La noticia llegó antes del amanecer. Abrió los ojos con aquella sensación extraña que aparece cuando algo terrible ya ocurrió incluso antes de tocar la realidad por completo. El teléfono vibraba sobre la mesa de noche desde hacía varios minutos, iluminando la habitación oscura con destellos intermitentes.
No quería mirarlo. Porque intuía exactamente qué encontraría allí. Aun así terminó tomando el aparato entre las manos.
Veintidós mensajes, cinco llamadas perdidas, tres alertas deportivas, y un comunicado oficial enviado por la federación internacional.
El pecho se le tensó inmediatamente.
Abrió el documento.
Las palabras parecieron hundirse lentamente bajo la piel.
"Debido a la investigación actualmente en curso relacionada con la presunta manipulación de resultados deportivos, la participación competitiva de Kael Ardent queda suspendida temporalmente hasta nueva resolución."
Dejó el teléfono sobre la cama. Durante varios segundos permaneció inmóvil, respirando apenas, mirando un punto fijo frente a sí mientras la mente intentaba procesar aquello.
Suspendido.
La palabra resonó dentro de la cabeza una y otra vez. Significaba entrenamientos detenidos, patrocinios congelados, prensa devorándolo públicamente. Y peor todavía, significaba el final de la dupla.
El golpe verdadero llegó segundos después. Porque comprendió algo devastador.
Kael ya sabía. Probablemente llevaba horas despierto, horas enfrentando aquello completamente solo.
El pensamiento le atravesó el pecho con una violencia incómoda.
Apartó la manta rápidamente y salió de la habitación antes incluso de cambiarse de ropa. Los corredores de la residencia deportiva permanecían silenciosos a esa hora; apenas algunas luces laterales iluminaban el camino hacia el ascensor.
Su corazón latía demasiado rápido. Parte de ella quería encontrarlo, otra deseaba evitar la conversación inevitable.
Cuando llegó al piso inferior descubrió que el ambiente había cambiado. Dos empleados murmuraban cerca de la recepción, una televisión deportiva transmitía titulares urgentes, y varios periodistas permanecían detrás de las puertas principales esperando cualquier movimiento.
Todo ocurría demasiado rápido.
Cruzó el lobby intentando ignorar las cámaras apuntándole desde el exterior. Escuchó su nombre repetirse entre los flashes, preguntas, rumores. Pero continuó avanzando hasta llegar a la pista privada de entrenamiento.
Vacía.
El hielo permanecía intacto, azul, frío, silencioso. Como si incluso el lugar hubiera entendido la ausencia inevitable.
Tragó saliva lentamente. Aquella pista siempre había pertenecido a ambos. Discusiones, caídas, coreografías, momentos imposibles de olvidar. Y aun así aquella mañana parecía extraña, ajena.
Escuchó la puerta abrirse detrás de sí. No necesitó girarse para reconocer los pasos.
Kael.
Él entró despacio, llevando una gorra oscura y una chaqueta negra cerrada hasta el cuello. Había agotamiento en cada movimiento suyo, aunque la expresión permanecía peligrosamente tranquila. Demasiado tranquila. Aquello asustó muchísimo más.
Sostuvo la mirada apenas unos segundos antes de hablar.
—Lo vi.
Kael asintió suavemente.
—Imaginé que la federación enviaría el comunicado temprano.
Silencio. Frío, insoportable.
Ella intentó encontrar algo adecuado qué decir. No pudo. Porque cualquier frase parecía insuficiente frente al desastre completo derrumbándose alrededor.
Kael avanzó hasta la barrera y dejó una carpeta sobre el banco cercano.
—Soren viene de camino aquí.
Frunció apenas el ceño.
—¿Para qué?
Él soltó una risa breve carente de humor.
—Supongo que para explicarnos oficialmente cómo termina esto.
Aquellas palabras golpearon directo contra el pecho.
Termina.
Desvió la mirada hacia el hielo intentando controlar la respiración.
—Todavía pueden resolver la investigación.
Kael permaneció callado unos segundos. Luego apoyó los brazos sobre la barrera.
—Sabes cómo funciona esto.
Claro que lo sabía. Los titulares ya habían decidido la culpabilidad incluso antes de la investigación formal. El patinaje artístico adoraba historias elegantes, caídas públicas, escándalos, villanos perfectos. Y Kael acababa de convertirse exactamente en eso otra vez.
Observó el perfil de Kael bajo las luces frías de la pista. Durante semanas había aprendido cada expresión, cada silencio, cada defensa disfrazada de ironía. Y aun así seguía sintiendo la distancia enorme entre ambos. Especialmente después de la discusión anterior. Aquella grieta seguía allí, visible, dolorosa.
Kael giró apenas el rostro hacia ella.
—No tienes obligación de quedarte aquí.
La frase llegó tranquila, demasiado tranquila. Sintió algo quebrarse lentamente dentro de sí.
—¿Qué significa eso?
Él sostuvo la mirada unos segundos.
—Significa que todavía puedes salvar tu carrera.
—Kael…
—La federación va a destruir cualquier cosa relacionada conmigo durante los próximos meses.
Cruzó los brazos intentando contener el temblor creciendo bajo la piel.
—No me importa eso.
Kael sonrió apenas. Triste, cansado.
—A ti siempre te importó competir.
El comentario dolió porque contenía verdad. Patinar había sido el centro absoluto de su vida entera. Disciplina, control, objetivos claros. Pero también era cierto que en algún momento Kael comenzó a ocupar un espacio peligroso dentro de sí. Muchísimo más importante del que jamás pensó permitir.
Dio un paso hacia él.
—No quiero terminar así.
Kael bajó la mirada durante un instante breve. Como si escuchar aquello resultara peor.
—Quizá ya terminó hace rato.
El silencio volvió aplastante. Ella intentó acercarse otro poco. Esta vez él retrocedió. Distancia mínima, suficiente para destruirla.