra el pecho de Kael, con una mano sujetando su hombro para recuperar el equilibrio.
La música seguía sonando. Pero parecía distante. Lejana. Irreal.
Respiró. Una vez. Dos. Podía sentir el corazón de Kael latiendo rápido contra su pecho. Y el suyo no estaba mucho mejor.
—Cuidado —murmuró él.
Levantó la mirada. Estaban a pocos centímetros. El aire frío del estadio ya no se sentía frío.
—Perdí el eje —dijo.
Kael negó ligeramente.
—Entraste demasiado rápido.
—Podrías haberme soltado.
—Podría.
Frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
Kael la observó. Sus ojos grises parecían más profundos bajo la luz del estadio.
—Porque no dejo caer a mi compañera.
La frase quedó suspendida entre ellos.