Antes De Caer

La sonrisa de Seraphine

La pista principal estaba más llena de lo habitual. No por entrenamientos. Por expectación.

Aurelia Vance lo sintió apenas cruzó la entrada del estadio. No hizo falta que nadie dijera nada. Bastó con el cambio en el aire: las miradas que se levantaban demasiado rápido, los murmullos que se apagaban cuando ella pasaba, la forma en que algunos fingían estar ocupados mientras claramente observaban.

Los titulares de la mañana ya habían hecho su trabajo.

Ahora todos querían ver a la nueva pareja improbable en persona.

Aurelia caminó con la espalda recta, el bolso al hombro y la mandíbula firme. Kael iba a su lado, inusualmente callado, con una mano en el bolsillo del pantalón de entrenamiento y esa calma engañosa que parecía acompañarlo incluso en los momentos menos convenientes.

—No mires a nadie —murmuró él.

Aurelia ni siquiera giró la cabeza.

—No pensaba hacerlo.

—Bien. Porque algunos parecen a punto de escribir una tesis con nuestra entrada.

Aurelia siguió avanzando hacia la barrera de la pista.

La luz blanca del estadio se derramaba sobre el hielo como una herida abierta. Dos equipos juveniles entrenaban en un extremo; en el otro, un grupo de técnicos revisaba tablets y cámaras. También había periodistas deportivos autorizados en las gradas laterales, algo que no era habitual en una jornada de práctica cerrada.

Aurelia dejó el bolso en el banco.

—¿Soren sabía que habría prensa?

—Si no lo sabía, merece un premio por fingir tan bien.

Aurelia no respondió. Tomó sus patines y se sentó para ajustarlos.

Sentía la tensión trepándole por los brazos como electricidad.

No por los medios.

No exactamente.

Había aprendido a soportar cámaras desde los dieciséis años.

Lo que realmente le molestaba era la sensación de que todos estaban esperando el momento exacto en que ella fallara.

—Te estás apretando demasiado el derecho.

Aurelia levantó la vista.

Kael estaba inclinado frente a ella, observando sus manos sobre las cintas del patín.

—No.

—Sí.

—Kael.

—Si cortas la circulación antes de subir al hielo, voy a tener que cargarte y todavía no he desayunado lo suficiente para eso.

Aurelia soltó el cordón con un poco más de fuerza de la necesaria.

—Puedo ajustar mis propios patines.

Kael ladeó la cabeza.

—No dije que no pudieras.

La respuesta la irritó más de lo debido, quizá porque no sonaba provocadora. Sonaba observadora. Casi atenta.

Aurelia rehízo el nudo.

Esta vez con menos rabia.

La puerta del lado opuesto del estadio se abrió entonces con un movimiento elegante, perfectamente medido, como si incluso entrar a una pista tuviera que parecer una escena preparada.

Aurelia no necesitó mirar de inmediato para saber quién era.

Las voces a su alrededor cambiaron de tono.

Los murmullos se volvieron más agudos.

La presencia de Seraphine Duvall siempre tenía ese efecto.

Aurelia alzó la mirada.

Seraphine entró al estadio envuelta en un abrigo largo color crema, con el cabello rubio perfectamente peinado y una sonrisa impecable que no llegaba a sus ojos. Detrás de ella caminaban su entrenador, una asistente y dos representantes de prensa que tomaban notas como si acompañaran a una reina en gira.

Actual campeona mundial. Favorita de las federaciones. Especialista en parecer encantadora mientras hundía a quien tuviera delante.

Aurelia sintió cómo se endurecía algo en su interior.

Kael siguió la dirección de su mirada.

—Ah —murmuró—. La realeza del veneno.

Aurelia no respondió.

Seraphine la vio casi al instante.

Por supuesto que la vio.

Sus ojos se iluminaron con esa clase de interés brillante que solo aparece cuando una humillación pública promete entretener.

Se desvió de su trayectoria natural y caminó hacia ellos con un ritmo impecable, lento, suficiente para que la mitad del estadio notara lo que estaba pasando.

Kael se enderezó.

Aurelia siguió sentada, terminando de ajustar su segundo patín con una calma que le costaba más de lo que parecía.

—Aurelia —dijo Seraphine al llegar.

Su voz era suave, melodiosa, peligrosamente amable.

Aurelia levantó la vista.

—Seraphine.

—Qué alegría verte de nuevo en el hielo.

La frase sonó cordial.

El tono no.

Aurelia se puso de pie.

—No sabía que entrenabas aquí hoy.

Seraphine sonrió.

—La federación reorganizó algunas sesiones. Supongo que ahora es difícil seguir el calendario con tantas… novedades.

Sus ojos bajaron apenas hacia Kael y luego volvieron a Aurelia.

La pausa antes de novedades fue quirúrgica.

Kael cruzó los brazos, claramente divertido.

—Me halaga formar parte de algo tan misterioso.

Seraphine le dedicó una sonrisa breve.

—Kael. Cuánto tiempo.

—No el suficiente, al parecer.

Aurelia contuvo el impulso de mirarlo.

Seraphine volvió a enfocar toda su atención en ella.

—He leído la noticia —dijo—. Debo admitir que nadie vio venir esta alianza.

—La sorpresa suele funcionar bien en competencia —respondió Aurelia.

Seraphine inclinó la cabeza.

—A veces. Aunque también puede parecer desesperación.

El golpe fue limpio.

Aurelia sostuvo su mirada sin pestañear.

—Y otras veces puede parecer oportunismo.

La sonrisa de Seraphine no se movió ni un milímetro.

—Qué carácter. Me alegra ver que el escándalo no te ha quitado eso.

Alrededor, el aire cambió. Varios técnicos fingieron no escuchar. Un periodista dejó de escribir un segundo. Una entrenadora juvenil miró hacia otro lado con esa incomodidad cobarde de quien prefiere no intervenir.

Aurelia sintió el primer impulso de responder con violencia verbal. Lo contuvo.

—No sabía que te preocupaba tanto mi carrera.

Seraphine dejó escapar una risa baja.




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