Antes De Caer

Regreso al hielo

El estadio permanecía vacío cuando cruzó la entrada principal aquella mañana. Viena despertaba lentamente bajo una tormenta de nieve tenue, aunque dentro del centro olímpico reinaba un silencio absoluto, elegante, casi irreal.

Durante unos segundos permaneció inmóvil junto a la barrera, observando la pista, respirando el aire helado, intentando controlar el temblor extraño recorriéndole el pecho.

Había vuelto. Después de semanas marcadas por acusaciones, distancia y heridas abiertas, regresaba finalmente hacia el único lugar donde siempre había entendido quién era.

El hielo.

Aunque aquella vez existía algo distinto. Porque Kael también volvería.

Cerró los ojos apenas un instante. Todavía podía recordar la conversación ocurrida la noche anterior. Sus palabras, sus miradas, la forma delicada en que él había sostenido el rostro de ella como si todavía tuviera miedo de perderla otra vez.

El corazón comenzó a latirle con fuerza apenas escuchó los pasos acercándose desde el pasillo principal. No necesitó girarse para reconocerlo.

Kael Ardent apareció pocos segundos después con el bolso deportivo colgado sobre el hombro y el cabello ligeramente húmedo por la nieve exterior. Vestía completamente de negro, aunque el cansancio visible bajo sus ojos grises dejaba claro que tampoco había dormido demasiado.

Sus miradas se encontraron inmediatamente. Y algo cambió otra vez.

Aquella tensión hostil instalada entre ambos durante las últimas semanas había desaparecido. En su lugar quedaba una conexión mucho más peligrosa. Más honesta.

Kael redujo la velocidad hasta detenerse frente a ella.

—Buenos días, Vance —dijo.

La voz grave atravesó el silencio del estadio con una suavidad inesperada.

Sostuvo su mirada.

—Pensé que llegarías tarde —respondió.

Kael sonrió apenas.

—Después del discurso emocional en Viena, tenía la obligación moral de impresionar —comentó.

Soltó una pequeña risa. Y aquel sonido provocó algo extraño dentro del pecho de Kael. Algo cálido, casi doloroso. Durante semanas había imaginado volver a escucharla reír cerca suyo. Jamás creyó extrañarlo tanto.

Apoyó las manos sobre la barrera.

—¿Listo? —preguntó.

Kael inclinó ligeramente la cabeza.

—Depende.

—¿De qué?

Él avanzó un paso hacia ella.

—De si realmente vas a dejarme entrar otra vez —respondió.

La pregunta golpeó directamente contra las defensas que todavía intentaba reconstruir. Porque confiar seguía dándole miedo. Confiar significaba arriesgar la caída. Y conocía demasiado bien lo que podía romperse después.

Kael pareció notar el conflicto atravesándole la mirada. Entonces su expresión perdió la ironía habitual.

—No pienso obligarte —murmuró.

Tragó saliva lentamente antes de responder.

—Lo sé.

Otro silencio. Distinto, mucho menos incómodo.

Kael dejó el bolso sobre el banco cercano y comenzó a ajustarse los patines con movimientos tranquilos. Hizo lo mismo unos segundos después, aunque cada pequeño gesto parecía cargado de tensión contenida.

Finalmente descendieron juntos hacia la pista. El frío envolvió inmediatamente sus cuerpos.

Kael respiró profundamente apenas las cuchillas tocaron el hielo. Aquella sensación familiar recorrió cada músculo. Libertad, dolor, hogar.

Durante algunos segundos ambos permanecieron quietos cerca del centro del estadio, observando la superficie brillante bajo las luces blancas.

Entonces Kael extendió la mano hacia ella. Igual que tantas veces antes. Pero aquella vez existía algo diferente detrás del gesto. Vulnerabilidad.

Observó la mano extendida durante un segundo demasiado largo. Luego entrelazó sus dedos con los de él.

El contacto incendió inmediatamente cada pensamiento racional.

Kael cerró los ojos apenas un instante. Como si también hubiera necesitado aquello demasiado tiempo.

—Bien —murmuró finalmente—. Vamos otra vez.

Comenzaron despacio. Deslizamientos básicos, cambios de dirección, cruces suaves. Nada complejo todavía. Aunque desde los primeros movimientos quedó claro que algo había cambiado entre ambos.

La coordinación regresó inmediatamente. Natural, instintiva. Como si la distancia jamás hubiera existido.

Giró bajo el brazo de Kael con una elegancia precisa mientras él acompañaba el ritmo exacto de cada desplazamiento. Sus cuerpos parecían comprenderse antes incluso de necesitar palabras.

Kael soltó el aire lentamente.

—Te extrañé —dijo.

La confesión llegó tan tranquila que tardó un instante en reaccionar.

Lo miró. Él mantenía la vista fija frente a sí mientras seguían avanzando sobre el hielo.

Sintió la garganta cerrarse apenas.

—Yo también —respondió.

Kael sonrió ligeramente. Aquello bastó para alterar el ritmo completo dentro del pecho de ella.

Continuaron moviéndose alrededor de la pista vacía mientras el amanecer comenzaba a iluminar los ventanales gigantes del estadio. Poco a poco la velocidad aumentó.

El sonido constante de las cuchillas llenó el espacio entero.

Impulsó el cuerpo hacia un giro rápido. Kael sostuvo la cintura de ella durante la transición. Perfecto, limpio, sin dudas. La memoria muscular seguía allí. Pero también algo mucho más profundo.

Confianza.

Una confianza distinta a cualquier otra construida anteriormente. Porque aquella vez conocían la peor versión uno del otro. Y aun así seguían regresando.

—Preparación —murmuró Kael.

Asintió apenas. Flexionó las rodillas, respiró. Entonces él impulsó el levantamiento.

El movimiento resultó impecable. Ascendió sobre los hombros de Kael con una estabilidad absoluta mientras el estadio entero parecía contener la respiración alrededor suyo. El equilibrio se mantuvo firme durante el giro completo.

Ni un error, ni una vacilación.

Cuando volvió a tocar el hielo, el aterrizaje fue suave como seda.




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