Brielle despertó con la sensación de que alguien había usado su cerebro como tambor durante toda la noche. El dolor pulsaba detrás de sus ojos con cada latido de su corazón, y su boca sabía como si algo hubiera muerto ahí.
Intentó abrir los ojos, pero la luz—incluso la tenue luz que se filtraba a través de sus cortinas—se sintió como agujas clavándose directamente en su cerebro. Gimió, tapándose la cara con la almohada.
—Nunca. Vuelvo. A. Beber —murmuró contra la tela, aunque su voz sonaba ronca y patética incluso para sus propios oídos.
La puerta de su habitación se abrió con un crujido que sonó aproximadamente mil veces más fuerte de lo que debería. Brielle se encogió, hundiendo su cabeza más profundamente en la almohada.
—Buenos días, bella durmiente —anunció la voz de Amanda con falsa alegría—. O deberían decir, buenas tardes. Son las dos de la tarde.
—Mátame —fue la respuesta amortiguada de Brielle.
—Tentador, pero no —respondió Amanda—. En cambio, te traje esto.
Brielle sintió el colchón hundirse cuando Amanda se sentó en el borde de la cama. Lentamente, dolorosamente, apartó la almohada de su rostro y abrió un ojo.
Amanda estaba sentada ahí, completamente vestida y arreglada, sin ningún rastro de resaca a pesar de que Brielle la recordaba vagamente bebiendo tanto como ella. En sus manos llevaba una bandeja con café humeante, aspirinas, una botella de agua, y lo que parecía ser tostadas.
—Te amo —murmuró Brielle, alcanzando el agua con manos temblorosas.
—Lo sé —respondió Amanda con una sonrisa—. Ahora tómate las aspirinas antes de que mueras.
Brielle obedeció, tragando las píldoras con sorbos largos de agua que su cuerpo deshidratado absorbió como una esponja. El alivio no fue inmediato, pero al menos tenía la promesa de que eventualmente el martilleo en su cabeza se calmaría.
—¿Cómo es que tú te ves perfectamente bien? —preguntó Brielle, mirando a su amiga con envidia mal disimulada.
Amanda se encogió de hombros. —Años de práctica y buenos genes. Además, tomé agua entre cada bebida como una adulta responsable.
—Te odio.
—No, no me odias —corrigió Amanda, ofreciéndole el café—. Me amas porque te cuido cuando tomas decisiones cuestionables.
Brielle tomó el café, inhalando el aroma antes de dar un sorbo cauteloso. Estaba perfecto—no demasiado caliente, con exactamente la cantidad correcta de azúcar y leche. Amanda la conocía demasiado bien.
Se quedaron en silencio por un momento, Brielle bebiendo su café lentamente mientras Amanda la observaba con esa expresión que significaba que tenía preguntas. Muchas preguntas.
—Entonces —dijo Amanda finalmente, su tono casual pero sus ojos agudos—. Anoche fue... interesante.
Brielle cerró los ojos, sintiendo cómo fragmentos de la noche anterior comenzaban a filtrarse a través de la niebla de su resaca. El vivero de flores. Leander dándole el vestido azul. La fiesta. Las bebidas. Azael...
Oh, Dios. Azael.
El beso.
—Mierda —murmuró, llevándose una mano a la frente.
—Ajá —concordó Amanda—. Mierda es una manera de describirlo. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Qué pasó con Azael? ¿Y Leander? Porque, amiga, vi cómo ambos te miraban y honestamente fue como presenciar algún tipo de drama de telenovela en vivo.
Brielle tomó otro sorbo de café, tratando de organizar sus pensamientos que todavía estaban embarrados por el alcohol de anoche y la resaca de esta tarde.
—Azael me pidió hablar —comenzó lentamente—. Me dijo que había terminado con Valeria. Que le confesó todo, que nunca me superó, que la foto era falsa y...
—¿Y? —presionó Amanda cuando Brielle se detuvo.
—Y me besó —terminó Brielle, su voz apenas un susurro.
Los ojos de Amanda se ampliaron. —¿Te besó? ¿Justo después de terminar con Valeria? ¿El mismo día?
—Sí.
—Ese idiota —murmuró Amanda, sacudiendo su cabeza—. ¿Y qué hiciste tú?
Brielle sintió cómo el calor subía a sus mejillas, el recuerdo del beso regresando con claridad dolorosa. La manera en que sus labios se habían sentido contra los de ella. Cómo había respondido, dejándose caer en ese momento que había estado anhelando durante meses.
—Lo besé de vuelta —admitió, sintiéndose miserable—. Por un momento. Pero luego... luego me detuve.
—¿Por qué te detuviste? —preguntó Amanda, su tono más suave ahora.
—Porque no estaba bien —respondió Brielle, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a picar en sus ojos—. Porque él acababa de terminar con alguien más. Porque yo estaba confundida y borracha y... y porque Leander...
Su voz se quebró en el nombre, y entonces las lágrimas vinieron de verdad.
Amanda inmediatamente dejó la bandeja a un lado y se movió más cerca, jalando a Brielle en un abrazo mientras ella lloraba contra su hombro. Todo el peso de la noche anterior—las emociones contradictorias, el beso, la confesión, la mirada en los ojos de Leander cuando regresó—la golpeó de una vez.
—Está bien —murmuró Amanda, frotando círculos suaves en su espalda—. Llora todo lo que necesites. Yo te tengo.
Y Brielle lloró. Lloró por la confusión. Por el dolor. Por Azael y todo lo que habían sido. Por Leander y lo que podrían ser. Por ella misma y la imposibilidad de la situación en la que se encontraba.
Cuando finalmente se calmó, apartándose del hombro ahora húmedo de Amanda, su cabeza dolía aún más pero su pecho se sentía un poco más ligero.
—Lo siento —murmuró, limpiándose los ojos.
—No te disculpes —dijo Amanda firmemente—. Ahora, respira hondo y cuéntame todo. Desde el principio. ¿Qué le dijiste a Azael después del beso?
Brielle tomó una respiración temblorosa, alcanzando su café de nuevo para tener algo que hacer con sus manos.
—Le dije que necesitaba tiempo —explicó—. Que no podía tomar decisiones así, cuando todo estaba tan fresco y yo estaba borracha. Que necesitaba pensar.
Amanda asintió aprobadoramente. —Eso fue maduro de tu parte.
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Editado: 29.01.2026