La pista estaba completamente vacía. Era temprano, tan temprano que la luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales de la residencia, pintando el hielo con reflejos suaves de azul y plata. El estadio parecía suspendido en una calma extraña: silenciosa, fría, perfecta.
Aurelia Vance siempre había amado ese momento del día, antes del ruido, lejos de los entrenadores y de los espectadores. Solo el hielo y el sonido de las cuchillas. Ese era el único instante donde el mundo parecía ordenado, donde todo dependía únicamente de ella.
Pero esa mañana no estaba sola.
Kael Ardent ya estaba en la pista. Aurelia lo vio apenas cruzó la entrada. Estaba en el centro del hielo ejecutando una secuencia de giros rápidos. Sus movimientos eran fluidos, casi despreocupados, pero había una precisión peligrosa en la forma en que su cuerpo controlaba cada cambio de peso.
Era imposible no mirarlo cuando patinaba. Todo en Kael parecía más natural sobre el hielo, más libre, como si fuera el único lugar donde realmente pertenecía.
Aurelia se detuvo un momento en la barrera, observándolo.
Kael terminó el giro con un pequeño deslizamiento hacia atrás. Luego la vio.
—Te levantaste temprano —comentó.
Aurelia levantó una ceja.
—Tú también.
Kael se deslizó hacia la barrera.
—No podía dormir.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Kael se encogió de hombros.
—Demasiado silencio.
Aurelia dejó su bolso en el banco y comenzó a ponerse los patines.
—Pensé que te gustaba el silencio —observó.
—Me gusta cuando el hielo lo rompe —respondió él.
Aurelia terminó de ajustar las cintas y saltó la barrera. El frío del hielo se sintió inmediato bajo sus cuchillas. Respiró profundo. La sensación familiar recorrió todo su cuerpo: control, equilibrio, rutina. Por primera vez en mucho tiempo, el hielo no se sentía como un enemigo.
—¿Entrenamos? —propuso ella.
Kael sonrió.
—Siempre tan directa.
Aurelia se deslizó hacia el centro de la pista.
—Tenemos una competencia en seis semanas.
—Cinco y media —corrigió él.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Las estás contando?
—Claro —respondió Kael.
Se colocó frente a ella.
—Eso es lo que hace la gente que quiere ganar —añadió.
Aurelia cruzó los brazos.
—Pensé que tú improvisabas —replicó.
Kael inclinó la cabeza.
—Improviso mejor cuando sé exactamente qué estoy arriesgando —murmuró.
Aurelia no respondió. Porque entendía perfectamente esa sensación: el miedo a perder, el miedo a fallar. La diferencia era que Kael parecía convivir con ese miedo como si fuera parte natural de él. Ella, en cambio, siempre había intentado controlarlo.
Extendió la mano.
—Empezamos con la secuencia completa —ordenó.
Kael tomó su mano.
—Sin música.
—Sin música —confirmó ella.
El contacto todavía le parecía extraño. Pero ya no incómodo. Eso era peor.
Ambos comenzaron a moverse. El deslizamiento paralelo fue limpio desde el inicio. El hielo raspaba con un ritmo constante bajo sus cuchillas. Giro. Cruce. Cambio de dirección. Por primera vez desde que habían empezado a entrenar juntos, el movimiento no se sentía forzado.
Aurelia lo notó de inmediato. Kael también. Había sincronía. No perfecta, pero real. Como si finalmente estuvieran dejando de luchar contra el ritmo del otro.
—Eso fue… fácil —murmuró él.
—No digas eso —advirtió ella.
—¿Por qué? —preguntó.
—Lo vas a arruinar —respondió Aurelia.
Kael soltó una risa suave.
—Tu optimismo es impresionante —se burló.
Aurelia giró bajo su brazo.
—Concéntrate.
—Lo estoy —aseguró él.
El contacto llegó. La mano de Kael en su espalda. Sus dedos firmes en su cintura. El movimiento continuó sin interrupciones. Aurelia empujó el hielo para la transición. Kael ajustó el ritmo. El eje se mantuvo perfecto. Sin dudas. Sin vacilaciones.
—Preparación —anunció Kael.
Aurelia flexionó las rodillas.
—Tres… dos… uno.
El levantamiento fue limpio. Aurelia se elevó con una estabilidad que no había sentido antes. Por un segundo, el aire frío golpeó su rostro mientras giraba sostenida por él. Kael sostuvo su peso sin esfuerzo visible. Seguro. Firme. Como si hubiera hecho aquello cientos de veces con ella.
Cuando la bajó, el aterrizaje fue perfecto. Ambos siguieron moviéndose: sin pausa, lejos de cualquier discusión. El segundo giro llegó. Luego el tercero. Y cuando finalmente se detuvieron, el silencio de la pista se sintió distinto. Más ligero. Extrañamente vivo.
Kael respiró profundo.
—¿Acaba de pasar lo que creo que pasó? —inquirió.
Aurelia miró el hielo. Las marcas que habían dejado formaban una línea perfecta. Sin cortes bruscos. Sin errores visibles.
—Creo que sí —respondió.
Kael levantó las cejas.
—¿El primer entrenamiento sin pelea? —preguntó.
Aurelia rodó los ojos.
—No exageres —replicó.
—No estoy exagerando —insistió él.
Señaló el hielo.
—Eso fue perfecto —afirmó.
Aurelia cruzó los brazos.
—Fue correcto —corrigió.
Kael se acercó un paso.
—Fue más que correcto —replicó.
Aurelia lo miró. Había algo diferente en su expresión. Orgullo. Pero también sorpresa. Como si ni siquiera él hubiera esperado que pudieran llegar a moverse así tan pronto.
—Otra vez —ordenó ella.
Kael sonrió.
—Sabía que dirías eso —murmuró.
Volvieron a colocarse en posición. Esta vez Aurelia encendió la música. El piano llenó el estadio. Las notas suaves se expandieron por la pista vacía, envolviendo cada movimiento. La coreografía comenzó. Deslizamiento. Giro. Contacto.
El movimiento fluyó como si lo hubieran entrenado durante meses. Aurelia podía sentir cada ajuste de Kael antes incluso de verlo. Cada cambio de peso. El impulso. Hasta su respiración. Y eso la desconcentró más de lo que debería. Porque estaba empezando a confiar en él sin darse cuenta.