Antes De Caer

Primer acto de confianza

La práctica oficial comenzó bajo una tensión imposible de ignorar. El estadio olímpico vibraba con voces, cuchillas deslizándose sobre hielo y cámaras moviéndose de un lado a otro alrededor de los atletas. Desde las gradas, periodistas especializados observaban cada rutina con atención despiadada, tomando notas incluso durante los calentamientos.

Aurelia Vance llevaba años acostumbrada a aquella presión. Pero aquella mañana se sentía distinta. Más pesada. Quizá porque ya no observaban únicamente sus movimientos. También observaban a Kael. Y a la forma en que ambos empezaban a moverse juntos.

Soren revisaba horarios cerca de la barrera mientras Aurelia ajustaba las cintas de sus patines. Kael permanecía a pocos metros, apoyado contra el muro, repasando mentalmente la secuencia de levantamientos.

El ambiente alrededor de ellos parecía tranquilo. Hasta que dejó de serlo.

—No entiendo cómo permitieron que regresara —comentó una voz desde detrás.

Aurelia levantó la vista apenas. Dos entrenadores hablaban cerca de la entrada secundaria de la pista. Uno de ellos observaba directamente a Kael.

—La federación está desesperada por audiencia —continuó el hombre—. Ardent siempre fue un problema.

El segundo soltó una risa baja.

—Y Vance eligió exactamente al peor compañero posible.

Aurelia sintió el cuerpo tensarse de inmediato. Kael también había escuchado. Lo supo por la manera en que bajó ligeramente la mirada hacia el hielo, como si aquello no mereciera atención. Como si estuviera acostumbrado.

Eso la irritó todavía más.

Los entrenadores siguieron hablando.

—Ese chico destruye todo lo que toca —aseguró el primero.

—Dale tiempo. Va a arrastrarla con él —predijo el segundo.

Aurelia dejó la botella de agua sobre la banca con demasiada fuerza. El sonido hizo que ambos hombres levantaran la vista.

Y entonces ella caminó directamente hacia ellos.

Kael frunció apenas el ceño.

—Vance…

Ella no se detuvo.

Los entrenadores guardaron silencio apenas la vieron acercarse.

Aurelia sostuvo la mirada del primero.

—Qué interesante.

El hombre pareció confundido.

—¿Perdón?

—Escuchar opiniones tan fuertes de personas que nunca pisaron un podio mundial.

El silencio cayó de golpe.

Kael se incorporó lentamente detrás de ella.

Los entrenadores intercambiaron miradas incómodas.

—No intentábamos causar problemas —dijo uno de ellos.

Aurelia cruzó los brazos. Elegante. Serena. Peligrosamente fría.

—Entonces deberían aprender a bajar la voz cuando hablan de alguien que no conocen.

El primero tensó la mandíbula.

—Todo el mundo conoce la reputación de Ardent —insistió.

Aurelia sostuvo su mirada con firmeza.

—La reputación y la verdad rara vez son lo mismo.

Aquello sorprendió incluso a Kael. Ella lo sintió inmediatamente. Porque durante un segundo el silencio detrás de su espalda cambió. Más atento. Más inmóvil.

El entrenador soltó una risa incómoda.

—Vance, nadie quiere verte caer otra vez por culpa de una mala decisión.

Aurelia dio un paso hacia adelante.

—Mi carrera ya sobrevivió suficiente como para no necesitar consejos de personas irrelevantes.

El comentario golpeó con precisión. Los hombres callaron definitivamente.

Soren apareció en ese momento junto a la barrera.

—¿Ocurre algo?

Aurelia apartó la mirada de los entrenadores.

—Nada importante.

Luego giró lentamente y volvió hacia el hielo.

La pista quedó en silencio unos segundos.

Kael todavía la observaba. Y aquello resultaba extrañamente incómodo. Porque Aurelia acababa de hacer exactamente lo que llevaba días evitando. Defenderlo. Sin pensar demasiado. Sin estrategia. Simplemente porque escuchar aquellas palabras le había parecido insoportable.

Kael se acercó despacio mientras Soren comenzaba a llamar atletas para práctica.

—Bueno —murmuró él—. Eso fue inesperadamente aterrador.

Aurelia evitó mirarlo mientras acomodaba sus guantes.

—Estaban siendo idiotas —replicó.

—Eso pasa bastante seguido en este deporte.

—Lo sé.

Kael permaneció quieto unos segundos.

—Normalmente la gente se queda callada.

Ella levantó finalmente la vista hacia él. Los ojos grises seguían fijos en su rostro. Atentos. Demasiado atentos.

—Pues quizá deberían dejar de hacerlo.

La respuesta salió firme. Natural. Y aquello pareció desconcertarlo todavía más.

Kael soltó una pequeña risa. Aunque esta vez había algo distinto en ella. Menos ironía. Más incredulidad.

—¿Acabas de defenderme frente a medio estadio?

Aurelia deslizó las cuchillas sobre el hielo para acercarse a la pista principal.

—No te emociones demasiado —advirtió.

—Difícil no hacerlo. Creo que amenazaste existencias completas por mí.

Ella rodó los ojos. Pero el leve temblor en el pecho seguía ahí. Porque no entendía del todo por qué le había importado tanto. Quizá porque conocía demasiado bien esa clase de comentarios. Las miradas disfrazadas de juicio. La manera en que todos construyen versiones falsas de alguien a partir de rumores. Aurelia había vivido suficiente tiempo dentro de ese infierno. Y después de escuchar la historia de Kael la noche anterior, algo dentro de ella había cambiado. Tal vez apenas un poco. Pero suficiente.

La música de práctica comenzó a sonar por los altavoces. Soren levantó una mano desde la barrera.

—Posiciones.

Aurelia respiró hondo y avanzó hacia el centro de la pista junto a Kael. El hielo brillaba bajo las luces blancas del estadio. Frío. Perfecto. Amenazante.

Kael se colocó frente a ella para iniciar la secuencia. Sin embargo, antes de empezar, habló en voz baja.

—Gracias —murmuró.

Aurelia sostuvo su mirada apenas un segundo.

—No lo hice por ti —replicó.

Kael sonrió lentamente.

—Claro.




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