La tormenta comenzó mucho antes de que alguno levantara la voz. Aurelia Vance lo percibió desde el instante en que cruzaron las puertas privadas de la residencia olímpica después del entrenamiento. El silencio caminando junto a Kael resultaba distinto aquella noche, tenso y demasiado contenido.
El incidente con la cuchilla había dejado una grieta invisible entre ambos, una mezcla peligrosa de rabia, preocupación y miedo que ninguno parecía dispuesto a nombrar. Soren había insistido durante horas revisando grabaciones de seguridad junto a la federación. Nadie encontró pruebas claras, ningún responsable, ninguna explicación oficial. Pero Aurelia seguía recordando el tornillo flojo bajo los dedos de Kael. Aquello jamás ocurrió por casualidad.
Entraron a la suite sin pronunciar palabra. Kael cerró la puerta detrás de ambos con una fuerza innecesaria. Aurelia dejó el bolso sobre el sofá y caminó directamente hacia los ventanales enormes con vista a la ciudad iluminada. Afuera, la nieve caía lentamente sobre calles extranjeras, cubriendo edificios con una calma engañosa. Dentro de la habitación, la tensión parecía crecer con cada segundo.
Kael se quitó la chaqueta deportiva y la dejó caer sobre el respaldo de la silla.
—Tendrías que haber revisado los patines antes de entrar a la pista —dijo.
Aurelia giró de inmediato.
—¿Perdón?
Él sostuvo la mirada firme.
—Hablo en serio.
La irritación subió por su pecho casi instantáneamente.
—¿Crees que esto fue culpa mía?
—Creo que alguien intentó hacerte daño y tú sigues actuando como si nada hubiera pasado —replicó.
Aurelia soltó una risa seca.
—Curioso escuchar eso viniendo de la persona que pasa la mitad del tiempo provocando problemas.
Kael avanzó lentamente hacia el centro de la sala.
—Esto resulta diferente.
—Claro. Porque esta vez me ocurrió a mí.
Aquella frase golpeó directo. Kael tensó la mandíbula apenas.
—No conviertas la conversación en competencia.
—Tú empezaste culpándome.
—Intento evitar que vuelva a ocurrir.
Aurelia cruzó los brazos.
—Puedo cuidarme sola.
Kael soltó una exhalación frustrada.
—Ese precisamente es el problema contigo.
Ella levantó una ceja.
—Ilumíname entonces.
Los ojos grises brillaron peligrosamente bajo la luz tenue del departamento.
—Actúas como si necesitar ayuda fuera una debilidad.
El comentario atravesó sus defensas demasiado rápido. Aurelia sostuvo la mirada firme aunque su corazón empezaba a acelerarse.
—Y tú actúas como si pudieras salvar a todo el mundo mientras destruyes tu propia vida.
Silencio pesado e incómodo. Kael permaneció quieto varios segundos. Luego sonrió apenas, aunque aquella sonrisa carecía completamente de humor.
—Ahí está la verdadera Aurelia Vance —observó.
Ella avanzó un paso.
—¿Y cuál se supone que es?
—Aquella que siente algo y entra en pánico inmediatamente después.
El aire pareció comprimirse alrededor. Aurelia sintió el pulso golpeando violamente bajo la piel.
—No sabes nada sobre mí.
Kael se acercó también. La distancia entre ambos empezó a desaparecer lentamente, peligrosamente.
—Sé bastante.
—Qué arrogante.
—Qué evidente.
Ella entrecerró la mirada.
—Te equivocas.
—Entonces mírame y dime que esto no te afecta.
Aurelia abrió los labios para responder, pero las palabras jamás salieron porque Kael estaba demasiado cerca. El calor de su cuerpo atravesaba la distancia mínima entre ambos. Su perfume mezclado con el frío exterior resultaba absurdamente familiar después de tantas semanas entrenando juntos. Y peor aún, aquella cercanía ya no se sentía incorrecta. Eso aterraba.
Kael sostuvo la mirada fija sobre ella, intensa e imposible de evitar.
—Desde la primera vez sobre el hielo has estado luchando contra esto —murmuró.
Aurelia tragó saliva lentamente.
—No existe ningún "esto".
Él soltó una pequeña risa incrédula.
—Claro.
Aquella reacción terminó rompiendo la paciencia restante.
—Deja de actuar como si entendieras todo.
Kael dio otro paso. Apenas centímetros separaban sus respiraciones.
—Entonces explícame por qué tiemblas cada vez que me acerco demasiado.
El corazón de Aurelia se detuvo durante un instante porque tenía razón. Y odiaba eso. Odiaba la manera en que Kael parecía notar cada pequeño cambio en ella, cada respiración contenida, cada mirada apartada demasiado rápido. Aurelia intentó retroceder. Kael sostuvo suavemente su muñeca antes de permitir distancia. El contacto quemó.
—Suéltame.
La voz salió mucho menos firme de lo esperado. Los ojos grises descendieron apenas hacia sus labios antes de volver a mirarla. Aquello destruyó cualquier estabilidad restante.
—Dime que no quieres esto.
Silencio. Aurelia sintió la mente completamente vacía porque llevaba semanas intentando ignorar la tensión creciente entre ambos. Cada entrenamiento, cada roce, cada mirada sostenida demasiado tiempo. Todo conduciendo exactamente hacia ese momento. Kael seguía esperando una respuesta. Ella jamás llegó a darla porque el orgullo seguía luchando ferozmente contra el deseo y estaba perdiendo.
—Esto arruinará todo —susurró finalmente.
Kael observó su rostro con una expresión imposible de descifrar.
—Probablemente.
Aquella honestidad terminó quebrando la última barrera. El beso ocurrió de manera abrupta, intenso e inevitable. Aurelia lo besó primero, como si quisiera callarlo, como si quisiera detener semanas enteras de tensión acumulada explotando bajo su piel. Kael reaccionó inmediatamente. Una mano se deslizó hacia su cintura, atrayéndola contra él, mientras otra subía lentamente por el cuello de Aurelia.
El mundo desapareció. La ciudad, las competencias, los escándalos. Nada existía fuera de aquel instante. El beso tenía sabor a frustración contenida y deseo reprimido durante demasiado tiempo, fuego mezclado con rabia, hambre construida entre discusiones, desafíos y miradas peligrosamente largas sobre el hielo. Aurelia sintió vértigo recorrerle el cuerpo entero. Kael profundizó el beso apenas ella sujetó la camiseta negra entre sus dedos temblorosos. Demasiado intenso, demasiado real.