Incontables las veces que no estaba de humor, las veces que estaba triste, las veces que lloré... En casa, en la escuela, en el día, en la tarde, en la noche. Corazón de pollo es una característica que describe muy bien. Esa sensibilidad que, a muchos hombres se nos dice que no hay que mostrar, que no debemos de tener, pero, aún con todo lo que digan los demás, no se puede evitar, y yo llegué a eso mismo.
Pienso que soy frágil, débil, por lo tanto que puedo llorar, por lo tanto que sufro por cosas que los demás llaman nimiedades, y a la vez, pienso que soy fuerte, por soportar tanto. Por más que deseaba desaparecer, aguanté, y gracias a ello sigo aquí, escribiendo. Para muchos, esto realmente es exagerado, pero para alguien a quien llaman intenso y obsesivo, lo más pequeño puede ser lo más catastrófico.
Me duele pensar en el chico que lloró en esas noches tan frías, tan solas, en silencio, porque sentía que podría ser criticado por cualquiera. Se guardaba lo que sentía, no lo expresaba con palabras, pero sus acciones decían otra cosa. Su ánimo no ayudaba a esconder aquello en el disfraz tan melancólico. Recordar esos momentos, me duelen.
¿Y qué provocaba esas noches tristes para el chico? La inexistencia y desaparición de la cercanía que me encantaba. ¿Otra vez estoy exagerando? No lo sé, después de todo, como ya dije cualquier mínima cosa puede ser algo muy grande. Pero, algo que no puedo negar es el sentimiento de ver que los demás consiguen aquello que yo anhelo, algo en lo que hago el esfuerzo para conseguirlo, y ellos lo consiguen sin siquiera pedirlo, y terminar pensando
¿Qué hice mal? ¿Qué puedo hacer para volver a tener esa cercanía como ellos? ¿Por qué ellos sí y yo no...? Llegando al punto de querer morirme, Pero fuí suficientemente fuerte, consciente o cobarde, no lo sé.
Gracias a mis razones de vida, y a todos los momentos felices, encantadores y memorables, me dan ganas de seguir viviendo.Parecerán exageraciones, el dramatismo cualquiera de un chico de 16 años con poca o nula madurez emocional, pero más bien, todo esto viene de los pensamientos, los sentimientos de un chico que siente de una forma muy fuerte, de una forma embriagadora, de alguien a quien llaman intenso.
Sí, es tormentoso, ya he perdido la cuenta de las veces que quise rendirme, pero esta obsesión… ¿o determinación? No tengo ni la menor idea. Lo que sé es que, fuera del amor, de la razón por la que escribo, hay mucho más. Mi corazón duele, y busca relajarse, busca distraerse para no romperse, para no morir. El voleibol es una de esas distracciones.
Una de mis adicciones, supongo que se debe a la adrenalina, a la diversión. Me ha salvado tantas veces, y a su vez, de cierta forma me ha condenado, con pensamientos como: “¿Estará bien ir?” No porque sea algo malo, sino porque siento que yo también me alejo, pero, es algo que me gusta, algo que adoro. Abandonar al voleibol sería abandonar lo tanto que he crecido, desechar mi esfuerzo, y me rehúso. Pero claro, hay una nueva contradicción. El voleibol me da una razón de vivir, de seguir, pero ella…
Ella es como la vitalidad, aquello que me da vida. Me rehúso a soltar, porque soltarla significaría morir, significaría dejar atrás aquello que me da vida, ya que, vio a través de mi fragilidad, de mi ser tan débil, y, aun así, me aceptó. Me arrepiento, porque no es su culpa. Ni siquiera siento que hizo algo malo para tener que soportar todo lo que siento. Pero tampoco puedo dejar de amarla demasiado. Es mi alcohol, mi droga que me hace sentir vivo cada vez que la vuelvo a probar. Y volvemos con las malditas incongruencias de aquel chico…