Antes de saber amar

La chica de aquel antro

Azael se quedó ahí tirado en la cama, mirando el techo blanco con las mismas manchas de siempre. La luz de la tarde se filtraba por la ventana, creando patrones que se movían lentamente mientras el sol se escondía.

Pero algo dentro de él había cambiado.

No era tristeza. No exactamente.

Era algo más frío. Más definitivo.

Ella siguió adelante. Entonces yo también tengo que hacerlo.

Se levantó de la cama con un movimiento decidido. No el tipo de decisión que había estado tomando durante los últimos cinco meses —esas decisiones a medias, llenas de "tal vez" y "qué pasaría si"—. Esta era diferente.

Esta era final.

Caminó hacia su closet, observando la ropa que colgaba ahí. La misma ropa que había usado cuando estaba con ella. La misma versión de sí mismo que había sido suficiente para ella entonces pero claramente no lo era ahora.

Necesito cambiar.

Necesito ser diferente.

Necesito ser mejor.

No mejor para ella. Eso ya no importaba. Mejor para él mismo. Mejor para que el próximo rechazo —porque seguramente habría más— no lo destruyera de esta forma.

Tomó su teléfono, respiró hondo, y salió de su habitación.

Matías estaba en la sala, tirado en el sofá con su laptop, probablemente viendo alguna serie. Levantó la vista cuando Azael entró, y algo en su expresión cambió inmediatamente. Preocupación. Cautela.

—Hey —dijo Matías—. ¿Estás bien?

Azael se paró frente a él, con las manos en los bolsillos, y por primera vez en horas, sonrió.

No era una sonrisa feliz. Era algo más oscuro. Algo decidido.

—Vamos a un antro —dijo.

Matías parpadeó. Una vez. Dos veces.

—¿Qué?

—Un antro. Un club. Bar. Lo que sea —repitió Azael—. Hoy. Ahora. ¿Conoces alguno?

Matías cerró su laptop lentamente, completamente confundido.

—Azael... ¿de qué estás hablando?

—De salir. De divertirnos. De conocer gente —Azael se encogió de hombros, intentando que sonara casual aunque ambos sabían que no lo era—. ¿No es eso lo que hacen los chicos de nuestra edad?

—Sí, pero tú... —Matías se detuvo, estudiándolo—. Tú odias los antros. Dijiste que eran ruidosos y llenos de gente borracha haciendo decisiones estúpidas.

—Bueno, tal vez necesito hacer algunas decisiones estúpidas —replicó Azael—. Tal vez he sido demasiado cuidadoso. Demasiado... en mi cabeza todo el tiempo.

Matías se puso de pie, caminando hacia él con expresión preocupada.

—Hermano, sé que la foto fue dura, pero no tienes que...

—Me voy a olvidar de ella —interrumpió Azael, y su voz era firme, casi fría—. Voy a salir. Voy a conocer chicas. Voy a hacer todo lo que no hice estos cinco meses porque estaba demasiado ocupado esperando que ella volviera.

—Azael...

—No sabré ni quién es Brielle —continuó, como si Matías no hubiera hablado—. La voy a ignorar. En el proyecto, voy a ser profesional y nada más. Ya no existirá para mí. No como existió antes.

Matías lo miró por un largo momento, y había algo en su expresión que Azael no podía leer completamente. Preocupación, sí. Pero también... ¿alivio? ¿Tristeza?

—¿Estás seguro de esto? —preguntó finalmente.

—Completamente —respondió Azael sin titubear—. Ella besó a alguien más. Ella siguió adelante. Y yo... yo me quedé atrapado en algo que ya no existe. Eso termina hoy.

Hubo un silencio.

—Okay —dijo Matías lentamente—. Okay. Si eso es lo que necesitas...

—Es lo que necesito —confirmó Azael—. Así que, ¿vamos o no?

Una sonrisa lenta se formó en el rostro de Matías. No era su sonrisa usual de "vamos a meternos en problemas". Era algo más suave. Más de apoyo.

—Claro que vamos —dijo—. Conozco el lugar perfecto. Déjame hacer algunas llamadas.

Sacó su teléfono y comenzó a escribir mensajes rápidamente.

—Le voy a decir a Elías y a Sebastián también. Entre más seamos, mejor.

—Perfecto —Azael se dirigió de vuelta a su habitación—. Voy a cambiarme.

—¡Ponte algo que te haga ver bien! —gritó Matías tras él—. Y me refiero a bien bien. Nada de tus camisetas depresivas.

A pesar de todo, Azael soltó una risa pequeña.

De vuelta en su habitación, se paró frente al espejo de cuerpo completo. Se miró realmente por primera vez en el día. El gimnasio había cambiado su cuerpo—eso era innegable. Los meses de entrenar no solo por distracción sino por necesidad habían creado una versión de él que era más fuerte, más definida.

Si voy a hacer esto, lo voy a hacer bien.

Se quitó la ropa de entrenamiento y abrió su closet con propósito. Necesitaba algo diferente. Algo que dijera "ya no soy el chico que se quedó esperando".

Eligió jeans negros ajustados que Matías le había convencido de comprar hace semanas y que nunca había usado. Una camisa negra de botones, remangada hasta los codos. Se la dejó sin meter, casual pero intencional. Y sobre ella, una chamarra de cuero negra—diferente de la café que había usado en la fiesta, esta era más oscura, más atrevida.

Se miró al espejo de nuevo.

Se veía diferente. Más maduro. Más seguro.

Fake it till you make it, pensó.

Se peinó el cabello con un poco más de estilo, dejándolo ligeramente despeinado pero de forma controlada. Nada de gel excesivo, solo lo suficiente.

Cuando salió, Matías estaba esperándolo, ya cambiado también. Jeans oscuros, camisa blanca ajustada, y esa sonrisa que significaba que la noche tenía potencial.

—Wow —dijo, mirando a Azael de arriba abajo—. Okay, sí. Esto funciona.

—¿Funciona para qué? —preguntó Azael.

—Para que las chicas volteen a verte, idiota —Matías le dio una palmada en el hombro—. Confía en mí, vas a tener atención esta noche.

—Ese es el punto —murmuró Azael.

Matías revisó su teléfono.

—Elías y Sebastián dicen que sí. Nos vemos directamente en el club. Se llama "Eclipse". Está en el centro. Buena música, buen ambiente, y definitivamente mucha gente.




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