Argento

Capítulo 45: El Filo de la Obsesión

El humo todavía se arremolinaba como fantasmas grises a su alrededor, pero la visión de Elara estaba fija solo en un punto: el brillo salvaje en los ojos de Valen. Estaban a salvo de las llamas del edificio, pero el calor que emanaba de su cercanía era mucho más peligroso. La adrenalina de la supervivencia se había transformado, sin transición alguna, en una urgencia visceral, una necesidad de reafirmar que seguían vivos, que seguían siendo ellos.

“No me sueltes,” murmuró ella, acortando el escaso espacio que los separaba. Su aliento rozó los labios de él, cargado de ceniza y deseo.

Valen no respondió con palabras. La rodeó con los brazos, atrayéndola con una fuerza que rozaba la desesperación. Sus bocas se encontraron en un beso que sabía a supervivencia y a advertencia. No era un beso tierno; era una reclamación, una batalla ganada contra la oscuridad que Clara había intentado proyectar sobre ellos. Él la pegó contra el capó frío de un coche abandonado, y la disparidad entre el metal gélido bajo ella y el calor abrasador de Valen la hizo jadear.

“Casi te pierdo,” gruñó él contra su cuello, sus manos recorriendo su cuerpo con una intensidad que le robaba el oxígeno. “Dime que esto es real. Dime que no te dejaste atrapar por esa oscuridad.”

“Soy tuya, Valen,” susurró Elara, sus uñas clavándose en sus hombros. “Más tuya que nunca.”

Pero la pasión al límite se vio interrumpida por una vibración fría en el aire. No era el fuego. Eran pasos. Pasos pausados, rítmicos, que se acercaban desde la sombra de un callejón cercano. Clara no estaba sola. A su lado, emergió una figura que Elara no había visto antes, pero cuyo aire de autoridad y frialdad la paralizó al instante.

“Es una lástima interrumpir un momento tan… instintivo,” dijo Clara, aplaudiendo lentamente. Su acompañante, un hombre de edad indefinida y mirada de hielo, observaba la escena con una curiosidad clínica.

Valen se separó de Elara, colocándose frente a ella como un escudo. Sus músculos estaban tensos, listos para la violencia. “¿Qué quieres ahora, Clara? Ya no tienes la galería para jugar tus juegos.”

“Oh, la galería era solo el escenario,” respondió ella, señalando al hombre a su lado. “Él es quien realmente posee las respuestas sobre por qué Valen está marcado. Él es quien escribió el primer capítulo de tu tragedia.”

El hombre dio un paso adelante, y bajo la luz parpadeante de una farola, Elara vio algo que le heló la sangre. El hombre llevaba un anillo de sello idéntico al que Valen guardaba en una caja fuerte secreta, un anillo que él le había dicho que era la única prueba de que su padre no había muerto en el accidente que le arrebató su infancia.

“Valen,” susurró Elara, horrorizada, dándose cuenta de la traición que se cernía sobre ellos. “Él tiene tu historia.”

El hombre sonrió, una mueca que no llegó a sus ojos. “Valen, hijo. Has tardado demasiado en buscarme. Y ahora, me temo que el precio por tu curiosidad será mucho más alto de lo que tu musa puede pagar.”

Valen palideció, su cuerpo vibrando de rabia y shock. “Tú… tú estás muerto.”

“Lo que está muerto es tu pasado,” sentenció el extraño, sacando un arma que brilló bajo la luz artificial. “Y hoy, voy a asegurar que tu futuro siga el mismo camino.”

Valen se lanzó hacia adelante, pero antes de que pudiera tocarlo, un disparo rompió el silencio de la noche, y el mundo de Elara se sumió en un grito silencioso.

¿Quién ha caído en el asfalto? ¿Es este el final de la batalla o apenas el comienzo de la verdadera pesadilla?




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