«He escuchado decir que el alma es aquello que hace de cada persona un ser único, una huella invisible que guarda sus recuerdos, sus sueños y aquello que da sentido a su existencia.
Quizá el alma sea eso que permanece cuando todo cambia: la esencia de quienes somos y la marca que dejamos en aquellos que aprendieron a sentirnos».
Capítulo 1El último paisaje
Denise estaba atenta a la ventana del autobús. Observaba el paisaje como quien mira por última vez el rostro de alguien amado e intenta grabar en su memoria cada detalle antes de despedirse.
Las montañas y los campos verdes que había conocido durante toda su vida se alejaban lentamente. Era el pueblo donde había crecido, donde había vivido tantos momentos felices, el que ahora quedaba atrás.
Un sentimiento profundo la invadió al ver cómo la imagen de su tierra se hacía cada vez más pequeña hasta desaparecer.
Llegaron a su mente recuerdos de aquellas tardes hermosas de cielo despejado, cuando corría por los campos junto a su perro El Flaco, sintiendo el olor de la tierra mojada después de la lluvia. Recordó también aquellas conversaciones que se alargaban hasta entrada la noche con los amigos del pueblo, mientras compartían historias y supersticiones.
Ya no le quedaba nada en aquel lugar, pero la sensación de dejar atrás esos recuerdos, las calles tranquilas y todo aquello que todavía hacía especial la vida en provincia, llenaba su corazón de nostalgia.
Sintió un nudo en la garganta.
¿En qué momento dejé de ser niña?, pensó.
También se preguntó cuándo volvería a ver nuevamente su pueblo bonito.
Abrazó la mochila donde guardaba las fotografías de su madre y la chalina que ella misma le había tejido. Cuando cerraba los ojos, sentía que todavía podía percibir su olor.
Muy al fondo, las luces del pueblo comenzaban a desaparecer. Primero fueron pequeños puntos luminosos; después, nada.
El autobús se internó en la oscuridad de la carretera.
Adiós.
El vehículo se detuvo con un largo suspiro, cansado de huir como todo lo demás.
Lima apareció ante ellos como un enorme monstruo de concreto: luces, voces, personas moviéndose de un lado a otro, cada una sabiendo exactamente hacia dónde dirigirse.
Todos parecían conocer su camino.
Denise no.
Mateo sostenía un papel arrugado con la dirección donde debían llegar. Lucía saltaba emocionada. José, en cambio, permanecía inmóvil.
Miraba por la ventana y sentía que todavía podría regresar a través de ella.
Denise bajó primero. Mateo la siguió. Lucía saltaba entre las cajas, divertida, para ella aquello parecia un parque de diversiones.. José descendió último, con la lentitud de quien no quiere llegar al lugar donde lo espera el futuro.
La capital era un idioma que nadie les había enseñado.
Las avenidas parecían ríos sin cauce. Los edificios tocaban el cielo sin pedir permiso. El ruido era constante.
Y extraño.
José caminaba detrás de ellos. Observaba los letreros, los taxistas buscando pasajeros, los vendedores ofreciendo mundos dentro de bolsas de plástico.
¿Quién me preguntó si quería venir?, pensó.
Nadie.
En casa, las decisiones no se discutían.
Se anunciaban.
Denise lo miró. Sabía que su hijo había dejado atrás algo más que amigos. Había dejado su refugio.
Pero también sabía que Lima podía ser algo más que un destino.
Podía ser una promesa.
Una promesa.
Lucía parecía entender aquel caos mejor que todos. Los semáforos, las sirenas y las voces eran para ella una especie de música nueva. Sus ojos brillaban.
La ciudad le hablaba.
Y ella parecía responderle.
Denise respiró profundamente.
El aroma de la tierra húmeda todavía permanecía en su memoria, pero no permitió que la atrapara.
Este lugar también puede tener un espacio para nosotros, pensó.
Y con su familia a su lado —Mateo firme, Lucía sonriente y José en silencio— supo que estaba lista para caminar hacia lo desconocido.