Domingo, 00:15 a. m.
En el estacionamiento de la secundaria
Navarro avanzó casi corriendo hasta la camioneta de Gabriel. Aún podía escuchar, a lo lejos, los gritos y el caos que habían quedado atrapados en el gimnasio.
Abrió de golpe la puerta del acompañante y se dejó caer en el asiento, respirando con dificultad.
—La cagamos.
Gabriel no lo miró. Encendió el motor con calma, como si nada hubiera ocurrido.
—Tenemos que volver —insistió Navarro—. Hay que decirle al director que fue una broma, que salió mal.
Gabriel soltó una risa seca, sin emoción.
—¿En serio?
Navarro calló. El silencio se volvió pesado mientras la camioneta avanzaba lentamente hacia la salida.
—No hace falta —dijo Gabriel.
—¿Cómo que no hace falta?
—Porque en una semana nadie se va a acordar.
Navarro negó con la cabeza.
—Vos no viste la cara de Camila.
Gabriel apoyó la mano en el volante y sonrió con desprecio.
—Ella ya está acostumbrada.
Navarro lo miró, desconcertado.
—Tiene una madre que la vive criticando, siempre cree que no encaja… y ahora esto.
Se encogió de hombros.
—Solo fue otro golpe.
Las palabras le revolvieron el estómago a Navarro. Mientras la camioneta se alejaba de la secundaria, la culpa comenzó a crecer dentro de él. Por primera vez, se preguntó si realmente quería seguir al lado de Gabriel.
Domingo, 00:30 a. m.
En la casa de Camila
La puerta principal se abrió lentamente. Camila entró sin hacer ruido. El vestido estaba manchado, el maquillaje corrido por las lágrimas, la mirada perdida.
La casa permanecía a oscuras. Al encender la luz del living, dio un pequeño sobresalto: su madre la esperaba sentada en el sillón.
—¿Qué pasó?
Camila intentó responder, pero las lágrimas volvieron a caer. Su madre se levantó despacio, apartó un mechón de cabello de su rostro.
—¿Qué te hicieron?
Camila bajó la cabeza.
—Todo fue una mentira… —su voz se quebró—. Pensé que, por una noche, podía sentirme como los demás.
La mujer la observó unos segundos antes de suspirar. Volvió al sillón y se sentó con calma.
—Ya te lo había dicho. Ese mundo no es para vos.
Camila levantó lentamente la vista. El silencio se volvió insoportable.
—Esos chicos nunca te van a aceptar como vos querés. Quizá todo esto solo te demuestra que tenés que dejar de intentar encajar donde no pertenecés.
Las palabras pesaban como piedras. Camila apretó los puños y subió las escaleras casi corriendo. La puerta de su habitación se cerró de un portazo que resonó por toda la casa.
Su madre permaneció inmóvil en el sillón. Miró la escalera unos segundos y murmuró en voz baja, casi para sí misma:
—No te preocupes… Mientras estés conmigo, nadie va a volver a lastimarte.
Pero sus palabras, lejos de sonar protectoras, hicieron que la casa se sintiera más fría, más silenciosa que nunca.
Domingo, 01:00
En las calles de la ciudad
Gallego caminaba sin rumbo fijo, con la mirada perdida en la oscuridad. Las bicicletas que pasaban a su lado eran apenas sombras fugaces. Buscaba a Camila, pero era inútil: la ciudad parecía tragársela.
Se detuvo frente a un teléfono público. Levantó el auricular con manos temblorosas y marcó el número de Francisco.
—Necesito tu ayuda —dijo, con la voz quebrada.
El silencio de la noche lo envolvió mientras esperaba una respuesta.
Domingo, 01:05
En la casa de Camila
Camila se había puesto el vestido que su madre le había regalado. Frente a la mesa, escribía con rapidez sobre una hoja, llenándola de palabras que parecían brotar de un dolor profundo.
Abrió el cajón y sacó un frasco amarillo. Lo sostuvo unos segundos, como si pesara más que todo su cuerpo.
—Dije adiós… —susurró.
Guardó la carta en el bolsillo, abrió la ventana y se sentó en el marco. La noche estaba tranquila, demasiado tranquila. Con lágrimas en los ojos, destapó el frasco y se llevó las pastillas a la boca. El sabor amargo la hizo llorar aún más. El cansancio y el mareo comenzaron a apoderarse de ella.
Domingo, 01:10
Frente a la casa de Camila
Fran y Gallego llegaron corriendo. Fran dudaba, con el corazón acelerado.