El aeropuerto estaba lleno. No solo de gente. De cámaras.
Lo supo en el instante en que cruzó las puertas principales. No eran muchas. Todavía. Pero suficientes para incomodarla.
Los flashes comenzaron incluso antes de que pudiera ajustar bien la correa de su bolso sobre el hombro.
—Míralos —murmuró Kael a su lado—. Parecen emocionados.
Ni siquiera giró hacia él.
—Pareces disfrutar esto demasiado.
—No disfruto esto —respondió mientras seguían caminando—. Disfruto verte odiarlo.
—Voy a ignorarte todo el viaje.
—No durarás ni veinte minutos.
La voz de un periodista los interrumpió.
—¡Aurelia! ¿Es cierto que esta será su primera competencia oficial juntos?
Otro flash. Otra cámara.
—¡Kael! ¿Qué opinas de quienes dicen que esta pareja es solo una estrategia mediática?
Siguió caminando sin detenerse. Soren les había dejado instrucciones claras: no entrevistas, evitar declaraciones y no alimentar rumores.
Kael caminó a su lado con las manos dentro de los bolsillos.
—¿Sabes qué es lo peor de la fama?
—¿Qué?
—Que nunca me toman fotos cuando realmente me veo bien.
Soltó una risa involuntaria. Y eso la molestó más de lo que debería.
—Ah, ahí está —comentó Kael—. Tu sentido del humor. Pensé que había muerto hace años.
Negó con la cabeza y siguió avanzando hacia seguridad. Intentaba ignorar el peso constante de las miradas sobre ellos, la sensación de ser observados, analizados. Todo había cambiado demasiado rápido. Hacía poco entrenaba sola, convencida de que su carrera estaba terminada. Y ahora estaba cruzando un aeropuerto internacional junto a Kael Ardent mientras los medios deportivos los seguían como si fueran la noticia más importante de la temporada.
Era absurdo. Y fácil acostumbrarse.
El vuelo a Estocolmo duró casi nueve horas. Kael pasó las primeras dos dormido, las siguientes viendo videos de rutinas antiguas en su tablet y el resto molestándola.
—Estás demasiado tensa.
Siguió leyendo el documento técnico de la competencia sin levantar la mirada.
—Estoy preparándome.
—Llevas veinte minutos leyendo la misma página.
Finalmente levantó la vista.
—¿Por qué estás mirando lo que hago?
—Porque estamos atrapados en un avión y eres más interesante que la película.
Cerró lentamente la carpeta.
—Eso es preocupante.
—Lo es.
Kael inclinó apenas la cabeza hacia ella.
—¿Siempre te pones así antes de competir?
—¿Así cómo?
—Como si fueras a entrar en guerra.
Miró por la ventana del avión. Las nubes se extendían bajo ellos hasta perderse en el horizonte.
—Las competencias importan.
—Lo sé.
—Una mala presentación puede destruir meses de entrenamiento.
Kael la observó unos segundos.
—También una buena puede cambiarlo todo.
No respondió. Porque parte del problema era justamente ese. Estaba empezando a creerlo. Y la idea la aterraba.
La azafata pasó ofreciendo café. Kael tomó dos vasos y le extendió uno.
—Gracias —murmuró.
—Últimamente agradeces mucho.
—No te acostumbres.
—Muy tarde para eso.
Bebió un sorbo de café para ocultar la sonrisa que amenazaba con formarse. El problema con Kael era que estaba empezando a sentirse demasiado cómodo. Y ella todavía no decidía si eso era algo bueno o una catástrofe.
Estocolmo los recibió con una nevada tranquila. Pequeños copos flotaban en el aire y se posaban sobre las calles iluminadas. Observó el paisaje desde la ventana del automóvil mientras se dirigían al hotel oficial de la competencia. Era una ciudad hermosa. Fría. Elegante. Y completamente diferente a cualquier lugar donde hubiera competido antes.
—Te gusta —observó Kael.
—¿Qué?
—La ciudad.
Dudó apenas un segundo.
—Sí.
—Sabía que debajo de toda esa actitud intimidante existía un ser humano funcional.
—No arruines el momento.
El hotel era imponente. Luces cálidas iluminaban los amplios pisos de mármol mientras atletas iban y venían sin descanso por el lobby. Apenas cruzaron las puertas, reconoció varios rostros: patinadores, entrenadores y jueces técnicos de distintos países.
Pero no fueron los únicos en reparar en su presencia.
También estaban las miradas.
Muchas miradas.
Algunas curiosas. Otras claramente desconfiadas.
Kael tomó su equipaje como si nada de aquello le afectara. Pero sabía que sí lo veía. Lo sabía porque él siempre veía todo. La diferencia era que había dejado de permitir que le importara.
Soren apareció cerca de recepción revisando algo en su teléfono.
—Finalmente llegaron.
—El avión no se cayó —comentó Kael—. Sé que es decepcionante.
Soren ignoró el comentario.
—La práctica oficial es mañana a las ocho. Esta noche descansen.
Asintió. Todo parecía relativamente normal. Hasta que Soren les entregó las tarjetas de la habitación.
Kael miró la suya. Luego la de Aurelia. Después volvió a mirar a Soren.
—¿Solo una habitación?
Levantó inmediatamente la vista.
—¿Qué?
Soren guardó el teléfono en el bolsillo con absoluta calma.
—Hubo un problema con la reserva.
—Claro que lo hubo —murmuró.
—Es temporal —continuó Soren—. Solo por esta competencia.
Kael observó la tarjeta entre sus dedos. Luego sonrió lentamente.
—Bueno… esto será interesante.
—No.
—¿No qué?
—No pienso compartir habitación contigo.
—Entonces puedes dormir en el lobby.
Soren tomó su maleta antes de que pudiera protestar más.
—Compórtense como adultos. Los veo mañana.
Y se fue. Literalmente se fue.
Se quedó inmóvil unos segundos. Luego giró lentamente hacia Kael.
—Dime que estás igual de incómodo que yo.
—¿Quieres la respuesta honesta o la divertida?
—Kael.
Él soltó una risa baja y comenzó a caminar hacia el ascensor. Lo siguió inmediatamente.