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Una linda casualidad
Diana ♠
Es domingo, las ocho de la mañana. Tiendo mi cama, me cambio y salgo del cuarto.
—¡Buen día, ma! —saludo al entrar a la cocina.
—¡Buen día, Dianis! —responde mientras saltea verduras en la sartén, y el aroma de ajo y perejil llena el aire.
—¿En qué puedo ayudar? —pregunto, lavándome las manos y recogiendo mi cabello en una coleta alta.
—Tráeme los platos, por favor —me indica mamá, con una sonrisa mientras mezcla los ingredientes.
Paso para saludar a papá, concentrado en su ordenador. Eduardo es alto, moreno por el sol, cabello negro con algunas canas, ojos cafés oscuros que siempre parecen observarlo todo. A sus 52 años mantiene la figura y un aire cálido que lo hace fácil de querer.
—Acá están los platos, mamá —digo al dejarlos en la mesada.
—Gracias, ve limpiando la mesa mientras sirvo —responde Lisa, mi mamá, más baja que papá, de cabello castaño oscuro y ojos cafés claros. A pesar de sus cuatro hijos, se mantiene en forma y llena la cocina con su energía tranquila y acogedora.
Somos seis en casa. Julieta, la mayor, tiene 20 años, cabello rizado hasta la cintura, piel clara y ojos un poco rasgados. Extrovertida y alegre, estudia medicina y siempre ilumina cualquier lugar con su sonrisa. Lucas, de 18, alto y delgado, serio pero amable, estudia la misma carrera. Emily, la menor, tiene 8 años, cabello castaño ondulado y una personalidad dulce y curiosa.
Yo, Diana, tengo 16 años. Cabello largo y marrón oscuro, ojos grandes y marrones, tez clara. Delgada, en el penúltimo año de secundaria, pensando qué carrera estudiar; por ahora, derecho es mi favorito.
—La mesa está lista, ma —anuncio mientras acomodo los platos.
—Perfecto, llama a tus hermanos —dice mamá mientras sirve el desayuno, el aroma a pan tostado y café recién hecho me hace sonreír.
El desayuno transcurre entre historias de la universidad de Julieta y Lucas, y anécdotas del colegio de Emily. Yo opino poco; mis mañanas suelen ser más rutinarias. Cada gesto, cada sonido, cada olor, hace que la casa se sienta cálida y viva.
Después recogemos los platos: Julieta lava, Lucas barre y Emily… como siempre, no hace mucho, probablemente más tarde se pondrá con tareas.
Más tarde, voy a charlar un rato con Julieta:
—Ahora que estamos tranquilas, ¿cómo va con tu novio? —susurro.
—Bien, quiero tener una salida con Emilio, ¿me acompañas? —pide con esa carita de súplica que siempre funciona conmigo.
—Está bien, pero quiero un helado y algo de chocolate —respondo, sonriendo mientras la abrazo.
Entre risas, Julieta me suelta:
—No solo iremos los tres… irá Joel.
—¿Quién? —pregunto, arqueando una ceja.
—El primo de Emilio —responde, con una sonrisa traviesa.
Discutimos un poco sobre cómo interactuar con Joel. Yo no hablo mucho con chicos y me incomoda, pero sé que puedo manejarlo con cuidado. Finalmente, me despido y me preparo para salir a la biblioteca: un vestido primaveral con flores sobre fondo lavanda, valerinas, bolso, celular y un toque de brillo en los labios. Perfume, lista.
El sol entra por la ventana mientras cierro la puerta, y siento que la mañana se despide lentamente, dejando paso a lo que será un día lleno de pequeños descubrimientos.
Salgo de casa y camino hacia la parada del bus. Aunque la biblioteca no queda lejos, prefiero no caminar bajo el sol. Me acomodo en mi asiento y saco el celular para avisarle a mamá:
Tu:
—Ma, como te dije, hoy tenía que ir a la biblioteca a ver un libro. Ya estoy en camino, por si no me ves en casa. 😊
Después mando un mensaje similar a papá y guardo el teléfono. Observo el paisaje desde la ventanilla: el cielo despejado, la brisa moviendo las hojas de los árboles. Me gusta este momento de tranquilidad antes de sumergirme entre libros y silencio.
Al llegar a la biblioteca, el aroma a papel antiguo y madera me envuelve. Respiro hondo; siempre me ha encantado este lugar. Camino por los pasillos, buscando el libro que necesito, y entonces algo capta mi atención: un chico de cabello rizado, concentrado en un libro.
Levanta la mirada y lo veo de frente: es Joel, el primo de Emilio. Mido mentalmente su altura; parece un poco más alto que yo, de complexión atlética. Ceja poblada, labios con forma de “V”, mandíbula marcada. Viste un polo negro de cuello camisero, pantalón oscuro y zapatos negros. Lo observo discretamente; él no parece notar mi mirada.
Intento concentrarme en mi búsqueda, hojeando libros sin éxito hasta que finalmente encuentro el que buscaba. Mientras voy hacia la caja, paso cerca de Joel otra vez, que está pagando su libro. Desvío la mirada hacia otros ejemplares que me llaman la atención: algunos que le gustan a Julieta, como Hamlet, Romeo y Julieta y Sangre de campeón.
Mi celular vibra: es mamá.
Mamá:
—Está bien, Dianis. Cuídate y no demores mucho.
Asiento mentalmente y guardo el teléfono. Pago mi libro y salgo. Justo a tiempo lo veo de nuevo, hablando por teléfono. Subo al bus, me acomodo y vuelvo a mirarlo por la ventanilla. Es simpático, aunque solo lo haya visto hoy, y algo en su presencia logra que mi mente divague un poco.
Durante el camino a casa trato de concentrarme en los trabajos pendientes: tarea de química, ejercicios de matemáticas, argumentos para un debate y dos exposiciones. Pero no puedo evitar que la imagen de Joel se repita en mi cabeza; su presencia es curiosamente intrigante, aunque sé que solo lo he visto una vez.
Al llegar a casa, me cambio por ropa cómoda y voy a ver a Lucas, que está leyendo un libro de medicina en su cuarto.
—Hola, mostrito —saludo desde el umbral, con una sonrisa.
—Hola, mostrita —responde, levantando la vista y regalándome una de esas sonrisas que siempre me alegran.