Podré ser algo rencoroso, vengativo, egoísta, ciertamente arrogante, pero no podría desear algo tan horrible como la pérdida de lo más valioso a alguien, ¿Y eso por qué? Porque poco a poco, día a día podía sentir esa sensación de pérdida, esa sensación de abandono de aquello que iluminaba mis noches, cuando caía en lo más oscuro del pozo. Es incongruente lo que se siente, aquí mismo, porque, me alegra que siga en mi vida, pero el hecho de que no sea como quiero, me sigue atormentando. Deseo aquello que no merezco a pedir, pues somos amigos, y yo, aquí como el vil mentiroso, el desgraciado hipócrita que soy, deseando ser más que amigos.
Altanero y vanidoso de mi parte es decir que soy un hombre que ama de una forma muy bonita, de una forma muy fiel. Aún así, termino perdiendo. En mis relaciones, nunca llegué a engañar, nunca me pasó por la mente, el amor que mostraba era completamente genuino, pero, el que perdía era yo, engañado, con el corazón roto. El abandono dejó de ser algo aislado y pasó a ser algo de rutina, pero eso no lo hacía menos doloroso. Al contrario, el dolor dolía aún más, al pensar en lo reemplazable que puedo ser, en el poco valor que al parecer me daban. A pesar de que yo pensaba ser una buena opción, perdía. Dejé de buscar el amor.
Dejé de pensar en enamorarme de nuevo, porque claro, el pequeño chico estaba cansado, estaba harto de la misma rutina. No generalizaba esa forma de abandono a todas las chicas, pero le daba miedo avanzar, así que ni siquiera le dio importancia al amor. No fue un día que, gracias al destino, a la vida, o por meramente una casualidad, la conocí. Aunque ya habíamos estado en el mismo grupo, nunca interactuamos, y no fue hasta ese tercer semestre que todo cambió. No era más que mi amiga, mi mejor amiga, una persona a la que apreciaba demasiado, y nunca pensé en amor.
Pero, aunque el cerebro es quién manda, el corazón también tiene su propio sentido, y vaya broma me hizo pasar al darme el tiro de gracia con la flecha de cupido, dándome cuenta de la maravillosa chica que tenía a mi lado. Esa chica que siempre estuvo ahí, que siempre me apoyó, me enganchó, y aunque intenté negarlo, el propio corazón me cacheteó, y me lo dijo en la cara: “No es falso, tampoco pasajero”. Y vaya que decía la verdad.
No sé si las decisiones que tomé fueron las mejores, si fueron buenas, si fueron malas, no creo que yo pueda ser quién para poder decidir eso, pero, ¿Para qué vagar en esa cuestión? A final de cuentas, pasó, y ciertamente, no me puedo arrepentir. Vivir con la incertidumbre o vivir con la certeza. No sé qué es mejor.
No me arrepiento de mi vida, y aquello que algunos interpretan como obsesión, como intensidad, para mí, no es más que su interpretación de un amor tan profundo, tan sincero, que para ellos es inimaginable, tanto que su mente puede sorprenderse por ese hecho, y buscan darle otro nombre. No los culpo, pues hoy en día, pienso que tal vez el sentido del amor ha cambiado bastante, pero yo, no puedo dejar de amar, porque dejar de amar significaría aceptar, decir o minimizar lo que ha hecho por mí, y me niego a aceptar ese hecho.