Lunes, 09:20
Casa de Gabriel
Gabriel hojeaba una revista de moda, marcando con un bolígrafo distintas prendas negras: chaquetas, camisas, botas, guantes. Todo debía seguir una misma estética.
Tomó el teléfono y realizó un pedido.
—Sí… exactamente esas prendas. Escuchó unos segundos la respuesta. —Perfecto. Espero la entrega.
Colgó con tranquilidad. Casi de inmediato, el teléfono volvió a sonar. Gabriel sonrió antes de contestar.
—Hola… sabía que ibas a llamarme.
Se levantó y caminó hasta el espejo de la sala. Mientras acomodaba su cabello, observó fijamente su reflejo.
—Tranquilo… dejame llegar hasta vos.
Abrió el armario, tomó una campera negra y comenzó a ponérsela.
—En unos minutos paso a buscarte.
Colgó la llamada y salió de la casa sin borrar la sonrisa de su rostro.
Lunes, 11:37
Casa de Francisco
Francisco abrió los ojos lentamente. Todavía medio dormido, tomó el celular de la mesa de luz. Dos mensajes anotados por su madre lo esperaban:
Luka llamó. Gallego también.
Abrió primero el de Luka. "Te espero en la azotea."
—Mierda…
Se vistió a toda velocidad, abrió la ventana y trepó hasta la escalera del vecino para subir.
En la azotea encontró a Luka sentado sobre una manta. Había preparado un desayuno sencillo: tostadas, café y frutas.
—Buenos días —dijo Luka sonriendo—. Pero no me des un beso… tengo un aliento horrible.
Francisco soltó una risa.
—No me importa.
Se sentó junto a él y tomó una tostada. Compartieron el desayuno en silencio hasta que Luka respiró hondo.
—Tengo que contarte algo.
Francisco dejó de comer. Luka bajó la mirada.
—Mi mamá quiere internarme en un instituto especializado. Dice que es lo mejor para mi enfermedad. Pero yo no quiero ir.
Sacó dos pasajes de avión del bolsillo de la campera y los extendió hacia Francisco. Destino: Cancún, México.
Francisco los tomó, sorprendido.
—¿Esto es una broma?
Luka negó.
—Quiero que nos vayamos.
Francisco devolvió los pasajes.
—Luka… no podemos hacer eso. Tenemos diecisiete años. No podemos desaparecer de un día para el otro.
Luka se puso de pie de golpe.
—¿Y qué querés que haga? Siento que vivo esperando el momento en que mi enfermedad me destruya.
Miró las cicatrices en sus brazos.
—Estoy lleno de heridas… como si mi cuerpo necesitara un manual para aprender a existir.
Se acercó al borde de la azotea.
—Tengo miedo de terminar lastimándome… o de hacerte daño a vos.
Francisco caminó hasta quedar a su lado.
—Tu enfermedad no te define. Hay días buenos y días malos. Y sí, ahora estamos en uno de los peores. Pero no pienso abandonarte.
Luka permaneció en silencio. Después apartó con suavidad la mano de Francisco.
—No te preocupes. Olvidá que dije todo eso.
Forzó una sonrisa que no ocultaba el dolor y comenzó a bajar las escaleras.
Francisco quedó inmóvil, observando cómo se alejaba. Sobre la manta seguían los dos pasajes a Cancún. El viento los movía lentamente, como si aún esperaran una respuesta que nunca llegó.
Lunes, 16:04
Parque
Gallego esperaba sentado en una banca del parque. Había quedado en encontrarse con Francisco, pero los minutos seguían pasando y él no aparecía dejando escuchar el único sonido que rompía el silencio era el viento moviendo las hojas de los árboles.
Entonces escuchó pasos detrás de él. Se dio vuelta pensando que era Francisco, pero resultaba ser Gabriel que avanzaba con una sonrisa tranquila, casi burlona.
—¿Qué mierda hacés acá? —preguntó Gallego, poniéndose de pie.
Gabriel se detuvo a pocos metros.
—Solo quería ver la función desde primera fila.
Gallego frunció el ceño.
—¿De qué hablás?
Gabriel soltó una leve risa.
—Digamos que… tuve una pequeña charla con la policía.
Hizo una pausa, disfrutando del momento.
—Y les conté dónde hacías tus negocios.
Durante un instante, el tiempo pareció detenerse a lo lejos comenzaron a escucharse sirenas cada vez más cerca haciendo que Gabriel sonriera.
—Si fuera vos… empezaría a correr.
Gallego no esperó un segundo más. Se dio media vuelta y salió corriendo entre los senderos del parque.