Reloj, quédate quieto
y no permitas que avance el tiempo.
Y, si es necesario, congela el momento
antes de que llegue nuestro último encuentro.
Detén las agujas tan solo un instante,
escucha mis ruegos
y de este corazón, apiádate,
y no dejes que los días pasen.
Permíteme escuchar su voz
unas cuantas veces más;
quiero guardarla en mi memoria
antes de que el silencio ocupe su lugar.
Déjame verlo un par de veces más,
regálame un instante junto a él;
quiero grabarlo en mi mente
cuando conmigo ya no esté.
Y si al final decides seguir tu camino
y nada logra detener tu andar,
solo te pido un último favor:
haz eterno nuestro último mirar.
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Hay momentos que desearíamos poder guardar para siempre.
Este poema nace de esa sensación de querer detener el tiempo cuando sabemos que una despedida se acerca. De querer tener unos minutos más, una conversación más, una mirada más, antes de que la distancia cambie todo.
A veces no pedimos que alguien se quede para siempre; solo pedimos un poco más de tiempo para recordar su voz, su sonrisa y esos pequeños instantes que terminarán convirtiéndose en recuerdos.
Porque hay personas que llegan cuando el reloj ya está contando los últimos segundos, y aunque no podamos detenerlo, siempre quedará aquello que vivimos antes de que sus agujas siguieran avanzando.