Antes De Caer

Soledad

La pista parecía demasiado grande. Permaneció inmóvil junto a la barrera durante varios segundos antes de entrar al hielo. Las luces superiores iluminaban la superficie blanca con una frialdad casi clínica, proyectando reflejos pálidos sobre las graderías vacías del complejo deportivo.

Todo lucía exactamente igual. Misma música esperando desde la cabina, mismos ventanales cubiertos por la nieve, mismo olor metálico flotando en el aire helado. Y aun así, nada se sentía igual. Porque Kael ya no estaba allí.

Bajó la mirada hacia las cuchillas mientras ajustaba los guantes lentamente. Aquella rutina siempre había servido para ordenar los pensamientos antes de los entrenamientos importantes; sin embargo, desde la separación oficial, cada movimiento parecía mecánico, vacío, como si el cuerpo continuara funcionando mientras algo esencial hubiera quedado detenido en otra parte.

Respiró hondo antes de entrar a la pista. El sonido del acero rozando el hielo atravesó el silencio completo del estadio. Durante años había amado aquel sonido. Representaba control, disciplina, refugio. Últimamente, en cambio, comenzaba a recordarle la ausencia.

Avanzó hacia el centro y cerró los ojos un instante breve. Concentración. Necesitaba recuperar la concentración. El campeonato clasificatorio continuaba acercándose demasiado rápido y la federación seguía presionándola para aceptar un nuevo compañero antes del cierre definitivo de las inscripciones.

Cada día llegaban nombres distintos. Opciones, propuestas, atletas disponibles. Ella rechazaba todas, sin siquiera leer los perfiles completos. Porque ninguna idea lograba atravesar aquella resistencia absurda creciendo dentro del pecho.

Soren apareció desde el corredor lateral cargando una carpeta gruesa entre las manos. Caminó hasta la barrera observándola con una atención silenciosa antes de hablar.

—Llegaste temprano.

Abrió los ojos lentamente.

—No podía dormir.

Él asintió apenas. El cansancio también marcaba el rostro del entrenador; durante las últimas semanas había envejecido varios años. La presión mediática comenzaba a afectar a todos.

—Intentaremos la secuencia individual hoy —dijo finalmente.

Tragó saliva despacio. Secuencia individual. Todavía odiaba escuchar esas palabras. Porque implicaban aceptar la realidad que seguía negándose a asumir por completo.

Soren abrió la carpeta y continuó:

—Necesitas volver a encontrar la estabilidad sobre el hielo.

Sostuvo la mirada fija frente a sí.

—Estoy estable.

El entrenador permaneció callado unos segundos. Luego respondió con una calma dolorosamente honesta.

—Aurelia… llevas tres días cayendo en elementos básicos.

Aquello golpeó directo el orgullo. Porque resultaba cierto. Los saltos que antes ejecutaba automáticamente comenzaron a perder precisión, los giros llegaban tarde, la respiración fallaba, incluso el equilibrio parecía extraño. Como si el cuerpo entero hubiera olvidado el ritmo natural.

Apartó la mirada inmediatamente.

—Estoy cansada.

—No. Estás emocionalmente agotada.

Silencio.

Aquella verdad permaneció suspendida entre ambos. Soren rara vez hablaba sobre emociones directamente; precisamente por eso el comentario dolió muchísimo más.

Deslizó la cuchilla lentamente sobre el hielo intentando controlar la incomodidad creciendo bajo la piel.

—Puedo manejarlo.

Soren cruzó los brazos.

—¿Quieres saber qué veo realmente?

Levantó la vista hacia él.

—¿Qué?

Sostuvo la mirada durante varios segundos antes de responder.

—Veo a alguien intentando patinar como si hubiera perdido la mitad del equilibrio.

El pecho se le tensó inmediatamente. Porque exactamente así se sentía. Incompleta, desacomodada, partida en algún lugar imposible de explicar.

Respiró profundo y comenzó a deslizarse hacia el centro de la pista antes de que la conversación continuara. No quería escuchar aquello, muchísimo menos admitirlo.

La música instrumental llenó el estadio segundos después. Piano suave, violines lentos. La rutina que antes practicaba junto a Kael comenzó a sonar alrededor suyo como un recuerdo imposible de soportar.

Cerró la mandíbula con fuerza y tomó impulso. El primer giro salió limpio, el segundo también. Entonces llegó la transición aérea. Saltó, aterrizó mal. La cuchilla perdió el eje inmediatamente y tuvo que apoyar la mano sobre el hielo para evitar la caída completa.

Maldijo entre dientes.

Otra vez. Siempre otra vez.

Soren observaba desde la barrera sin intervenir. Aquello resultaba peor.

Se incorporó rápidamente.

—Estoy bien.

Él no respondió. Simplemente siguió mirándola con aquella calma insoportable.

Respiró hondo y reinició la secuencia. Movimiento, impulso, giro, salto, error. Otra vez. La frustración comenzó a crecerle bajo la piel como una corriente eléctrica imposible de contener.

Porque antes el cuerpo entendía perfectamente qué hacer. Antes los movimientos fluían con naturalidad absoluta. Antes existía alguien marcando el ritmo junto a ella, alguien capaz de sostener el equilibrio cuando la velocidad amenazaba destruirlo todo.

Kael.

El pensamiento apareció inmediato, brutal, inevitable. Perdió la concentración apenas el nombre atravesó la mente. Esta vez cayó completamente sobre el hielo. El golpe seco resonó en el estadio vacío. El dolor atravesó la cadera izquierda mientras la respiración abandonaba los pulmones durante un segundo breve.

Permaneció inmóvil varios instantes mirando las luces superiores reflejadas en la superficie blanca. Frías, distantes.

Soren descendió inmediatamente hacia la pista.

—¿Te lastimaste?

Negó apenas con la cabeza y se incorporó rápido antes de que la ayuda llegara.

—Puedo continuar.

El entrenador suspiró cansadamente.

—Eso intento explicarte. Continuar así ya no está funcionando.




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