Antes De Caer

Confesión

El estadio seguía rugiendo incluso después de que las luces principales comenzaron a apagarse lentamente. Los nombres de Aurelia Vance y Kael Ardent continuaban apareciendo sobre las pantallas gigantes mientras fotógrafos rodeaban la zona de salida, periodistas gritaban preguntas imposibles de distinguir entre tanto ruido y oficiales de la competencia intentaban ordenar el caos provocado por la victoria.

Campeones mundiales.

La frase todavía parecía irreal, incluso de pie sobre el podio más alto, con la medalla de oro fría contra el pecho y el himno todavía resonando entre las gradas. Miró hacia el segundo lugar, donde una pareja desconocida —los suplentes convocados de urgencia tras la descalificación— sostenía sus medallas con una mezcla de asombro y timidez, todavía sin terminar de creer su propia suerte. El espacio donde debería haber estado Seraphine permanecía vacío, y aquel vacío decía más que cualquier discurso.

Justicia, pensó. No la palabra grandilocuente de los titulares, sino algo más simple y físico: el peso exacto de la medalla contra la clavícula, el sonido del himno que por fin le pertenecía.

Bajó del podio con Kael a su lado, la mano de él firme sobre su espalda mientras las cámaras disparaban desde todos los ángulos posibles. Ninguno de los dos habló durante el trayecto hacia la zona mixta; no hacía falta. Bastaba con caminar juntos, con sentir el peso del oro y saber, finalmente, que nadie podría quitárselo.

Permanecía inmóvil junto al túnel privado que conducía hacia los vestidores, respirando despacio, intentando asimilarlo. El pulso seguía acelerado tras aquella rutina imposible, tras el salto final, tras ese instante suspendido donde creyó que ambos caerían frente al mundo entero. Pero no cayeron. Por primera vez en mucho tiempo, el hielo había decidido sostenerlos.

Cerró los ojos apenas un segundo.

Aún sentía la presión de la mano de Kael sujetando la suya durante la reverencia final. La intensidad de su mirada. La manera en que había sonreído al escuchar las puntuaciones. Como si nada alrededor importara realmente, excepto ella.

—Te están buscando por todas partes.

La voz de Lyra la hizo abrir los ojos. Su amiga apareció caminando hacia ella con una acreditación colgando del cuello y una expresión agotada, aunque los ojos le brillaban de una forma que no intentaba disimular.

—Los periodistas están perdiendo la cabeza ahí afuera —continuó—. Soren casi amenaza a un reportero hace cinco minutos.

Soltó una pequeña risa cansada.

—Eso debió ser interesante.

—Bastante.

Lyra observó alrededor antes de volver a mirarla. Después, sin previo aviso, la envolvió en un abrazo breve, fuerte, del tipo que no necesitaba palabras.

—Lo lograste, Auri —murmuró contra su hombro—. De verdad lo lograste.

Se apartó apenas, sonriendo con los ojos húmedos.

—¿Dónde está Kael?

La pregunta provocó un vacío extraño en el pecho. Miró el pasillo detrás de ella. Vacío.

—Pensé que venía detrás de mí.

Lyra frunció apenas el ceño.

—Bueno… probablemente intenta escapar de la prensa.

Asintió lentamente. Quizá era eso. Aunque algo dentro de ella le decía otra cosa. Desde que salieron del hielo, Kael había permanecido extrañamente callado. Feliz, sí. Emocionado incluso. Pero también distante de una manera difícil de explicar. Como si estuviera pensando demasiado. Y Kael Ardent jamás pensaba demasiado cuando se trataba de victorias.

—Voy a buscarlo —murmuró.

Lyra sonrió apenas.

—Ve. Y Aurelia…

Se detuvo, girando hacia ella.

—Se lo merecen. Los dos.

Comenzó a caminar por el corredor privado del estadio mientras el ruido del público quedaba atrás lentamente. El silencio regresó poco a poco alrededor: luces blancas, paredes grises, ecos lejanos de pasos apresurados. El cansancio empezó a caer sobre sus hombros de golpe, pero esta vez era distinto: no el peso de la derrota, sino el de una tormenta finalmente atravesada. Las competencias, las acusaciones, la separación, el miedo constante de perderlo. Y aun así, mientras avanzaba por aquel pasillo vacío, entendió algo con absoluta claridad.

Nada de eso había sido peor que imaginar una vida donde Kael ya no estuviera cerca.

La realización le apretó el pecho. Porque durante demasiado tiempo intentó llamar obsesión a lo que sentía. Dependencia al impulso de buscarlo entre multitudes. Necesidad al modo en que su cuerpo reaccionaba cerca de él. Pero aquello había crecido mucho más allá del miedo o la costumbre. Muchísimo más.

Dobló una esquina del corredor y finalmente lo vio.

Kael estaba solo junto a una de las salidas secundarias del estadio. La chaqueta negra seguía abierta sobre la ropa de competencia y el cabello húmedo caía desordenado sobre su frente. Sostenía la medalla dorada entre los dedos mientras observaba la nieve caer detrás del enorme ventanal de vidrio. Parecía tranquilo. Extrañamente tranquilo.

Redujo la velocidad. Durante un instante se permitió contemplarlo desde lejos, memorizando la escena entera: la luz azulada filtrándose por el ventanal, la medalla brillando entre sus dedos, el modo en que respiraba despacio, como si todavía necesitara convencerse de que aquello era real. Después de todo lo ocurrido, todavía le costaba creer que hubieran llegado hasta allí.

Kael giró apenas la cabeza al escuchar sus pasos. Y sonrió. Aquella sonrisa pequeña, cansada, completamente real.

—Te escapaste de los periodistas —dijo acercándose.

Kael guardó la medalla en la palma de la mano.

—Tú también.

Se detuvo frente a él. Durante unos segundos ninguno habló. No hacía falta. Había demasiadas cosas suspendidas entre ambos. La victoria, el miedo, las heridas. Todo aquello que sobrevivió incluso cuando intentaron destruirse mutuamente.

—Ganamos —murmuró finalmente.

Kael soltó una pequeña risa incrédula.

—Todavía suena extraño cuando lo dices así.




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