Aquello que tuve que destruir, para ser quien era

capitulo 5 - El concierto

Diana ♠

El amanecer entra despacio por la ventana, con esa luz tibia que se cuela entre las cortinas. Me levanto, tiendo la cama, y busco algo cómodo para empezar el día. Termino poniéndome un pantalón cargo verde oliva y un polo blanco.
Lunes. Rutina. Aunque hoy tiene algo distinto: Lucas tiene concierto.

Sobre el escritorio encuentro una nota doblada con su letra apurada:

Hoy salí temprano porque tengo exposición y quiero llegar bien y estudiar. Cuídate. Las quiero.

Sonrío. A veces me pregunto cómo logra ser tan responsable y tranquilo al mismo tiempo. Preparo avena y unos sándwiches, el desayuno de siempre. Luego voy a despertar a Emily. Come con sueño, pero rápido, como todos los días de colegio. La dejo en la puerta del colegio y, de regreso, el celular vibra en mi bolsillo: mamá.

Le había enviado hace rato, el enlace del afiche del concierto, para ver si podríamos ir.

Mamá:

Buen día, hijita. Está bien, alístense con tiempo. Vamos.

Yo:

Gracias, ma. Te veo más tarde. Cuídate 😉

Guardo el celular en el bolsillo y respiro hondo.

Al llegar a casa, encuentro a Julieta sentada en la barra de la cocina, leyendo con los pies descalzos.

—¿Ya desayunaste? —pregunto, mientras me recojo el cabello en una coleta.
—Sí, ¿y tú?
—No todavía, justo iba a hacerlo. Oye, no te olvides que hoy Lucas tiene presentación, tenemos que estar listas temprano.
—Claro, solo voy a ordenar unos trabajos de la uni y después vemos el resto.
—Perfecto. Por cierto… ¿qué tal todo con tu novio? —le digo mientras me sirvo la avena.
—Todo bien, de maravilla. ¿Y tú qué tal con tu novio? —pregunta, con un brillo burlón en los ojos.

—Ay, no empieces —respondo girando los ojos—. Tú misma me dijiste que le aceptara cuando se declaró, y ahora mírame. No sé ni por qué lo hice.

La verdad es que fue más aburrimiento que emoción. Él era de mi grupo de trabajo, sin mucho interés en los estudios, y cuando me lo confesó lo hizo con tanta simpleza que ni supe qué sentir. Julieta tomó mi celular y respondió por mí con un simple . Así empezó. Pero si lo pienso bien, nunca sentí nada en serio por nadie. Cuatro relaciones y ni una chispa real.

—Diana, se nota que para las relaciones no naciste —dice Julieta riendo—. Ni para amar… ni para que te amen.
—Ajá, gracias por el halago.
—De nada, hermana. ¿Qué te pondrás esta noche?
—Lo veré luego. Anda, ve tranquila.
—Está bien. Nos vemos —me dice, antes de salir.

Me quedo en silencio un momento. Lo que dijo… me golpea más de lo que debería.
Tal vez tiene razón. Tal vez nací para estar sola, aunque esté rodeada de gente.
A veces lo siento: una soledad que no duele, pero pesa.
¿Quién querría a alguien como yo?

El celular suena de nuevo. Lucas.

—¿Diana? Estoy de camino a casa. Salí temprano. ¿Quieres salir a caminar un rato? Después cocinamos juntos.
—Claro, hermanito. Hasta que llegues termino unas cosas.
—Perfecto. Le avisé a mamá y papá. Y alístate bonita, como siempre.

Sonrío, sin querer. Él tiene ese don: convertir un día cualquiera en algo ligero.

Cuando llega, le abro la puerta.
—¿Cómo te fue? —le pregunto.
—Bien. ¿Y tú?, estás preciosa, hermanita —dice, girándome suavemente para verme.
—Gracias. ¿Limonada?
—Sí, por favor.

Lo observo mientras bebe. Lucas es mi refugio. Mi confidente. Si algo en mi vida tiene sentido, es él.

Salimos a caminar y la mañana pasa sin apuro, entre risas y silencio.
Dos horas después.
—Hermanita, ¿te parece si ya regresamos?
—Claro, gracias por el paseo. Estuvo lindo.

De vuelta en casa, empezamos a preparar el almuerzo. Fideos, salsa, ensalada, papas al horno. Mientras la salsa hierve, llega Julieta con Emily. Todo se llena de ruido y olor a comida casera. Almorzamos tranquilos, sin mis padres. Conversamos poco, pero se siente bien.

Ya en la tarde, empiezo a arreglarme. Me pongo una cafarena beige, una falda, tacones negros y un abrigo largo. Dejo mi cabello en una coleta y me pongo perfume. Julieta entra con un vestido azul marino y un brillo en los labios.

—¿Lista? —pregunta.
—Lista.

Cuando mis padres llegan, se cambian rápido y salimos. El teatro municipal nos recibe con luces cálidas y murmullos elegantes. Lucas se despide de nosotros con su estuche de violín en la mano, y se pierde entre los músicos.

Nos sentamos en el palco asignado. Mamá hojea el programa, papá observa el escenario con orgullo, y yo intento relajarme... hasta que lo veo.
Joel.
Está ahí, unos asientos más allá de Lucas. Con traje oscuro, camisa blanca, el cabello peinado con un rizo rebelde cayéndole en la frente. Y esa mirada concentrada, seria, imposible de ignorar.

—Ahí está Emilio —dice mamá con desagrado.
El aire se tensa. Mis padres nunca toleraron a esa familia.
—Sí, ya lo vi —responde papá—. Julieta, ni lo mires.
—Claro que no, papi —responde ella con voz melosa.
—Eso espero, hijita. Confío en ti.
—Ya va a empezar —interrumpo, bajito, queriendo apagar esa conversación.

Las luces bajan. El silencio se hace presente.
Y entonces la música empieza.

Violines, chelos, flautas, todos respirando al mismo ritmo. Una melodía suave, ascendente, que llena el teatro.
Mis ojos buscan a Lucas, pero terminan en Joel.
Toca con una elegancia que no sabía que existía fuera de las películas. Sus manos se mueven seguras, los dedos rozan el arco como si acariciaran el aire. Ese rizo en su frente cae justo en el momento en que la melodía cambia.
Y no sé por qué, pero siento que podría quedarme horas mirándolo.




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