Antes De Caer

Reencuentro

El antiguo centro de entrenamiento permanecía sumido en un silencio casi irreal. Afuera, la nieve continuaba descendiendo lentamente sobre el bosque oscuro que rodeaba el edificio. Dentro, el reflejo azulado del hielo iluminaba apenas las figuras inmóviles junto a la pista vacía.

Habían pasado horas allí. Riendo, recordando, dejando que el peso de las últimas semanas se disolviera lentamente entre bromas suaves y silencios cómodos. Y en algún momento, sin que ninguno lo planeara, el aire entre ambos había cambiado.

Kael la observaba ahora apoyado contra la barrera, con esa calma nueva que ella todavía no terminaba de reconocer del todo. Sin ironía defendiéndolo, sin la máscara de siempre.

—Deberíamos volver pronto —dijo él, aunque no hizo ningún movimiento hacia la salida—. Mañana empieza la parte difícil.

—Seraphine.

—Seraphine —confirmó él.

Ninguno se movió.

El silencio se extendió entre ambos, distinto al de antes. Más cálido, más consciente.

—¿Tienes miedo? —preguntó ella finalmente.

Kael lo pensó un momento.

—De perderla a ella, no. De perderte a ti, un poco todavía.

La honestidad del comentario le apretó el pecho.

—No vas a perderme.

—Eso ya me lo dijiste una vez.

—Esta vez lo digo de verdad.

Kael la miró largamente, como si buscara algo en su expresión y lo encontrara exactamente donde esperaba. Dio un paso hacia ella, cerrando la distancia que el día entero habían mantenido con cuidado.

—¿Sabes qué pensé mientras te enseñaba este lugar? —murmuró.

—¿Qué?

—Que quería que fuera tuyo también.

Aquella frase se instaló en algún lugar profundo del pecho, imposible de ignorar.

Levantó la mano lentamente y la apoyó sobre la mejilla de él. Kael cerró los ojos un instante, como si necesitara sentir el contacto antes de creerlo real.

—Kael…

Él abrió los ojos. La intensidad en ellos ya no tenía nada de cansancio.

—Dime que esto no es solo el lugar hablando —susurró él.

—No es el lugar.

Fue ella quien acortó los últimos centímetros. El beso llegó lento, distinto a la urgencia desesperada de la primera vez; esta vez no había nada que demostrarse, ni tensión acumulada explotando de golpe. Solo la certeza tranquila de dos personas que ya se habían encontrado antes y decidían quedarse.

Kael la envolvió con ambos brazos, atrayéndola contra él con una delicadeza que contradecía todo lo que el mundo insistía en creer sobre su carácter. Ella se aferró a la tela de su abrigo, sintiendo el latido de su corazón acelerarse bajo la palma.

Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Kael apoyó la frente contra la suya.

—Nunca traje a nadie aquí —repitió, la voz apenas un hilo—. Y ahora no puedo imaginar este lugar sin ti dentro.

—Entonces no lo imagines —murmuró ella—. Quédate aquí conmigo un rato más.

Él sonrió, esa sonrisa pequeña y real que ella había aprendido a atesorar más que cualquier ovación de un estadio lleno.

Kael la tomó de la mano y la guio, no de regreso a la pista, sino hacia un pequeño cuarto lateral que en algún tiempo debió ser una oficina de entrenadores: un sofá viejo cubierto por una manta, una ventana empañada por el frío, la luz azulada del hielo filtrándose apenas por la puerta entreabierta. El lugar olía a madera antigua y a nieve.

—¿Vienes aquí a menudo a esconder muebles olvidados? —preguntó ella, con una media sonrisa.

—Solo cuando quiero desaparecer con alguien que valga la pena.

Se sentó en el sofá y tiró suavemente de su mano para que ella lo siguiera. Se acomodó a su lado, la cabeza apoyada sobre su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo disolver el frío que llevaba encima desde la mañana.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —murmuró ella después de un rato.

—¿Qué?

—Que después de tanto miedo, esto se siente exactamente como debería sentirse. Simple.

Kael besó la parte superior de su cabeza.

—Simple no es una palabra que suela describirnos.

—Entonces llamémoslo una excepción.

Él rió bajito, un sonido cálido contra su cabello. Después giró el rostro y volvió a buscar sus labios, esta vez sin prisa alguna, como si el mundo entero hubiera decidido concederles una tregua: sin cámaras esperando afuera, lejos de la federación exigiendo respuestas, y sin otra cosa que ellos dos y aquel cuarto pequeño oliendo a madera vieja.

Se quedaron así un rato largo, entre besos lentos y silencios que ya no dolían. Kael trazó distraídamente el contorno de su mano con el pulgar, como si necesitara comprobar que seguía allí, que no era otra versión inventada dentro de su cabeza durante los días de la separación.

—Cuéntame algo que no sepa de ti —pidió ella en algún momento, acurrucada contra su pecho.

Kael se quedó pensando.

—Odio el color amarillo.

Ella soltó una risa suave.

—Eso es ridículamente específico.

—Mi primer entrenador usaba una chaqueta amarilla espantosa. Cada vez que la veía sabía que iba a gritarme por algo.

—Ahora entiendo por qué te vestías completamente de negro cuando te conocí.

—Estrategia de supervivencia.

Ella sonrió contra su pecho, sintiendo la vibración de su risa baja.

—Tu turno —dijo Kael después—. Algo que no sepa.

Lo pensó un momento.

—Tenía nueve años cuando decidí que quería patinar sola para siempre. Odiaba compartir el hielo con nadie.

Kael la miró con una ceja levantada.

—Interesante decisión, considerando dónde estamos.

—El destino tiene un sentido del humor terrible.

—O excelente, dependiendo de cómo lo mires.

Guardaron silencio un rato, simplemente respirando juntos en la penumbra azulada del cuarto. Afuera, la nieve seguía cayendo sobre el lago congelado, ajena por completo a la tormenta que todavía los esperaba en la ciudad.

—Kael.

—Mmh.

—Gracias por traerme aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.