Antes De Caer

Confesión

El estadio seguía rugiendo incluso después de que las luces principales comenzaron a apagarse lentamente. Los nombres de Aurelia Vance y Kael Ardent continuaban apareciendo sobre las pantallas gigantes mientras fotógrafos rodeaban la zona de salida, periodistas gritaban preguntas imposibles de distinguir entre tanto ruido y oficiales de la competencia intentaban ordenar el caos provocado por la victoria.

Campeones mundiales.

La frase todavía parecía irreal.

Permanecía inmóvil junto al túnel privado que conducía hacia los vestidores, respirando despacio, intentando asimilarlo. El pulso seguía acelerado tras aquella rutina imposible, tras el salto final, tras ese instante suspendido donde creyó que ambos caerían frente al mundo entero. Pero no cayeron. Por primera vez en mucho tiempo, el hielo había decidido sostenerlos.

Cerró los ojos apenas un segundo.

Aún sentía la presión de la mano de Kael sujetando la suya durante la reverencia final. La intensidad de su mirada. La manera en que había sonreído al escuchar las puntuaciones. Como si nada alrededor importara realmente, excepto ella.

—Te están buscando por todas partes.

La voz de Lyra la hizo abrir los ojos. Su amiga apareció caminando hacia ella con una acreditación colgando del cuello y una expresión agotada.

—Los periodistas están perdiendo la cabeza ahí afuera —continuó—. Soren casi amenaza a un reportero hace cinco minutos.

Soltó una pequeña risa cansada.

—Eso debió ser interesante.

—Bastante.

Lyra observó alrededor antes de volver a mirarla.

—¿Dónde está Kael?

La pregunta provocó un vacío extraño en el pecho. Miró el pasillo detrás de ella. Vacío.

—Pensé que venía detrás de mí.

Lyra frunció apenas el ceño.

—Bueno… probablemente intenta escapar de la prensa.

Asintió lentamente. Quizá era eso. Aunque algo dentro de ella le decía otra cosa. Desde que salieron del hielo, Kael había permanecido extrañamente callado. Feliz, sí. Emocionado incluso. Pero también distante de una manera difícil de explicar. Como si estuviera pensando demasiado. Y Kael Ardent jamás pensaba demasiado cuando se trataba de victorias.

—Voy a buscarlo —murmuró.

Lyra sonrió apenas.

—Ve.

Comenzó a caminar por el corredor privado del estadio mientras el ruido del público quedaba atrás lentamente. El silencio regresó poco a poco alrededor: luces blancas, paredes grises, ecos lejanos de pasos apresurados. El cansancio empezó a caer sobre sus hombros de golpe. Toda la tensión acumulada durante meses parecía alcanzarla finalmente. Las competencias, las acusaciones, la separación, el miedo constante de perderlo. Y aun así, mientras avanzaba por aquel pasillo vacío, entendió algo con absoluta claridad.

Nada de eso había sido peor que imaginar una vida donde Kael ya no estuviera cerca.

La realización le apretó el pecho. Porque durante demasiado tiempo intentó llamar obsesión a lo que sentía. Dependencia al impulso de buscarlo entre multitudes. Necesidad al modo en que su cuerpo reaccionaba cerca de él. Pero aquello había crecido mucho más allá del miedo o la costumbre. Muchísimo más.

Dobló una esquina del corredor y finalmente lo vio.

Kael estaba solo junto a una de las salidas secundarias del estadio. La chaqueta negra seguía abierta sobre la ropa de competencia y el cabello húmedo caía desordenado sobre su frente. Sostenía la medalla dorada entre los dedos mientras observaba la nieve caer detrás del enorme ventanal de vidrio. Parecía tranquilo. Extrañamente tranquilo.

Redujo la velocidad. Durante un instante se permitió contemplarlo desde lejos. Después de todo lo ocurrido, todavía le costaba creer que hubieran llegado hasta allí.

Kael giró apenas la cabeza al escuchar sus pasos. Y sonrió. Aquella sonrisa pequeña, cansada, completamente real.

—Te escapaste de los periodistas —dijo acercándose.

Kael guardó la medalla en la palma de la mano.

—Tú también.

Se detuvo frente a él. Durante unos segundos ninguno habló. No hacía falta. Había demasiadas cosas suspendidas entre ambos. La victoria, el miedo, las heridas. Todo aquello que sobrevivió incluso cuando intentaron destruirse mutuamente.

—Ganamos —murmuró finalmente.

Kael soltó una pequeña risa incrédula.

—Todavía suena extraño cuando lo dices así.

—Porque nadie esperaba que ocurriera.

—Ni siquiera nosotros.

Observó la nieve caer detrás del vidrio.

—Hubo un momento durante el último salto…

Kael levantó una ceja apenas.

—¿Cuando casi morimos?

Dejó escapar una risa suave.

—Exactamente ese momento.

Kael se acercó un poco.

—Yo también pensé que íbamos a caer.

Sostuvo su mirada.

—Pero no lo hicimos.

El silencio volvió a rodearlos. Tranquilo. Íntimo. Peligrosamente íntimo.

Kael bajó la vista hacia la medalla entre sus dedos antes de hablar otra vez.

—¿Sabes qué es lo extraño?

—¿Qué?

Él respiró despacio.

—Pasé años pensando que necesitaba ganar algo así para sentir que valía la pena.

Lo observó atentamente.

Kael levantó la mirada hacia ella. Y durante un segundo desapareció el sarcasmo, desaparecieron las defensas, desapareció aquel hombre acostumbrado a esconder todo detrás de sonrisas fáciles. Quedó únicamente alguien agotado de fingir.

—Pero cuando dijeron nuestros nombres… —continuó con voz baja— lo primero que hice fue buscarte.

El corazón golpeó con fuerza contra el pecho.

Kael soltó una risa apenas amarga.

—Supongo que eso responde muchas preguntas.

Sintió la garganta cerrarse lentamente. Porque entendía exactamente lo que quería decir. Porque ella había hecho lo mismo. Toda su vida giró alrededor del hielo, alrededor de ganar, alrededor de demostrar algo imposible de alcanzar. Y aun así, en el instante donde obtuvo aquello que creyó necesitar durante años… lo único importante había sido encontrarlo entre las luces.




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