CAPÍTULO 10
Oscuridad. Solo un pulso azul. Lento. Inquietante. Como un corazón antiguo… que no debería latir.
Tomás trató de moverse, pero las correas de cuero raspaban sus muñecas. La piedra fría detrás de su espalda le hizo entender que ya no estaba con Mateo y Camila.
Otra vez estaba encerrado.
Una mesa de madera improvisada sostenía el Fragmento del Edén: dos piezas casi totalmente unidas a la fuerza, vibrando, como si intentaran… reconocerse, pero no lo logran del todo.
Tomás sintió electricidad correrle por los dedos. Después:
un salto. Una imagen vívida. Una vida que no era la suya.
—Fabrizio —susurró una voz ronca, como si emergiera desde adentro de su pecho.
Y el mundo cambió.
···
NEBLINA DE MONTES…
ITALIA… LOMBARDÍA…
Un hombre con capucha negra corría por los tejados de piedra mojados.
Junto a él, otro, respiración agitada. Ettore.
—¡No deberías haberlo hecho! —gritó Ettore sin detenerse—. ¡No entendés lo que está en juego!
Fabrizio voltea. Sus ojos arden.
—La libertad no se negocia. Ni siquiera con los dioses.
Se oyen pasos templarios… se acercan.
Ettore lo sujeta del brazo, desesperado:
—¡Te van a matar, hermano! ¡Y a todos nosotros con vos!
Fabrizio lo suelta… pero con ternura.
—Si nuestro destino es obedecer… entonces no vale nada.
Se da vuelta… y salta.
Cuchillas ocultas brillando bajo la lluvia.
…
Tomás sintió el vértigo del salto. Sintió la caída.
Sintió el choque de acero contra acero…
Y el dolor de un golpe directo al estómago.
Oscuridad otra vez. Una respiración acelerada. La suya.
—Tomás… ¿me escuchás? ¡Tomás!
La voz de Camila.
Desesperada. Del otro lado de la puerta.
—¡Aguantá, ya vamos! ¡Mateo está buscando la forma de abrir esto!
El Fragmento volvió a latir.
Más fuerte. Más rápido.
Tomás gritó al sentir cómo algo lo arrastraba de nuevo.
···
LADRILLO… HUMEDAD… SANGRE…
Fabrizio, arrodillado. Templarios rodeándolo.
Y frente a él…
El Padre Gabriel Montfort.
—Un hombre no debe pretender entender la voluntad de Dios —sentencia el sacerdote, acercándose—. Mucho menos… oponerse a ella.
Ettore está al fondo. Maniatado. Llorando. Pidiendo que no lo hagan.
NADA TIENE SENTIDO. PARECE UN SUEÑO.
Montfort coloca una mano sobre la cabeza de Fabrizio.
Reza. Luego, un gesto seco a uno de los templarios.
Un destello. Un filo. Una garganta que se abre en un hilo carmesí.
Ettore grita. Y Tomás siente la muerte como si la cuchilla acabara de pasarle por su propia piel.
···
El salto de regreso lo lanza al suelo de la celda.
Está sudando y jadeando.
Camila del otro lado golpea la puerta.
—¡¿Qué está pasando ahí?!
El Fragmento vibra. Un resplandor azul lo envuelve.
Y entonces… una voz:
—Tu sangre me falló una vez. No fallará dos.
No es Fabrizio. No es Montfort.
No es nadie humano. Es Ísu.
Tomás forcejea, aterrado.
—¡¿Quién sos?! —grita al aire, a la piedra, al objeto— ¡¿Qué quieren de mí?!
El Fragmento responde con una imagen brutal: Fabrizio cayendo muerto en su lugar.
Tomás rompe en un alarido.
—¡YO NO SOY ÉL!
···
Del otro lado, Mateo logra forzar la cerradura. La puerta cae.
Tomás, de rodillas.Ojos desorbitados.Sangre bajándole de la nariz.
Mateo apunta el arma por instinto. Camila se tira junto a Tomás para sujetarlo.
—Ey, ey… —susurra ella—. Estás con nosotros. Estás acá.
Tomás apenas puede hablar entre respiraciones:
—Él… desobedeció.
Me mataron… me mataron…
Mateo frunce el ceño.
—¿Quién te mató?
Tomás levanta la mirada.
—Un cura. Dice. —Montfort.
Mateo y Camila lo levantan y huyen con Tomás.
···
Luego, el Fragmento incompleto sigue latiendo. Cada vez más fuerte. Como si acabara de despertar, pero esa parte se halla atada irremediablemente a la cripta.