Antes De Caer

Noche de hielo

La pista estaba vacía. Completamente vacía. Después de las prácticas oficiales, el estadio internacional había quedado en silencio. Las luces principales permanecían apagadas y solo algunos reflectores laterales iluminaban la superficie con un resplandor tenue y azul.

Respiró profundamente apenas cruzó la barrera. Le gustaba la pista así: callada, lejos de las cámaras, apartada de los periodistas y libre de las miradas que parecían seguirla desde que habían llegado a Estocolmo.

Sus cuchillas tocaron la superficie lisa y el sonido familiar del roce alivió parte de la tensión acumulada en su cuerpo. Por primera vez en todo el día, sintió que podía pensar. O intentarlo.

Comenzó a deslizarse lentamente por la pista, dejando que el frío despejara su cabeza.

La entrevista. Los rumores. Las fotografías. La pregunta de Kael.

¿Y tú qué ves?

Todavía odiaba no haber sabido responder.

Aceleró un poco más, impulsándose con fuerza hacia el centro. Necesitaba concentración, la mente fría, el cuerpo enfocado y mantenerse lejos de cualquier distracción. Especialmente de las que tenían ojos grises y sonrisas peligrosas.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de Kael atravesó la quietud del estadio.

Cerró los ojos apenas un segundo antes de girarse. Él estaba apoyado contra la barrera, con una chaqueta oscura abierta y las manos en los bolsillos.

—¿Me estás siguiendo?

Kael sonrió apenas.

—No eres tan difícil de encontrar cuando te desapareces cerca de una pista.

Volvió a deslizarse lentamente.

—Pensé que estabas durmiendo.

Kael saltó la barrera con facilidad y aterrizó sobre la superficie.

—Lo intenté.

—¿Y?

—Demasiados pensamientos.

Levantó una ceja.

—Eso explica muchas cosas.

Kael soltó una risa baja mientras se acercaba.

La quietud volvió por unos segundos. Cómoda. Extrañamente cómoda. Eso seguía siendo nuevo.

—¿No te cansas nunca?

—¿De qué?

—De exigirte tanto.

Frunció apenas el ceño.

—Es mi trabajo.

—No. Tu trabajo es patinar.

Se detuvo frente a ella.

—Castigarte todo el tiempo es otra cosa.

La frase la tomó desprevenida. Apartó la mirada hacia la superficie.

—No me castigo.

Kael no respondió enseguida. Solo la observó unos segundos.

—Entrenas como si cada error pudiera destruirte.

El comentario golpeó más fuerte de lo que debería. Porque era verdad. Y porque sabía exactamente cuándo había empezado. Después de la caída. Tras la suspensión. Luego de ver cómo una sola noche podía arruinar años enteros de esfuerzo.

Respiró lentamente.

—En este deporte los errores importan.

—Sí.

Se deslizó despacio a su alrededor.

—Pero tú los conviertes en algo personal.

Levantó la vista hacia él.

—¿Y tú no?

Kael sonrió apenas, pero esta vez la sonrisa no llegó realmente a sus ojos.

—Yo aprendí hace tiempo que el mundo igual encuentra razones para destruirte aunque hagas todo bien.

La quietud se volvió más pesada. Lo observó con atención. Había algo distinto en su voz: algo más cansado, menos irónico.

—¿Eso fue una confesión emocional?

Kael soltó una pequeña risa.

—No te emociones. Podría arruinar mi reputación.

Negó con la cabeza, pero por primera vez desde que lo conocía sintió curiosidad real por todo lo que Kael evitaba decir. Por el pasado del que todos hablaban. Por las controversias. Por esa manera extraña que tenía de actuar como si nada pudiera afectarlo mientras escondía claramente demasiadas cosas.

Kael comenzó a deslizarse lentamente a su lado. Sin coreografía. Sin instrucciones. Solo movimiento.

Lo acompañó.

El sonido de las cuchillas llenó el estadio vacío mientras ambos avanzaban en paralelo. Había algo tranquilo en eso. Algo peligrosamente natural.

—¿Sabes qué extraño?

—¿Qué?

—Patinar sin sentir que alguien espera que fracase.

Bajó un poco la velocidad. La sinceridad de la frase la sorprendió.

Kael siguió mirando al frente.

—Antes era diferente.

—¿Antes de qué?

Él tardó unos segundos en responder.

—Antes de convertirme en "el problema".

Sintió algo incómodo apretarse en su pecho. Porque entendía perfectamente esa sensación: los titulares, las opiniones, la gente creyendo conocer tu historia por unos cuantos artículos.

—No creo que seas un problema.

Kael giró hacia ella lentamente, como si no esperara escuchar eso.

—Vaya.

—No te acostumbres.

Él sonrió apenas.

—Ahí está mi Vance favorita.

Puso los ojos en blanco.

Pero la realidad era otra. Cada vez le costaba más mantener distancia con él. Y eso empezaba a ser peligroso. Muy peligroso.

Kael redujo la velocidad hasta detenerse cerca del centro de la pista. Luego extendió una mano hacia ella.

—Ven.

Lo miró con desconfianza inmediata.

—Eso nunca termina bien.

—Confía en mí.

Soltó una pequeña risa seca.

—Esa frase definitivamente no ayuda.

Kael mantuvo la mano extendida, esperando.

Y después de un segundo demasiado largo, la tomó.

El contacto fue inmediato: cálido incluso a través del frío de la pista.

Kael tiró suavemente de ella hacia adelante.

—Sin pensar demasiado —murmuró.

—Eso tampoco es algo que yo haga.

—Lo sé. Por eso estoy intentando salvarte de ti misma.

Iba a responder algo sarcástico, pero Kael comenzó a moverse. Lento. Suave. Guiándola por la superficie sin una rutina específica, solo sintiendo el ritmo invisible entre ambos.

Se dejó llevar apenas un poco.

Y el problema fue que se sintió bien. Demasiado bien.

Kael deslizó una mano hacia su cintura para estabilizar un giro. Levantó la mirada automáticamente.

Demasiado cerca. Otra vez. Siempre demasiado cerca.

El estadio parecía más silencioso que antes. El aire más frío. El momento más pequeño.




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