Antes de saber amar

Lo que ella callaba

El departamento de Matías olía a pollo frito y especias—ese aroma inconfundible de KFC que llenaba cada rincón del pequeño espacio. Azael estaba sentado en el sofá desgastado, con una caja de pollo abierta en la mesa de centro frente a él, quitándose los lentes negros para frotarse los ojos cansados. El entrenamiento de esa tarde había sido particularmente brutal.

Matías emergió de la cocina con dos Coca-Colas frías, dejándose caer en el sillón individual con un gemido exagerado. Su camiseta del equipo estaba manchada de sudor seco, y su cabello castaño claro estaba aplastado en un lado donde claramente se había quedado dormido después de llegar a casa.

—Hermano, el entrenador está tratando de matarnos —declaró Matías, abriendo su refresco con un siseo satisfactorio—. Esas carreras de suicidio fueron inhumanas. Mis piernas se sienten como gelatina.

Azael asintió, tomando un muslo de pollo. —Lo sé. Pensé que iba a vomitar en la línea de las treinta yardas.

—Casi lo hiciste —le recordó Matías con una sonrisa—. Te vi ponerte verde. Fue épico en el peor sentido posible.

—Gracias por ese recordatorio tan necesario. —Azael mordió el pollo, masticando pensativamente—. Pero solo quedan unos días más de esta intensidad. Una vez que termine esta semana, el entrenador dijo que bajaría el ritmo.

—Gracias a Dios —suspiró Matías, recostándose en el sillón—. Honestamente, estoy emocionado. Una vez que pase esto, podemos volver a tener vidas normales. Ya sabes, donde nuestros músculos no gritan con cada movimiento.

—Hablas como un anciano —bromeó Azael.

—Me siento como un anciano. Tengo veintidós años pero mi cuerpo tiene como cincuenta.

Se quedaron en silencio cómodo por un momento, ambos concentrados en su comida. El televisor estaba encendido con el volumen bajo, transmitiendo algún programa de deportes que ninguno de los dos estaba realmente viendo. Era uno de esos momentos de compañerismo masculino donde no se necesitaban palabras—solo comida, bebidas frías, y la presencia del otro.

—Oye —dijo Matías después de un rato, limpiándose las manos con una servilleta—, ¿te conté? Finalmente conseguí trabajo.

Azael levantó la vista, genuinamente sorprendido. —¿En serio? ¿Dónde?

—En ese gimnasio nuevo que abrieron cerca del campus —respondió Matías con orgullo evidente en su voz—. Como entrenador personal a medio tiempo. No paga increíblemente bien, pero es suficiente para dejar de pedirle dinero a mi mamá cada dos semanas, lo cual es básicamente como ganar la lotería en términos de dignidad personal.

—Eso es genial, hermano —dijo Azael sinceramente—. ¿Cuándo empiezas?

—La próxima semana. Tres días a la semana, turnos de tarde. Perfecto para mi horario de clases. —Matías tomó un sorbo de su Coca-Cola—. Además, el dueño es súper relajado. Dijo que puedo usar el gimnasio gratis cuando no esté trabajando, así que básicamente me van a pagar por hacer ejercicio y ayudar a otros a hacer ejercicio.

—El sueño —murmuró Azael con una sonrisa.

—Exactamente. —Matías lo estudió por un momento—. ¿Y tú qué? ¿Cómo van las cosas con Valeria?

Azael se puso rígido casi imperceptiblemente, colocando su pedazo de pollo de vuelta en la caja. Se limpió las manos meticulosamente con una servilleta, tomándose su tiempo antes de responder.

—Van bien —dijo finalmente—. Realmente bien, en realidad. Las cosas se están poniendo más serias.

—¿Serias serias? —preguntó Matías, arqueando una ceja—. ¿O serias como 'seguimos saliendo casualmente pero con más frecuencia'?

—Serias serias —confirmó Azael—. Pasamos mucho tiempo juntos. Nos llevamos bien. Ella es... es buena para mí.

Matías asintió lentamente, procesando esto. —Eso es bueno, hermano. Me alegro por ti. —Hizo una pausa—. Entonces, ¿cuándo le pedirás que sea tu novia oficialmente?

Azael se pasó una mano por su cabello perfectamente peinado en forma de librito, desorganizando los mechones. —No lo sé. Ha pasado tiempo, ¿verdad? Desde que empezamos a salir.

—Sí, han sido como... ¿qué? ¿Mes?

—Casi un mes—confirmó Azael—. Tiempo suficiente para saber si quiero que sea oficial.

—¿Y quieres?

Azael consideró la pregunta. Pensó en Valeria—su risa fácil, la manera en que nunca lo presionaba sobre cosas incómodas, cómo se veía con su uniforme de porrista, las conversaciones ligeras que nunca se adentraban en territorio emocional complicado.

—Sí —dijo, y sonaba casi como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo—. Sí, quiero.

Matías lo observó con esa expresión que Azael conocía bien—la que decía que su amigo veía más de lo que Azael estaba diciendo pero había decidido no presionar. Al menos no todavía.

—Bueno, entonces —dijo Matías eventualmente—, hazlo oficial, hermano. Quién diría que sí lograrías sacar esa relación adelante. —Hizo una pausa, tomando otro sorbo de su refresco—. Aunque sé que todavía piensas en ella. En Brielle.

El nombre cayó en el espacio entre ellos como una piedra en agua quieta, creando ondas que ninguno de los dos podía ignorar.

Azael no respondió inmediatamente. Se puso sus lentes de vuelta, como si eso pudiera esconder lo que fuera que estuviera sintiendo. —Sí —admitió finalmente, su voz más baja—. La vi. Con un chico nuevo. Alto, rubio, atlético. Atractivo.

Matías se inclinó hacia adelante, interesado. —Ah, sí. El amigo de David, Leander. Es muy popular con las chicas. Básicamente una leyenda ambulante en términos de estatus social. Las chicas pierden la cabeza por él.

Azael sintió algo retorcerse en su pecho—algo desagradable y ardiente que reconocía como celos pero que no quería nombrar en voz alta. —Con ese tipo —murmuró, apretando su lata de Coca-Cola un poco más fuerte de lo necesario—. Me da celos verla con ese imbécil.

—¿Lo conoces? —preguntó Matías.

—No personalmente —admitió Azael—. Solo de vista. De reputación. Todo el mundo habla de él. —Hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Pero se me hace extraño. Nunca la he visto con su novio. El de aquella foto.




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