La lluvia caía sobre Estocolmo con una constancia gris y agotadora. Pequeñas gotas golpeaban los ventanales de la residencia deportiva mientras la ciudad desaparecía detrás de la neblina fría. Permanecía sentada junto al cristal desde hacía varios minutos, observando las luces distorsionadas reflejarse sobre las calles húmedas.
Tenía el teléfono apagado. Había dejado de soportar los titulares. Cada noticia parecía diseñada para destruir algo distinto: la carrera de Kael, la reputación del equipo, o aquello frágil que había comenzado a crecer entre ambos.
Respiró lentamente y apoyó la frente contra el vidrio helado. Necesitaba claridad. Y cada hora transcurrida parecía empujarla exactamente hacia la dirección contraria.
La fotografía de Nadia Laurent seguía instalada dentro de su cabeza. Aquella reacción mínima de Kael frente a la mesa federativa. Apenas un cambio de expresión, un silencio demasiado corto. Pero suficiente para sembrar algo peligroso.
Duda.
Odiaba esa sensación. Porque parte de ella quería defenderlo con absoluta certeza. Otra parte, mucho menos valiente, recordaba exactamente cuánto podía destruir la confianza equivocada. Ya había vivido algo parecido antes. Rumores, manipulación, gente ocultando verdades detrás de sonrisas tranquilas, promesas convertidas en ruinas.
Cerró los ojos unos segundos intentando detener los pensamientos. No funcionó.
Un golpe suave sobre la puerta interrumpió el silencio de la habitación. Levantó la mirada lentamente. Sabía quién era antes de siquiera escuchar la voz.
—¿Puedo entrar?
Kael.
La presión dentro del pecho aumentó inmediatamente. Permaneció quieta unos segundos antes de responder.
—Está abierto.
La puerta se movió despacio. Entró llevando una chaqueta oscura húmeda por la lluvia y un cansancio visible bajo la mirada gris. Parecía agotado, mucho. Aunque seguía intentando esconderlo detrás de una actitud tranquila. Aquello empezaba a romperse.
Lo notó enseguida.
Él cerró la puerta lentamente antes de apoyarse junto a la pared cercana. El silencio cayó entre ambos, pesado, incómodo, demasiado lleno de cosas acumuladas.
—Soren dijo que estabas aquí —murmuró finalmente.
Asintió apenas.
—Necesitaba pensar.
Una sonrisa breve apareció sobre los labios de él, vacía.
—Eso nunca termina bien.
Normalmente aquel comentario habría provocado alguna respuesta sarcástica. Aquella noche resultó imposible.
Observó la habitación unos segundos antes de acercarse lentamente hacia la ventana. La distancia entre ambos seguía sintiéndose extraña. Antes todo parecía fluir incluso durante las discusiones. Ahora había algo rígido, cortante, como hielo resquebrajándose bajo un peso excesivo.
—No respondiste mis mensajes —dijo él.
Mantuvo la vista fija sobre la lluvia.
—No sabía qué decir.
Guardó silencio breve. Después soltó el aire lentamente.
—Supongo que eso explica bastante.
La frase atravesó el ambiente con una suavidad peligrosa.
Giró el rostro finalmente hacia él.
—¿Qué significa eso?
Sostuvo la mirada durante algunos segundos. Aquellos ojos grises parecían mucho más cansados bajo la luz tenue de la habitación.
—Que llevas días evitándome.
Sintió una tensión inmediata recorrer los hombros.
—No te estoy evitando.
—Claro.
El tono tranquilo resultó peor que el enojo. Porque sonaba resignado. Y comenzaba a odiar aquello.
Se puso de pie lentamente.
—Todo está explotando alrededor nuestro, Kael.
—Lo sé.
—La federación suspendió los entrenamientos.
—También lo sé.
—La prensa actúa como si fueras culpable.
Una sonrisa amarga apareció apenas.
—Eso definitivamente también lo sé.
Apretó la mandíbula. Aquella calma empezaba a desesperarla.
—¿Entonces por qué actúas como si nada importara?
La pregunta salió demasiado brusca.
Quedó quieto, mirándola. Y durante un instante algo oscuro cruzó la expresión. Dolor, quizá cansancio, tal vez ambas cosas.
—Porque si reacciono como realmente quiero hacerlo, probablemente termine destruyendo algo.
Silencio inmediato. La lluvia golpeó los cristales con una fuerza ligeramente mayor.
Observó el rostro de él detenidamente. Cada grieta del controlado cansancio comenzaba a hacerse visible. Y aun así seguía sintiendo aquella presión insoportable dentro del pecho. Necesitaba respuestas, necesitaba creerle. Pero el miedo comenzaba a mezclarse demasiado con los sentimientos.
—¿Conocías realmente a Nadia Laurent? —preguntó finalmente.
Bajó la mirada apenas un segundo. Aquello bastó para empeorar la sensación.
—Sí.
Respuesta simple, directa, sin excusas.
Cruzó los brazos inconscientemente.
—¿Qué clase de relación tenían?
Tardó algunos segundos antes de responder.
—Complicada.
—Eso no responde nada.
Él soltó una risa baja, cansada.
—Porque la respuesta completa tampoco ayudaría mucho.
Sostuvo la mirada fija sobre él.
—Inténtalo.
Caminó lentamente hacia el pequeño sofá junto a la ventana y se dejó caer allí, apoyando los codos sobre las rodillas. Parecía debatirse internamente entre hablar o guardar silencio. Finalmente levantó la vista hacia ella.
—Hace años Nadia formaba parte del comité técnico europeo. Nos conocimos durante el circuito internacional junior.
Permaneció quieta escuchándolo.
Continuó con voz tranquila.
—Al principio creyó en mí cuando nadie hacía demasiado esfuerzo por hacerlo. Después… las cosas cambiaron.
—¿Qué cosas?
Sonrió apenas, aquella sonrisa vacía nuevamente.
—Éramos buenos destruyéndonos mutuamente.
La sinceridad golpeó fuerte. Porque sonaba real, demasiado real.
Respiró lentamente.
—¿Tuviste algo que ver con la manipulación de resultados?
Sostuvo la mirada durante varios segundos. Y por primera vez desde el inicio de la conversación, algo parecido a la decepción apareció claramente sobre el rostro.