El aeropuerto estaba lleno. Excesivamente lleno. Aurelia Vance lo supo en el instante en que cruzó las puertas principales y vio las cámaras. No eran muchas. Todavía. Pero suficientes para incomodarla.
Los flashes comenzaron incluso antes de que pudiera ajustar bien la correa de su bolso sobre el hombro.
—Míralos —murmuró Kael a su lado—. Parecen emocionados.
Aurelia ni siquiera giró hacia él.
—Pareces disfrutar esto demasiado.
—No disfruto esto —respondió mientras seguían caminando—. Disfruto verte odiarlo.
—Voy a ignorarte todo el viaje.
—No durarás ni veinte minutos.
La voz de un periodista los interrumpió.
—¡Aurelia! ¿Es cierto que esta será su primera competencia oficial juntos?
Otro flash. Otra cámara.
—¡Kael! ¿Qué opinas de quienes dicen que esta pareja es solo una estrategia mediática?
Aurelia siguió caminando sin detenerse. Soren les había dejado instrucciones claras: no entrevistas, evitar declaraciones y no alimentar rumores.
Kael caminó a su lado con las manos dentro de los bolsillos.
—¿Sabes qué es lo peor de la fama?
—¿Qué?
—Que nunca me toman fotos cuando realmente me veo bien.
Aurelia soltó una pequeña risa involuntaria. Y eso la molestó más de lo que debería.
—Ah, ahí está —comentó Kael—. Tu sentido del humor. Pensé que había muerto hace años.
Aurelia negó con la cabeza y siguió avanzando hacia seguridad. Intentaba ignorar el peso constante de las miradas sobre ellos, la sensación de ser observados, analizados. Todo había cambiado demasiado rápido. Hacía apenas unas semanas entrenaba sola, convencida de que su carrera estaba terminada. Y ahora estaba cruzando un aeropuerto internacional junto a Kael Ardent mientras los medios deportivos los seguían como si fueran la noticia más importante de la temporada.
Era absurdo. Y peligrosamente fácil acostumbrarse.
El vuelo a Estocolmo duró casi nueve horas. Kael pasó las primeras dos dormido, las siguientes viendo videos de rutinas antiguas en su tablet y el resto molestándola.
—Estás demasiado tensa.
Aurelia siguió leyendo el documento técnico de la competencia sin levantar la mirada.
—Estoy preparándome.
—Llevas veinte minutos leyendo la misma página.
Ella finalmente levantó la vista.
—¿Por qué estás mirando lo que hago?
—Porque estamos atrapados en un avión y eres más interesante que la película.
Aurelia cerró lentamente la carpeta.
—Eso es preocupante.
—Lo es.
Kael inclinó apenas la cabeza hacia ella.
—¿Siempre te pones así antes de competir?
—¿Así cómo?
—Como si fueras a entrar en guerra.
Aurelia miró por la ventana del avión. Las nubes cubrían todo el paisaje bajo ellos. Blancas. Infinitas.
—Las competencias importan.
—Lo sé.
—Una mala presentación puede destruir meses de entrenamiento.
Kael la observó unos segundos.
—También una buena puede cambiarlo todo.
Ella no respondió. Porque parte del problema era ese. Empezaba a creerlo. Y eso daba miedo.
La azafata pasó ofreciendo café. Kael tomó dos vasos y le extendió uno.
—Gracias —murmuró Aurelia.
—Últimamente agradeces mucho.
—No te acostumbres.
—Muy tarde para eso.
Aurelia bebió un sorbo de café para ocultar la pequeña sonrisa que amenazaba con aparecer. El problema con Kael era que estaba empezando a sentirse demasiado cómodo. Y ella todavía no decidía si eso era algo bueno o una catástrofe.
Estocolmo los recibió con nieve. No una tormenta. Solo pequeños copos cayendo lentamente sobre las calles iluminadas. Aurelia observó la ciudad desde la ventana del automóvil mientras avanzaban hacia el hotel oficial de la competencia. Era hermosa. Fría. Elegante. Y completamente distinta a cualquier lugar donde hubiera competido antes.
—Te gusta —observó Kael.
—¿Qué?
—La ciudad.
Ella dudó apenas un segundo.
—Sí.
—Sabía que debajo de toda esa actitud intimidante existía un ser humano funcional.
—No arruines el momento.
El hotel era enorme. Luces cálidas, pisos de mármol y atletas entrando y saliendo constantemente del lobby. Aurelia reconoció varios rostros apenas cruzaron las puertas. Patinadores. Entrenadores. Jueces técnicos. Y también miradas. Muchas miradas. Algunos los observaban con curiosidad. Otros con abierta desconfianza.
Kael tomó su equipaje como si no notara nada. Pero Aurelia sabía que sí lo hacía. Simplemente no le importaba.
Soren apareció cerca de recepción revisando algo en su teléfono.
—Finalmente llegaron.
—El avión no se cayó —comentó Kael—. Sé que es decepcionante.
Soren ignoró el comentario.
—La práctica oficial es mañana a las ocho. Esta noche descansen.
Aurelia asintió. Todo parecía relativamente normal. Hasta que Soren les entregó las tarjetas de la habitación.
Kael miró la suya. Luego la de Aurelia. Después volvió a mirar a Soren.
—¿Solo una habitación?
Aurelia levantó inmediatamente la vista.
—¿Qué?
Soren guardó el teléfono en el bolsillo con absoluta calma.
—Hubo un problema con la reserva.
—Claro que lo hubo —murmuró Aurelia.
—Es temporal —continuó Soren—. Solo por esta competencia.
Kael observó la tarjeta entre sus dedos. Luego sonrió lentamente. Demasiado lentamente.
—Bueno… esto será interesante.
—No —negó Aurelia.
—¿No qué?
—No pienso compartir habitación contigo.
—Entonces puedes dormir en el lobby.
Soren tomó su maleta antes de que Aurelia pudiera protestar más.
—Compórtense como adultos. Los veo mañana.
Y se fue. Literalmente se fue.
Aurelia permaneció inmóvil unos segundos. Luego giró lentamente hacia Kael.
—Dime que estás igual de incómodo que yo.
—¿Quieres la respuesta honesta o la divertida?
—Kael.
Él soltó una risa baja y comenzó a caminar hacia el ascensor. Aurelia lo siguió inmediatamente.