Antes De Caer

Regreso al hielo

El estadio permanecía vacío cuando cruzó la entrada principal aquella mañana. Viena despertaba lentamente bajo una tormenta de nieve tenue, aunque dentro del centro olímpico reinaba un silencio absoluto, elegante, casi irreal.

Tres semanas. Eso había tardado la federación en levantar oficialmente la suspensión, tras confirmar que las transferencias apuntaban directamente a Orion Hale y a la red que Seraphine Duvall había tejido desde las sombras. La investigación contra ella seguía abierta, pero el nombre de Kael ya estaba limpio. Public, oficial, irrevocable.

Y con eso, la puerta hacia el campeonato mundial volvía a estar entreabierta.

Permaneció inmóvil junto a la barrera, observando la pista, respirando el aire helado. Habían pasado apenas cuatro días desde que regresaron de aquel lago al norte de Estocolmo, y todavía sentía el peso reconfortante de esos días en el pecho, como una brasa que no terminaba de apagarse.

El hielo.

Volver allí, oficialmente, como pareja reincorporada, se sentía distinto a cualquier entrenamiento anterior. No por miedo. Por la clase de calma que solo llega después de haber atravesado lo peor.

Escuchó los pasos acercándose desde el pasillo principal. No necesitó girarse para reconocerlos.

Kael apareció pocos segundos después con el bolso deportivo colgado sobre el hombro y el cabello ligeramente húmedo por la nieve exterior. Vestía completamente de negro, aunque ya no quedaba ni rastro del agotamiento que le marcaba el rostro semanas atrás.

Sus miradas se encontraron y él sonrió, esa sonrisa tranquila que ahora le pertenecía solo a ella.

—Buenos días, Vance —dijo, deteniéndose frente a ella.

—Pensé que llegarías tarde.

—Después de todo lo que pasamos para volver aquí, tenía la obligación moral de ser puntual al menos una vez.

Soltó una risa suave. Kael dejó el bolso sobre el banco cercano y comenzó a ajustarse los patines con movimientos tranquilos, sin la tensión que solía acompañar cada gesto suyo durante las semanas del escándalo.

—¿Nerviosa? —preguntó él, sin levantar la vista.

—Un poco. Llevamos tiempo sin competir de verdad.

—Vamos a estar bien.

Lo dijo con una certeza tan simple que casi resultaba extraña en él, acostumbrado siempre a envolver todo en ironía.

Descendieron juntos hacia la pista. El frío envolvió inmediatamente sus cuerpos. Kael respiró profundo apenas las cuchillas tocaron el hielo, y ella reconoció esa expresión: la misma que había visto en el lago, frente a la fotografía de un niño con una medalla demasiado grande.

—Soren llega en veinte minutos —dijo ella, mirando el reloj sobre la pared del fondo—. Quiere ver la secuencia completa antes de decidir si la mantenemos igual o ajustamos algo para el mundial.

—Va a querer ajustar algo. Siempre quiere ajustar algo.

—Es su trabajo.

—Es su naturaleza.

Kael extendió la mano hacia ella, el mismo gesto de siempre, aunque ahora sin ninguna pregunta escondida detrás. Ella la tomó sin dudar, y el contacto ya no incendiaba nada que necesitara esconderse; simplemente encajaba, como una costumbre que valía la pena conservar.

Comenzaron despacio. Deslizamientos básicos, cambios de dirección, cruces suaves. La coordinación regresó de inmediato, natural, instintiva, como si la separación jamás hubiera existido. Giró bajo el brazo de Kael con una elegancia precisa mientras él acompañaba el ritmo exacto de cada desplazamiento.

—Te extrañaba esto —murmuró él en algún momento, mientras avanzaban en paralelo—. No solo a ti. Esto. Nosotros sobre el hielo, sin nadie gritándonos desde una sala de audiencias.

—Todavía nos queda la audiencia final contra Seraphine.

—Lo sé. Pero hoy no.

Continuaron moviéndose alrededor de la pista mientras el amanecer comenzaba a iluminar los ventanales gigantes del estadio. Poco a poco la velocidad aumentó. Impulsó el cuerpo hacia un giro rápido; Kael sostuvo su cintura durante la transición, perfecto, limpio, sin dudas. La memoria muscular seguía allí. También algo más profundo.

Confianza. Una confianza que ya no necesitaba reafirmarse cada cinco minutos, porque ambos sabían exactamente de qué estaba hecha.

—Preparación —murmuró Kael.

Asintió, flexionó las rodillas, respiró. Entonces él impulsó el levantamiento.

El movimiento resultó impecable. Ascendió sobre sus hombros con una estabilidad absoluta mientras el estadio entero parecía contener el aire alrededor. El equilibrio se mantuvo firme durante el giro completo. Ni un error, ni una vacilación.

Cuando volvió a tocar el hielo, el aterrizaje fue suave como seda.

—Eso —dijo Kael, sin aliento— fue mejor que cualquier cosa que hiciéramos antes de la suspensión.

—El descanso forzado tuvo algo bueno, después de todo.

—No le llamaría descanso.

—¿Cómo le llamarías?

Kael la observó un instante, pensativo.

—Un recordatorio de por qué vale la pena volver.

La frase quedó suspendida en el aire, sencilla y suficiente.

Continuaron la rutina algunos minutos más hasta detenerse cerca de la barrera. Ambos respiraban agitados. Kael apoyó los antebrazos sobre la superficie acolchada mientras observaba la pista frente a sí, y ella reconoció en su expresión algo parecido al alivio genuino.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo él—. Después de todo lo que pasó, esperaba que volver aquí se sintiera pesado. Como cargar con algo.

—¿Y no se siente así?

—Se siente como empezar de nuevo, pero sin el miedo de la primera vez.

Tomó la botella de agua y bebió un sorbo antes de responder.

—Porque ya no estás solo cargando con esto.

Kael la miró largamente. Sin ironía, sin distancia.

—No —confirmó—. Ya no.

La puerta principal del estadio se abrió al fondo. Soren entró con su carpeta habitual bajo el brazo, la expresión ya evaluando la pista antes incluso de llegar a la barrera.




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