Había pasado casi una semana.
Siete días de silencio autoimpuesto. Siete días de asistir a clases con la cabeza gacha, evitando miradas, respondiendo mensajes con monosílabos. Siete días de Amanda respetando su espacio pero dejándole café preparado cada mañana. Siete días de pensar, procesar, y aún así no sentirse más cerca de una respuesta.
Brielle salía de su última clase del día—Literatura Contemporánea, una que normalmente disfrutaba pero que hoy apenas había podido prestar atención—cuando escuchó pasos apresurados detrás de ella.
—Brielle, espera.
Se congeló. Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Se giró lentamente, encontrándose con Azael a unos metros de distancia. Llevaba su mochila colgada de un hombro, sus lentes oscuros puestos a pesar de estar en interiores, su cabello perfectamente peinado como siempre. Se veía... nervioso. Lo cual era raro en él.
—Azael —dijo ella, su voz saliendo más suave de lo que pretendía—. Hola.
Él se acercó, cerrando la distancia entre ellos pero manteniéndose a una distancia respetuosa. Como si tuviera miedo de invadir su espacio.
—Hola —respondió—. ¿Cómo... cómo has estado?
—Bien —mintió Brielle—. Ocupada con clases y todo eso. ¿Tú?
—Igual —dijo Azael, metiendo las manos en los bolsillos de sus jeans—. Mucho entrenamiento y... sí.
El silencio que siguió fue incómodo, cargado con todo lo que no estaban diciendo. Brielle podía sentir las miradas de otros estudiantes pasando junto a ellos, algunos reconociendo claramente el drama potencial desarrollándose.
—Quería decirte algo —dijo Azael finalmente, su voz más firme ahora—. Recorrieron el partido. Lo atrasaron. Será mañana en lugar de hoy.
Brielle parpadeó, procesando la información. El partido de fútbol americano—uno importante, recordaba vagamente haber escuchado a alguien mencionar. Azael era el quarterback titular.
—Oh —dijo—. Okay. Gracias por... avisarme, supongo.
—Quiero que vayas —continuó Azael, y había algo vulnerable en su voz ahora—. Sé que te dije que te daría espacio, y lo estoy haciendo. Pero... me gustaría que estuvieras ahí. Si quieres, obviamente. Sin presión.
Brielle lo miró, viendo la manera en que sus hombros estaban ligeramente tensos, cómo sus manos se apretaban en sus bolsillos. Esto le costaba, darse cuenta de eso. Pedirle esto.
—¿A qué hora? —preguntó.
—Siete de la noche —respondió Azael, y ella pudo escuchar el alivio en su voz—. En el estadio del campus.
Brielle asintió lentamente. —Okay. Sí. Iré.
La sonrisa que Azael le dio fue pequeña pero genuina. —Gracias. Eso... eso significa mucho.
—Claro —murmuró Brielle, ajustando la correa de su bolsa sobre su hombro.
Azael pareció debatir consigo mismo por un momento, luego alcanzó su mochila. —Espera, hay algo más. Te compré algo.
Brielle lo observó con curiosidad mientras él rebuscaba en su mochila, finalmente sacando una pequeña caja rectangular. No estaba envuelta, pero era claramente nueva.
—Toma —dijo, ofreciéndosela—. Vi esto y... bueno, me acordé de ti.
Brielle tomó la caja con manos ligeramente temblorosas. Era ligera. Cuando la abrió, encontró un kit de pintura pequeño—acuarelas de buena calidad en colores vibrantes, dos pinceles finos, y un pequeño bloc de papel para acuarela.
Se quedó sin aliento.
—Recordé que te gustaba mucho —dijo Azael, su voz más suave ahora, casi tímida—. Pintar. No sé si lo retomaste de nuevo después de... ya sabes. Pero lo vi en esa tienda de arte cerca del campus y pensé en ti inmediatamente.
Brielle pasó sus dedos sobre las acuarelas, sintiendo cómo algo se apretaba en su garganta. Había dejado de pintar meses atrás—después de la ruptura, cuando todo lo que amaba hacer se había sentido imposible. Cuando incluso los colores le parecían apagados.
—Es perfecto —murmuró—. Azael, esto es... gracias.
—De nada —respondió él, y había algo en su expresión que la hacía recordar cómo solían ser antes de que todo se complicara—. Solo... pensé que tal vez querías volver a intentarlo. La pintura siempre te hacía feliz.
Brielle cerró la caja cuidadosamente, sosteniéndola contra su pecho. —Gracias —repitió, sin saber qué más decir.
Azael se encogió de hombros, pero estaba sonriendo. —No es gran cosa.
—Sí lo es —corrigió Brielle.
Se quedaron ahí parados por un momento, el flujo de estudiantes pasando alrededor de ellos como agua alrededor de rocas. Y por primera vez en semanas, el silencio entre ellos no se sentía pesado. Se sentía... cómodo. Familiar.
—Oye —dijo Azael después de un momento—, ¿recuerdas cuando intentaste enseñarme a pintar?
Brielle se rio a pesar de sí misma. —Y terminaste con más pintura en tu ropa que en el lienzo.
—En mi defensa, nunca dijiste que el agua tenía que estar en un vaso estable.
—El vaso estaba perfectamente estable. Tú eres torpe.
—Torpe es una palabra fuerte. Prefiero 'energéticamente descoordinado'.
—Eso es literalmente la definición de torpe.
Azael sonrió—esa sonrisa pequeña y genuina que siempre hacía que el corazón de Brielle saltara un poco. —Okay, sí. Soy torpe. ¿Feliz?
—Inmensamente —respondió Brielle, y se sorprendió al darse cuenta de que estaba sonriendo también.
Esto era diferente de las bromas con Leander. Con Leander, todo era sarcasmo afilado y comentarios ingeniosos, una competencia constante de quién podía ser más mordaz. Era emocionante, estimulante, te mantenía alerta.
Esto con Azael era... más suave. Más simple. Casi tímido en su familiaridad, como si ambos estuvieran recordando cómo hablar sin herirse. Como volver a aprender un idioma que solías hablar con fluidez.
—¿Sigues usando esos lentes horribles adentro? —preguntó Brielle, señalando hacia sus lentes oscuros.
—No son horribles —protestó Azael—. Son icónicos.
—Son innecesarios. Estamos literalmente bajo luces fluorescentes.
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Editado: 29.01.2026