Azael estaba parado frente al espejo de cuerpo completo en su habitación, mirando su reflejo con una mezcla de inseguridad y sorpresa que todavía no terminaba de acostumbrarse.
Cinco meses habían pasado. Cinco meses desde que Brielle cerró esa puerta. Y en esos cinco meses, algo en él había cambiado.
No solo emocionalmente —aunque eso también, de formas que aún estaba procesando—, sino físicamente. El gimnasio había sido su escape. Matías lo había arrastrado la primera vez, insistiendo en que necesitaba "sacar la frustración de alguna forma que no fuera escuchando música triste en bucle". Y aunque al principio odiaba cada repetición, cada peso que levantaba, eventualmente se convirtió en algo más que una distracción.
Se convirtió en una rutina. En algo que controlaba cuando todo lo demás parecía estar fuera de sus manos.
Y ahora, mirándose al espejo con solo el pantalón de pijama puesto, podía ver el resultado. Su abdomen, que antes era simplemente plano, ahora mostraba definición clara. El famoso six pack que nunca pensó que tendría. Sus brazos eran más firmes, sus hombros más anchos. No era exagerado, no era de gimnasio obsesivo, pero era notable.
Era diferente.
Él era diferente.
Suspiró y apartó la mirada del espejo, caminando hacia su closet. La ropa estaba esparcida sobre la cama: tres opciones diferentes que ya había descartado mentalmente. Nada se sentía bien. Nada se sentía como... él.
¿O tal vez el problema era que ya no sabía quién era "él"?
Negó con la cabeza, intentando no caer en ese espiral de pensamientos, y se concentró en lo que tenía frente a él.
Concéntrate. Solo es una fiesta. Solo es ropa.
Tomó el pantalón negro que había dejado colgado en la silla. Era de corte recto, no muy ajustado pero tampoco holgado. Se lo probó y se miró de nuevo en el espejo. Le quedaba bien. Favorecía su figura sin ser obvio.
Bien. Eso era un comienzo.
Ahora la camisa.
Pasó los dedos por las opciones que tenía sobre la cama. Una gris oscura, una negra, una blanca. Dudó entre la negra y la blanca, sosteniéndolas una al lado de la otra frente al espejo.
La negra era segura. Discreta. Lo haría pasar desapercibido.
La blanca era... diferente. Más clara. Más visible.
Más como alguien que no se está escondiendo.
Eligió la blanca.
Se la puso despacio, abotonándola hasta arriba y luego desabrochando los dos primeros botones. Se remangó las mangas hasta los codos, revelando sus antebrazos que también habían ganado algo de definición. Se miró de nuevo.
No estaba mal. De hecho... estaba bien.
Solo faltaba algo.
Sus ojos fueron directo hacia la chamarra de cuero café que colgaba en el respaldo de la silla. Era una de sus compras más recientes, algo que Matías lo había convencido de comprar un día que fueron al centro. "Te va a quedar perfecto", le había dicho. Y tenía razón.
Se la puso sobre la camisa blanca. El contraste era perfecto: la blancura de la tela contra el tono cálido del cuero, la estructura de la chamarra equilibrando la suavidad de la camisa.
Se miró por última vez en el espejo.
Pantalón negro. Camisa blanca. Chamarra de cuero café.
Se veía... bien. Diferente. Más seguro de lo que se sentía por dentro.
Brielle nunca me vio así, pensó de repente, y la idea le provocó una extraña mezcla de satisfacción y tristeza.
Estaba por quitarse la chamarra para ajustar mejor la camisa cuando tres golpes sonaron en la puerta, seguidos inmediatamente de la voz inconfundible de Matías.
—Amigo, si no sales en cinco minutos te voy a sacar a la fuerza.
La puerta se abrió sin esperar respuesta —porque Matías nunca esperaba respuestas— y su amigo entró con la misma energía de siempre.
Pero se detuvo en seco cuando vio a Azael.
—Wow —dijo, mirándolo de arriba abajo con genuina sorpresa—. Okay, sí. Eso está muy bien.
Azael se giró hacia él, un poco incómodo con el escrutinio.
—¿No es mucho?
—¿Mucho? —Matías negó con la cabeza enfáticamente—. Está perfecto, wey. En serio. Te ves... no sé, maduro. Como alguien que tiene su vida armada.
—Qué mentira —murmuró Azael, volviendo a mirarse al espejo.
—Bueno, sí, pero nadie tiene que saberlo —replicó Matías con una sonrisa—. Lo importante es la apariencia. Y créeme, vas a llamar la atención.
Azael sintió un nudo en el estómago ante la idea. Llamar la atención era lo último que quería... ¿o no?
Matías se acercó, ajustándole un poco el cuello de la chamarra con ojo crítico.
—Solo falta que te peines un poco y estás listo para romper corazones.
—No voy a romper nada —dijo Azael—. Solo voy a... estar ahí.
—Claro, claro —Matías le dio una palmada en el hombro y se dejó caer en la cama, tirando sin cuidado una de las camisas descartadas—. Hablando de "estar ahí"... ¿qué tal vas con Yamileth?
La pregunta tomó a Azael por sorpresa. Se giró hacia Matías, frunciendo un poco el ceño.
—¿Yamileth?
—Sí, Yamileth. La chica de tu clase de Análisis Financiero. La que siempre te pide los apuntes. La que te mira con ojos de "enséñame más que ecuaciones".
Azael negó con la cabeza, sintiendo las mejillas calentarse un poco.
—Solo es mi amiga. Nada más.
—Ajá —Matías no sonaba convencido—. Una amiga que casualmente siempre encuentra excusas para hablar contigo.
—Me pide apuntes porque falta mucho a clase —explicó Azael, como si eso fuera obvio—. No significa nada.
—Claro que significa algo —insistió Matías, sentándose derecho—. Hay como veinte personas en esa clase. Y siempre te pide a ti. Eso no es casualidad, amigo.
Azael se encogió de hombros, incómodo con la dirección de la conversación.
—No me interesa de esa forma.
—¿Porque no te gusta o porque estás esperando a alguien más? —preguntó Matías, con una mirada significativa.
Azael no respondió. No necesitaba hacerlo.
#3190 en Novela romántica
#870 en Novela contemporánea
amor, trianguloamoroso, universidad primer amor adolescentes
Editado: 29.01.2026