La música comenzó antes de que Aurelia lograra ordenar sus pensamientos. Un piano lento llenó el estadio vacío mientras las luces blancas caían sobre el hielo como reflejos líquidos. Afuera, la nieve seguía cubriendo la ciudad extranjera; dentro de la pista olímpica, la temperatura parecía elevarse peligrosamente cada vez que Kael Ardent se acercaba demasiado.
Y últimamente eso ocurría constantemente.
Aurelia ajustó los guantes intentando concentrarse en la rutina frente a ella. Nada más. La coreografía, los tiempos, los giros, los levantamientos. No el recuerdo de un beso que todavía aparecía en su cabeza cuando menos lo esperaba.
—¿Lista? —preguntó Kael.
La voz de Kael la obligó a levantar la vista. Él ya estaba sobre el hielo, chaqueta negra, cabello ligeramente húmedo, expresión tranquila. Demasiado tranquila para alguien que había alterado por completo el equilibrio de su mundo.
—Siempre —respondió.
Kael arqueó una ceja.
—Eso sonó agresivo.
—Estoy concentrada.
—Claro.
Aurelia rodó los ojos. Aquella conversación habría resultado normal semanas atrás. Pero nada era normal desde aquella noche. Ni las miradas, ni los silencios, ni la forma en que ambos evitaban mencionar lo ocurrido.
Soren apareció junto a la barrera con una carpeta bajo el brazo.
—Hoy repetiremos la secuencia nueva —anunció.
Kael soltó un suspiro.
—Eso nunca es una buena noticia.
—Lo será cuando aprendan a ejecutarla correctamente —replicó Soren.
Aurelia observó la hoja que Soren sostenía. Había modificaciones, varias, y todas implicaban contacto. Mucho contacto.
—¿Es necesario? —indagó.
Soren la miró.
—Si quieren competir contra parejas con diez años de experiencia, sí.
No hubo argumentos contra eso. Aurelia respiró profundamente.
—Bien.
Soren señaló el centro de la pista.
—Posición inicial.
Ambos obedecieron. La música volvió a comenzar. El primer desplazamiento resultó impecable. Las cuchillas avanzaron en perfecta sincronía mientras el piano marcaba el ritmo. Giro, cambio de dirección, cruce. Todo funcionó.
Hasta que llegó la primera transición nueva.
Kael colocó una mano sobre su cintura. Aurelia sintió inmediatamente aquel contacto, firme, seguro, demasiado familiar. Intentó ignorarlo. Fracasó.
—Concéntrate —murmuró Kael.
—Lo estoy.
—Mentira.
Ella le lanzó una mirada irritada. Kael sonrió. Y aquello empeoró las cosas.
Continuaron avanzando. El segundo giro llegó acompañado por una aproximación distinta. Sus cuerpos quedaron peligrosamente cerca durante varios segundos. Aurelia percibió el aroma fresco de su colonia, escuchó su respiración, sintió el calor de sus manos incluso en medio del frío de la pista. La música siguió creciendo. También la tensión.
—Otra vez —ordenó Soren.
Repitieron. Luego otra vez. Y otra. Cada intento parecía acercarlos un poco más. Cada corrección exigía confianza. Cada movimiento obligaba a derribar una barrera adicional.
Aurelia comenzó a perder la paciencia. Y aquello era un problema, porque cuando perdía la paciencia también perdía concentración.
El error llegó durante el cuarto intento. Entró demasiado rápido en un giro. Su eje se desplazó. El equilibrio desapareció. Kael reaccionó de inmediato. La sostuvo antes de que cayera. El movimiento fue automático, natural, como si su cuerpo ya supiera exactamente cómo encontrarla.
Aurelia terminó contra él. Una mano apoyada sobre su pecho, la otra sujetando su brazo. Demasiado cerca. Otra vez.
—¿Estás bien? —preguntó Kael.
La pregunta sonó extrañamente baja. Ella levantó la mirada. Y cometió el error de sostenerla. Los ojos grises permanecieron fijos sobre los suyos, imposibles de ignorar, imposibles de interpretar.
Soren carraspeó desde la barrera.
—Si terminaron de mirarse, seguimos.
Aurelia se apartó inmediatamente. Las mejillas le ardían.
Kael soltó una pequeña risa.
—Creo que nos descubrieron.
—Cállate.
—Eso fue un sí.
—No fue nada.
—Claro.
Soren negó con la cabeza.
—Otra vez.
Volvieron a comenzar. Esta vez la secuencia salió mejor, mucho mejor. Porque dejaron de pensar. O al menos lo intentaron. Los movimientos comenzaron a fluir, la sincronización apareció, las transiciones encajaron. El hielo desapareció bajo sus pies. Y por unos minutos únicamente existió la música.
Aquello era lo peligroso. No la atracción, no los recuerdos, no el beso. Lo realmente peligroso era que juntos funcionaban de una manera que ninguno podía explicar. Aurelia sabía cuándo Kael iba a acelerar antes de verlo. Kael sabía cuándo ella necesitaba apoyo antes de que lo pidiera. Era instinto, confianza, conexión. Y resultaba cada vez más difícil fingir que aquello no significaba nada.
La música alcanzó el tramo final. Llegó entonces la parte más complicada. Una transición diseñada para terminar con ambos inmóviles en el centro de la pista. Demasiado cerca.
Aurelia tomó impulso. Kael ajustó el ritmo. Giraron, se cruzaron. El levantamiento salió perfecto. El aterrizaje también. Luego llegó el último movimiento. La distancia desapareció, las manos encontraron su lugar, la respiración se mezcló. Y el tiempo pareció ralentizarse.
El estadio quedó en silencio. La música terminó. Pero ninguno se movió.
Aurelia sintió los dedos de Kael alrededor de su cintura. Kael observó sus ojos, luego su boca, después volvió a mirarla. Aquello ya había ocurrido antes. Los dos lo sabían. La diferencia era que esta vez nadie estaba discutiendo, nadie estaba enfadado, nadie podía culpar a la tensión. Solo estaban ellos. Y la verdad que llevaban demasiado tiempo evitando.
Aurelia debería haberse apartado. No lo hizo. Kael debería haber retrocedido. Tampoco lo hizo. La distancia entre ambos disminuyó apenas unos centímetros. Luego otros pocos. El corazón de Aurelia golpeó con fuerza contra su pecho. El aire pareció desaparecer. Y durante un segundo eterno creyó que volvería a ocurrir. Porque esta vez ninguno estaba resistiéndose realmente.