Capítulo 19
Tomás abrió los ojos con un sobresalto. Estaba acostado en una camilla, conectado a sensores que parpadeaban como si dudaran de que siguiera vivo.
El techo era blanco, clínico, demasiado tranquilo para el caos que todavía sentía correrle por la sangre.
Intentó incorporarse, pero un dolor punzante le atravesó el pecho. La habitación estaba en penumbras, excepto por la luz que venía del vidrio espejado frente a él. Sabía que había gente del otro lado observándolo, midiendo, evaluando si seguía siendo útil.
Una voz salió por el altavoz. “Tomás, volviste demasiado rápido. El protocolo indica mantenerte en reposo hasta estabilizar la actividad neuronal.” Él reconoció el tono: Agustina Benítez, la investigadora amiga que lo había contactado. Su voz sonaba preocupada, pero no afectada.
Un recuerdo lo golpeó: Camila sangrando. Mateo peleando sin aire. Montfort avanzando con calma de monstruo.
Tomás apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula.
“¿Qué pasó con ellos?”, preguntó. Nadie respondió. Los datos importaban más que las personas. Los templarios siempre habían sido así.
Un guardia abrió la puerta y entró acompañado de una doctora. “Hay que sedarlo”, dijo la mujer mientras preparaba una jeringa. Tomás trató de alejar el brazo, pero el guardia lo sujetó contra la camilla. Respiró acelerado. Tenían sus recuerdos, su identidad, su cuerpo.
Y no pensaban devolverle nada.
“Traigan a Lothian”, ordenó Agustina desde el altavoz. “Él sabrá qué hacer.”
Tomás sintió un escalofrío. Marcus Lothian era el hombre que le había prometido que el Animus era “una herramienta para entender el pasado, no para reescribirlo”. Una mentira más elegante que las otras.
La jeringa se acercó a su piel.
Tomás la detuvo con una pregunta cargada de miedo y desafío:
“¿Volví solo?”.
La doctora dudó antes de contestar.
“No encontramos a nadie más.”
El mundo se le vino encima. Camila. Mateo. ¿Habían quedado atrapados en el pasado? ¿Habían muerto allí? ¿Él los había abandonado?
El guardia lo sostuvo más fuerte cuando Tomás intentó soltarse. La aguja estaba a milímetros de su vena.
Se encendió una alarma. La luz roja bañó el cuarto.
Una explosión retumbó en los pasillos. Los guardias se llevaron la mano al arma.
Se escucharon gritos y disparos afuera.
La doctora dejó caer la jeringa. La puerta del vidrio espejado tembló por un impacto más fuerte.
Tomás supo que su historia todavía no terminaba ahí.
Capítulo 20
El pasillo vibraba con la alarma. Vicente corrió esquivando personal de seguridad, mientras intentaba acceder desde una tablet al sistema central.
Su corazón le golpeaba el pecho con más fuerza que los destellos rojos de emergencia.
“Tomás Correa está despierto. Van a sedarlo de nuevo”, escuchó en los auriculares. Una voz masculina y desconocida. Vicente no preguntó quién era. Solo respondió: “Decime qué tengo que hacer”.
Giró una esquina y vio humo salir de una puerta derribada. Los guardias estaban tendidos en el suelo, inconscientes. Vicente dudó en avanzar, pero el trueno de otra explosión lo empujó hacia adelante.
Sabía que el atacante no estaba ahí para salvar a Tomás.
Desde el sistema interno, logró cortar la energía del ala médica. Las cerraduras automáticas se destrabaron. Si Tomás tenía fuerzas, ahora podía moverse. “Aguantá, hermano… estoy acá”, murmuró mientras sus dedos temblaban sobre la pantalla.
La radio captó una pelea cercana. Gritos. Pasos que se acercaban. Vicente se escondió detrás de un módulo de almacenamiento mientras revisaba un mapa de la base. Tenía que llegar a Tomás antes que los otros. O antes que lo desconectaran para siempre.
—Vicente —susurró una voz femenina detrás suyo.
Se dio vuelta sobresaltado. Agustina estaba ahí, respirando agitada, con el guardapolvo manchado de polvo y sangre.
—¿Qué hacés acá? —preguntó él sin tiempo para sorprendidas explicaciones.
—Estoy buscando a Tomás —respondió ella, con la misma desesperación que él.
Un estruendo mayor sacudió la estructura. El suelo tembló bajo sus pies. Luces explotaron desde el techo. El humo comenzó a llenar el pasillo, obligándolos a avanzar a ciegas por instinto y miedo.
“¡Encontraron al sujeto 35, Correa! ¡No lo dejen escapar!”, gritó alguien por megáfono. Vicente sintió un nudo helado en el estómago.
Tomás estaba en medio de los disparos.
Corrieron hasta la sala del vidrio espejado. La camilla estaba volcada. Los sensores arrancados. Había sangre en el piso. Y un guardia clavado contra la pared como una estaca humana.
Tomás ya no era prisionero. Pero tampoco parecía ser él mismo.
Vicente y Agustina se miraron sin saber si sentir alivio o terror.
Una sombra se movió al fondo. Se escuchó un jadeo, como si alguien estuviera resistiendo su propia respiración.
Y una voz ronca, casi irreconocible, salió de la oscuridad:
—No… me acerquen… el medallón…