Argentina Grafiti.

Capítulo 1: El Aleph

Bienvenidos a Malven, un pequeño pueblo escondido entre las altas montañas de un hermoso país. Un lugar tranquilo, rodeado de bosques y caminos de piedra, donde todos parecen conocerse... y donde los secretos son tan comunes como el viento que recorre sus calles.

Sin embargo, no esperen que revelemos su ubicación. Los habitantes de Malven prefieren mantener su hogar lejos de los mapas y de las miradas curiosas. Así que será mejor cambiar de tema antes de que alguien venga a reclamarme por hablar demasiado.

Nuestra historia comienza frente a las puertas de la Secundaria Agustín Julio, el lugar donde decenas de adolescentes pasan gran parte de sus días estudiando, haciendo amigos y, en algunos casos, metiéndose en problemas.

Lunes, 21 de febrero de 2017.

13:35 p. m.

Un automóvil blanco se detuvo frente al edificio escolar. Sobre la entrada destacaba un gran cartel con el nombre de la institución: "Secundaria Agustín Julio".

Del asiento del acompañante descendió un muchacho de catorce años. Permaneció unos segundos inmóvil, observando el edificio mientras inhalaba profundamente, intentando controlar los nervios que le revoloteaban en el estómago.

—¿Estás listo para esta nueva aventura? —preguntó su madre desde el interior del vehículo.

—Sí, mamá. No te preocupes —respondió él con una sonrisa tímida.

Antes de cerrar la puerta, acomodó la mochila sobre sus hombros. En la cartuchera podía leerse claramente un nombre escrito con marcador negro: Francisco.

Con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal, cruzó la entrada y recorrió el largo pasillo que conducía a su salón. Al llegar, encontró a varios chicos de su misma edad conversando, riendo o revisando sus teléfonos mientras esperaban el comienzo de clases.

Francisco respiró hondo una vez más. No quería llamar la atención. Solo deseaba encontrar un lugar donde sentarse.

Sus ojos se detuvieron en un muchacho que escuchaba música con auriculares mientras miraba la pantalla de su celular.

—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó casi en un susurro.

El chico levantó la vista, se quitó uno de los auriculares y sonrió con naturalidad.

—Sí, claro. Si quieres.

Francisco tomó asiento a su lado.

—Soy Macor —se presentó el joven, extendiéndole la mano.

—Francisco... pero puedes decirme Fran.

Ambos estrecharon sus manos. Macor volvió a colocarse los auriculares, mientras Fran comenzaba a observar discretamente el salón, intentando familiarizarse con su nuevo entorno.

De pronto, la puerta del aula se abrió.

Una mujer pelirroja, de lentes rectangulares y tacones altos, ingresó con una expresión tan seria que parecía estar allí únicamente por obligación. Su presencia bastó para que las conversaciones cesaran poco a poco.

—Soy la directora, Silva Moral —anunció con voz firme—. Les recomiendo respetar las normas de esta institución. De lo contrario, perderán puntos disciplinarios.

Los alumnos intercambiaron miradas silenciosas.

—Y otra cosa —continuó la directora sin modificar su expresión—. Aquí tendremos mucha menos paciencia que en la primaria. Ya no son niños.

Sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta y abandonó el salón.

Apenas salió, una segunda mujer entró con una energía completamente distinta. Era delgada, llevaba botas, algunas mechas rubias en el cabello y una cálida sonrisa que contrastaba con la tensión que acababa de dejar la directora.

—Veo que ya conocieron a la directora —comentó entre risas mientras se acercaba al pizarrón.

Abrió su bolso, sacó un fibron y escribió con letra prolija:

Noelia Jaque

—Seré su profesora de Lengua. Debo admitir que esta es una de mis materias favoritas, así que espero transmitirles aunque sea una parte del entusiasmo que siento al enseñarla.

Algunos alumnos sonrieron; otros apenas levantaron la vista.

—Bien. Para empezar, saquen una hoja. Quiero que escriban qué esperan aprender en esta materia y por qué eligieron estudiar en esta escuela.

El sonido de carpetas abriéndose y hojas deslizándose sobre los pupitres llenó el salón. Mientras la mayoría comenzaba a escribir con mayor o menor interés, Francisco tomó su lapicera, observó la hoja en blanco frente a él y comprendió que aquel era el primer paso de una etapa completamente nueva en su vida.

Miércoles, 22 de febrero de 2017.

16:30 p. m.

La tarde avanzaba con lentitud en la Secundaria Agustín Julio.

En el aula de Matemáticas, la profesora dictaba una larga lista de ejercicios mientras escribía números y fórmulas en el pizarrón. Sin embargo, para la mitad del curso aquellas explicaciones parecían convertirse en ruido de fondo.

En la última fila, Francisco intentaba copiar cada ejercicio con atención. A su lado, Macor estaba mucho más concentrado en el juego de su celular que en las ecuaciones.

—¿No vas a hacer la tarea? —preguntó Fran sin apartar la vista de su carpeta.

—¿Para qué? Después te la pido a vos.

Fran soltó una risa.

La profesora levantó la vista de inmediato y caminó hasta sus pupitres.

—Macor... entrégame el teléfono.

El muchacho intentó esconderlo debajo de la carpeta, pero la docente fue más rápida y se lo quitó de un solo movimiento.

—¡Qué vieja de...!

Antes de que pudiera terminar el insulto, Fran le dio un discreto codazo en las costillas.

Macor cerró la boca a tiempo.

Un par de risas se escucharon detrás de ellos.

Al darse vuelta encontraron a dos compañeros observando toda la escena con una sonrisa burlona.

—Te dijimos que tarde o temprano esa vieja te lo iba a sacar —comentó Abel entre risas.

Resignado, Macor tomó un lápiz y comenzó, por fin, a resolver los ejercicios.

—Che... escuché un rumor durante el recreo.

Las miradas de Fran y Macor se dirigieron hacia Abel.

—Dicen que un pibe de segundo año está vendiendo marihuana en los baños.




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