Domingo, 11:13
Casa de Gabriel
Gabriel salió del baño secándose el cabello con una toalla. Sobre la cama descansaba un libro. Lo tomó, lo miró con una sonrisa irónica y lo dejó nuevamente sobre el colchón.
—Ahora sí… hijo de puta.
Se dirigió al armario, sacó ropa limpia y se vistió con calma. Frente al espejo, se observó unos segundos, como si intentara convencerse de algo.
—Dios… qué difícil es mantenerse fuerte cuando uno no deja de preguntarse qué va a decir el mundo.
Abrió un cajón y sacó un revólver. Revisó el tambor con precisión.
—“Hacé un plan”… “Sé un hombre”… —repitió con sarcasmo, soltando una risa amarga—. Toda esa maldita mierda solo se interpone en el camino.
Guardó el arma en la cintura. Con la sonrisa aún en el rostro, salió de la habitación.
Lunes, 12:32
Casa de Francisco
Francisco estaba sentado frente al espejo, observando su reflejo en silencio. Finalmente habló:
—Todos los días le pido a Dios que cada decisión que tome sea la correcta.
Se levantó y abrió la ventana. Una brisa suave entró en la habitación.
—¿A dónde voy? ¿A quién voy a conocer? ¿Voy a terminar lastimando a alguien sin querer?
Apoyó la espalda contra la pared y volvió a sentarse en la cama, dejando que las preguntas giraran en su cabeza como un eco interminable.
Lunes, 12:35
Casa de Francisco
Francisco leía una historieta del Llanero Solitario cuando escuchó un golpe suave contra la ventana. Levantó la vista: Luka estaba allí, mirándolo desde el otro lado del vidrio.
Abrió la ventana y lo dejó entrar. Luka evitó mirarlo a los ojos.
—Mi mamá me contó que ya sabés todo.
El silencio se instaló entre ambos.
—¿Ahora me vas a dejar de lado? —preguntó Luka, con la voz quebrada—. ¿Ya no vas a querer verme?
Francisco dejó la historieta sobre la cama y lo abrazó.
—Claro que no.
Luka cerró los ojos.
—Estoy roto, Fran. Tengo miedo de perder el control… de hacerte daño si algún día me pasa algo.
Retrocedió un paso. Francisco volvió a acercarse.
—Entonces los dos estamos rotos.
Luka levantó lentamente la cabeza.
—Y eso no nos hace diferentes.
Francisco le tomó las manos con suavidad.
—No somos héroes ni monstruos. Somos dos chicos de diecisiete años tratando de entender un mundo que a veces duele demasiado.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Luka.
—La gente siempre termina lastimándonos… o desapareciendo.
Tomó un portarretrato del escritorio y lo sostuvo unos segundos.
—Y sí… eso apesta.
Respiró hondo.
—Pero… ¿de verdad es tan difícil que podamos vivir como cualquier otro chico de nuestra edad?
Francisco dio un paso más y le acarició la mejilla.
—Yo quiero estar con vos.
Luka lo miró fijamente.
—¿Incluso sabiendo cómo soy?
Francisco sonrió.
—Justamente por eso.
Lo abrazó otra vez.
—Sí, estamos dañados. Los dos cargamos heridas que nadie ve. Pero tu amor vale demasiado como para dejarlo escapar.
Apoyó la frente contra la de Luka.
—Entonces… abrazame —susurró Luka—. Abrazame fuerte… porque si todavía podemos elegir a alguien…
Francisco lo rodeó con los brazos.
—…yo te elijo a vos.
Luka respondió al abrazo con todas sus fuerzas. Por unos instantes, el miedo, las dudas y el dolor dejaron de existir. Solo quedaron ellos dos, sosteniéndose mutuamente en silencio.
Martes, 12:46
Consultorio psicológico
Gerónimo estaba sentado frente a la psicóloga, que tomaba apuntes con calma mientras lo escuchaba.
—Entonces… ¿cómo te sentiste después de contarle todo a otra persona? —preguntó ella.
El joven guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Me sentí mejor… pero todavía es como si estuviera flotando en un barco perdido, en medio de un océano oscuro y embravecido.
Se acomodó en el sillón.
—Todo se siente frío, húmedo… y aunque estoy rodeado de gente, sigo sintiéndome solo.
La psicóloga levantó la vista del cuaderno.
—¿Y qué pasa cuando estás con tus padres?