Azael seguía el auto rojo de Valeria por las calles cada vez más tranquilas del vecindario, las farolas creando charcos de luz amarilla en el pavimento. La música del radio estaba en volumen bajo, apenas un murmullo de fondo, y eso dejaba demasiado espacio para que sus pensamientos se volvieran ruidosos.
David.
El nombre apareció en su mente sin invitación.
¿Por qué David preguntó por Valeria?
La respuesta obvia era la que ya había identificado: Noa lo había enviado. Noa, la amiga de Amanda. Amanda, la amiga de Brielle.
Toda una cadena de información diseñada para llevar noticias de vuelta a ella.
Pero eso significaba...
Brielle preguntó por mí.
O al menos, quería saber.
El pensamiento lo golpeó con más fuerza de la que debería. Sintió algo cálido y peligroso expandirse en su pecho—esperanza, tal vez, o algo parecido.
Si ella tiene novio, o está saliendo con alguien, ¿por qué mandaría a David a preguntar?
Era extraño, ¿no?
Si realmente había seguido adelante, si realmente estaba con ese chico de la foto, ¿por qué le importaría con quién estaba él?
A menos que...
A menos que la foto no fuera lo que parecía.
A menos que todavía le importo.
A menos que...
Azael sacudió la cabeza bruscamente, apretando el volante.
No. No hagas eso. No te des falsas esperanzas.
Porque ese camino—el camino de analizar cada pequeña acción de Brielle, de buscar significado en cada gesto—era el mismo que lo había mantenido despierto durante meses. El mismo que lo había destruido lentamente desde adentro.
No podía volver ahí.
Ella preguntó porque es natural tener curiosidad, se dijo firmemente. Nada más. No significa que quiera volver. No significa que todavía sienta algo.
Y aunque lo sintiera...
Ya no importa.
Porque estoy aquí. Yendo a la casa de Valeria. Siguiendo adelante.
Las luces de freno del auto de Valeria se encendieron mientras ella se metía en la entrada de una casa pequeña pero bonita. Era un vecindario tranquilo, casas de uno o dos pisos con jardines bien cuidados y autos estacionados en las entradas.
Azael estacionó en la calle, justo frente a la casa. Apagó el motor y se quedó sentado por un segundo, respirando.
Puedes hacer esto.
Se bajó del auto al mismo tiempo que Valeria salía del suyo. Ella caminó hacia él con esa sonrisa que nunca parecía faltar, su cabello moviéndose con la brisa ligera de la noche.
—Aquí es —dijo, señalando la casa con un gesto amplio—. No es nada del otro mundo, pero es mío. Bueno, lo rento. Pero vivo sola, así que... tranquilo.
Había algo en la forma en que dijo "vivo sola" que llevaba una implicación clara. Privacidad. No habría interrupciones. Podían hacer lo que quisieran.
Azael asintió, intentando que su expresión no revelara la mezcla de nerviosismo y anticipación que sentía.
—Se ve bien.
Caminaron hacia la puerta principal. Valeria buscó las llaves en su bolso—un clutch pequeño que parecía demasiado diminuto para contener algo útil—y abrió la puerta.
El interior era exactamente lo que Azael esperaría de Valeria. Moderno, limpio, con toques de color aquí y allá. La sala tenía un sofá gris grande, cojines coloridos, una televisión montada en la pared. Había plantas en las esquinas—vivas, sorprendentemente—y cuadros abstractos decorando las paredes.
Olía a vainilla y algo floral. Probablemente un difusor que Azael vio sobre una mesita junto a la entrada.
—Ponte cómodo —dijo Valeria, dejando su bolso sobre una mesa y quitándose los tacones con un suspiro de alivio—. Ah, mucho mejor. Odio los tacones pero se ven bien.
Azael sonrió un poco ante eso y se quitó sus tenis, dejándolos ordenados junto a la puerta.
—Siéntate donde quieras —continuó Valeria, caminando hacia la cocina que estaba conectada a la sala por una barra—. ¿Quieres algo de tomar? Tengo cerveza, vino, refresco, agua...
—Agua está bien —respondió Azael, sentándose en el sofá.
Era cómodo. Demasiado cómodo. El tipo de sofá donde podrías quedarte dormido viendo televisión.
Valeria le trajo un vaso de agua con hielo y se sentó a su lado—no en el otro extremo del sofá, sino justo a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus piernas se tocaran.
—Entonces —dijo, girándose hacia él con interés genuino—, cuéntame de tu día.
Azael tomó un sorbo de agua.
—No hice mucho. Clases en la mañana. Almorcé con Matías en la cafetería. Luego entrenamiento.
—¿Entrenamiento de qué? —preguntó ella, aunque probablemente ya sabía la respuesta.
—Fútbol americano —respondió Azael—. Tenemos un partido importante en dos semanas. El entrenador nos está matando para que estemos listos.
—¿Y estás listo?
Azael se encogió de hombros.
—Creo que sí. Me gusta entrenar. Me ayuda a... despejar la mente.
Valeria ladeó la cabeza, estudiándolo.
—¿Despejar la mente de qué?
La pregunta era inocente, pero tocaba territorio que Azael no quería explorar.
—Solo... cosas. Estrés de la escuela, proyectos, lo normal.
Valeria asintió, aceptando la respuesta vaga sin presionar.
—Entiendo. Yo hago yoga para eso. Bueno, intento hacer yoga. Tengo la app y el tapete, pero nunca encuentro tiempo.
Sonrió con autoburbla, y Azael aprecio que no profundizara.
Valeria alcanzó el control remoto de la mesa de centro y encendió la televisión.
—¿Qué te gusta ver? —preguntó mientras navegaba por Netflix.
—Lo que sea está bien —respondió Azael—. No soy muy exigente.
—Perfecto, porque yo sí lo soy —bromeó ella, deteniéndose en una comedia romántica—. ¿Qué tal esta? No, espera, muy cliché. ¿Acción? ¿Thriller?
Finalmente se decidió por una serie de crímenes que Azael había escuchado mencionar pero nunca había visto.
—Listo —dijo, dejando el control—. Ahora, lo importante: ¿qué quieres comer?
La pregunta era simple. Práctica. El tipo de cosa que una anfitriona normal preguntaría a su invitado.
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Editado: 29.01.2026