Antes de saber amar

Cuando ya no éramos nosotros

La habitación estaba en silencio, pero Azael sentía que algo dentro de él hacía ruido.

Estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda ligeramente encorvada y las manos apoyadas en los muslos, como si su propio cuerpo pesara más de lo normal. La luz de la tarde entraba a medias por la ventana, dibujando sombras largas sobre las paredes que conocía demasiado bien. Todo estaba en su lugar. Demasiado. Los libros apilados sobre el escritorio, la taza de café olvidada desde la mañana, las partituras dispersas junto al teclado que llevaba días sin tocar.

Y aun así, algo faltaba.

No era un dolor claro, no era tristeza exacta. Era un vacío. Uno que se instalaba justo en el pecho, silencioso, insistente, como si le recordara que había algo que ya no estaba… aunque nunca supo en qué momento se fue.

Cinco meses.

Habían pasado cinco meses desde que Brielle cerró la puerta de su vida con la misma suavidad con la que había entrado. Sin gritos, sin drama, sin odio. Solo una conversación tranquila que terminó con un "creo que es mejor así" que todavía resonaba en su cabeza en las noches más largas.

Azael respiró hondo, intentando ignorarlo. No funcionó. Nunca funcionaba.

Afuera, la lluvia comenzó a caer. Primero tímida, apenas un susurro contra el vidrio. Luego más decidida, constante, como si el cielo hubiera estado esperando el momento exacto para abrirse. El sonido llenó la habitación de una manera que no era incómoda, pero tampoco reconfortante. Era simplemente... familiar. Demasiado familiar.

Cerró los ojos por un segundo, y fue entonces cuando el recuerdo apareció. Sin permiso. Sin aviso. Como si hubiera estado esperando ese pequeño instante de descuido, esa fracción de segundo en la que sus defensas bajaron.

Su garganta se tensó.

Porque no era cualquier recuerdo. Era uno de esos que llegan suaves… y aun así te rompen. De esos que te hacen entender que no importa cuánto tiempo pase, hay cosas que el cuerpo recuerda antes que la mente. El tacto de una mano. El olor de un perfume. El sabor de un primer beso bajo la lluvia.

Y ella estaba ahí. Como siempre. En cada gota que golpeaba el cristal, en cada segundo de silencio, en cada latido que se sentía más lento de lo normal.

Brielle.

Su primer amor. Su primera novia. Su primer todo.

Y por eso dolía tanto.

La lluvia había empezado como empiezan casi todas las cosas importantes: sin avisar.

Azael todavía recordaba ese día con una claridad que le dolía un poco. La universidad estaba envuelta en un gris suave, de esos que no apagan todo, solo lo hacen más cercano, más íntimo. Él sí tenía clase. Ella no. Y aun así se la saltó sin pensarlo mucho, como si el cuerpo hubiera decidido por él, como si sus piernas lo hubieran llevado directo hacia ella sin consultarle a la razón.

La encontró sentada en el borde de una banca afuera de su salón, con los apuntes cerrados sobre las piernas. Cabello corto negro que le enmarcaba el rostro de una manera perfectamente imperfecta, lentes dorados que reflejaban la luz mortecina de la tarde, ojos cafés que siempre parecían estar atentos aunque no dijera nada. Hermosa, simplemente.

Llevaba una sudadera color crema, demasiado grande para ella, y los auriculares colgando del cuello. Estaba mirando hacia el cielo como si esperara algo, o quizás solo disfrutaba del momento previo a la tormenta, ese instante de quietud antes de que todo cambie.

—Hola —dijo él, parándose a unos pasos cerca de ella, con las manos en los bolsillos porque no sabía muy bien qué hacer con ellas.

Brielle levantó la vista y sonrió de esa forma que lo ponía nervioso sin razón aparente. Una sonrisa pequeña, casi privada, como si fuera solo para él.

—Hola. ¿No tenías clase ahorita?

Su voz era tranquila, pero había algo en el tono, algo juguetón que siempre lograba desarmar cualquier pretensión de indiferencia que Azael intentara mantener.

—Sí… pero ya no —se encogió de hombros—. Me aburrí.

Ella alzó una ceja, claramente divertida, y cerró los apuntes que realmente nunca había estado leyendo.

—¿O viniste a buscarme?

Azael se rascó la nuca, medio sonriendo, sintiendo el calor subir por su cuello. Odiaba cómo ella siempre podía leerlo tan fácilmente.

—Un poco de las dos cosas.

Brielle soltó una risa bajita, esa que sonaba como música. Se hizo a un lado en la banca, dándole espacio sin decir nada. Él se sentó, manteniendo una distancia respetuosa, aunque todo en él quería acercarse más.

—Entonces —dijo ella, girando levemente hacia él—, ¿qué se supone que estés aprendiendo ahora mismo en lugar de estar aquí conmigo?

—Teoría económica —contestó Azael—. Algo sobre elasticidades de la demanda.

—Suena emocionante.

—Tanto como escuchar pintura secándose.

Ella se rió otra vez, esta vez con más ganas, y a Azael se le escapó una sonrisa genuina. Le encantaba hacerla reír. Era uno de los pocos momentos en los que se sentía completamente seguro de sí mismo.

—Bueno, claramente tomaste la mejor decisión —dijo Brielle, mirándolo con esos ojos que parecían ver más de lo que él mostraba—. Las elasticidades pueden esperar.

—¿Y tú? —preguntó él, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Qué haces aquí si no tienes clase?

Ella se encogió de hombros con naturalidad.

—Vine a la biblioteca temprano. Necesitaba avanzar en un ensayo, pero terminé más rápido de lo que pensé. —Hizo una pausa, y luego agregó con una sonrisa traviesa—: Y algo me decía que ibas a aparecer por aquí.

—¿Algo te decía? —repitió Azael, alzando las cejas.

—Ajá. Intuición femenina.

—Eso, o me conoces demasiado bien.

—Eso también —admitió ella, y hubo un segundo de silencio cómodo entre ellos, de esos que no necesitan llenarse con palabras.

El cielo se oscureció un poco más. El viento comenzó a moverse entre los árboles, trayendo consigo ese olor particular de la lluvia que está por llegar.




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