Antes De Caer

Búsqueda

La nieve seguía cayendo sobre la ciudad cuando salió del edificio de la federación. Kael la esperaba apoyado contra el automóvil, exactamente donde lo había dejado horas antes, con las manos en los bolsillos del abrigo y la mirada fija en la entrada principal. En cuanto la vio, se enderezó.

El aire helado golpeó su rostro apenas cruzó las puertas principales, aunque aquella sensación apenas logró distraerla de la adrenalina que todavía le recorría el cuerpo. Los periodistas reunidos frente a la entrada comenzaron a moverse al verla aparecer. Cámaras levantándose, voces llamándola desde distintos ángulos, preguntas lanzadas con ansiedad voraz.

—¡Aurelia! ¿Kael Ardent será reincorporado?

—¿Presentaron pruebas contra la federación?

—¡Kael! ¿Cómo te sientes tras la reunión?

Kael avanzó de inmediato hacia ella, tomándola apenas del codo para guiarla entre el asedio sin detenerse, sin regalarles una sola declaración. Lyra avanzaba detrás intentando bloquear parte del caos, aunque resultaba imposible contener aquella tormenta.

Subieron al automóvil que esperaba junto a la acera. La puerta se cerró detrás de ellos aislando parcialmente el ruido exterior.

Silencio.

Kael soltó el aire lentamente, apoyando la cabeza contra el asiento.

—Eso va a estar en todos los titulares mañana.

—Que publiquen lo que quieran —respondió ella.

La ciudad comenzó a deslizarse detrás de las ventanillas empañadas mientras el conductor avanzaba por las avenidas cubiertas de nieve. Durante algunos minutos ninguno habló. Observaba las luces difusas reflejándose sobre el cristal, todavía procesando la reunión, las pruebas, la mirada de Marek cediendo terreno poco a poco.

—Cuéntame todo —pidió Kael finalmente—. Desde el principio.

Y lo hizo. Le relató cada palabra de la reunión, la reacción de Marek al ver las transferencias, la manera en que Soren había tomado el control cuando la federación intentó ganar tiempo. Kael escuchó en silencio, asintiendo apenas, hasta que ella terminó.

—Entonces esto va en serio —murmuró él.

—Va en serio.

Kael rompió el silencio otra vez, esta vez con algo distinto en la voz.

—Quiero llevarte a un lugar.

Giró el rostro hacia él, sorprendida.

—¿Ahora?

—Ahora.

No preguntó más. Había aprendido a reconocer cuándo Kael necesitaba que ella simplemente confiara sin exigir explicaciones inmediatas.

El trayecto duró casi una hora. La nieve aumentaba en intensidad conforme abandonaban el centro urbano y avanzaban hacia las carreteras rodeadas de bosques oscuros. El cielo parecía fundirse con la tierra bajo una tonalidad gris interminable. De vez en cuando, entre los árboles, se distinguía el destello plateado de un lago congelado, apenas visible entre la nieve que seguía cayendo.

—¿Adónde vamos? —preguntó finalmente.

Kael mantuvo la vista al frente, aunque algo en su expresión se había suavizado.

—A un lago al norte de la ciudad. Había un centro de entrenamiento allí. Ya casi nadie lo usa.

—¿Entrenabas ahí?

—De adolescente. Antes de todo lo demás.

No añadió nada más. No hacía falta.

Observó su perfil durante el resto del trayecto. Había algo distinto en él aquella tarde, una calma que no era la máscara habitual, sino algo más parecido a la paz genuina que solía esconder detrás del sarcasmo. Se preguntó cuántas veces había recorrido aquel mismo camino solo, sin nadie a su lado, cargando silenciosamente el peso de una historia que nadie más conocía.

El automóvil se detuvo finalmente frente a un edificio antiguo rodeado por árboles cubiertos de nieve. El centro de entrenamiento permanecía prácticamente abandonado. Luces apagadas, ventanas oscuras, silencio absoluto. Solo el lago congelado extendiéndose más allá, quieto, gris, inmenso.

Kael bajó primero y le extendió la mano.

—Ven.

El frío resultó brutal. Viento helado atravesando el abrigo mientras avanzaban sobre la nieve acumulada hacia la entrada principal. Sus pasos crujían en medio de la quietud inmensa del lugar.

Empujó la puerta lentamente. El interior permanecía en penumbra. Viejas fotografías deportivas cubrían las paredes desgastadas y el aroma tenue a hielo antiguo seguía impregnando el aire. El lugar parecía detenido en el tiempo.

Nunca traje a nadie aquí —dijo Kael, casi como una confesión aparte.

Se detuvo frente a una de las fotografías descoloridas. Un niño de unos doce años, sonriendo con torpeza frente a una medalla demasiado grande para su cuello.

—¿Ese eres tú? —preguntó ella, acercándose.

Kael asintió, sin apartar la vista de la imagen.

—Mi primera competencia regional. Gané por accidente. Me caí menos veces que los demás.

—No suena a accidente.

—Todo era accidente entonces. Todavía no sabía que aquello iba a convertirse en mi vida entera.

Avanzaron juntos por el corredor principal hasta llegar a la pista. Las luces superiores estaban apagadas, aunque el reflejo azul proveniente del hielo permitía distinguir el espacio suficiente.

Kael se detuvo junto a la barrera, observando la superficie vacía con una expresión que ella no le conocía. Algo más joven. Más desarmado.

—Cuando tenía catorce años, esto era lo único que sentía mío —murmuró—. Antes de los patrocinios, antes de la federación, cuando nadie todavía decidía quién era yo según los titulares.

Se acercó despacio hasta quedar junto a él.

—¿Por qué me traes ahora?

Kael la miró unos segundos antes de responder.

—Porque hoy recuperé algo. Y quería que lo vieras desde el lugar donde empecé a perderlo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos. Sencillas, honestas, sin la ironía habitual detrás.

Sintió el pecho apretarse de una forma distinta a como se apretaba durante la ruptura, durante la duda, y en cada día de aquella investigación interminable. Esta vez dolía de una manera buena, casi insoportable de nombrar.




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