Atrapada

Atrapada

Otra vez desperté

Otra vez desperté.

No sé si es de mañana o de noche. Aquí no existe esa diferencia. La oscuridad es siempre la misma: espesa, viva, como si respirara. Las paredes de piedra están tan cerca que puedo tocarlas sin mover los brazos del todo. Siento su frialdad en mi espalda, en mis muslos, en los codos. El frío nunca se va. En las noches —o lo que creo que son noches— tiemblo tanto que me duelen los dientes.

La puerta está cerca de mis pies. Lo sé porque puedo escucharla: la madera podrida cruje cuando el viento pasa por las grietas. A veces, si cierro los ojos y me concentro, puedo sentir el aire que se filtra por debajo. Ese aire es lo más cercano al mundo exterior que tengo.

Todo huele a podredumbre. A paja mojada y a heces y a algo que ya no intento identificar. Las primeras semanas vomitaba con ese olor. Ahora ya no. Me da miedo haberme acostumbrado.

Miro mis manos.

Están destrozadas. Las uñas, largas y sucias, tienen sangre seca debajo. Me las miré por primera vez hace unos días y no las reconocí. Las de Laila eran otras manos: deíctos limpios, uñas cortas porque mi madre me las cortaba cada lunación. Estas manos parecen las de otra persona. Alguien a quien no conozco y que vive en este sótano de piedra.

Sigo esposada al suelo. Los grilletes en mis tobillos muerden el hueso si intento ponerme de pie. Ya no lo intento. He aprendido a moverme en este perímetro de cadena: tres palmos a la derecha, cuatro a la izquierda, lo suficiente para girarme. Mi espalda ya no siente la diferencia entre el suelo y el descanso. Todo es lo mismo.

No recuerdo la última vez que caminé. Intento recordarlo como un ejercicio: el sonido de mis pasos sobre tierra seca, el peso del cuerpo movilizándose hacia adelante, el viento en la cara. Lo recuerdo como se recuerda un sueño: los bordes borrosos, la sensación verdadera pero las imágenes ya idas.

Mi piel está oscurecida por la mugre. Ya no sé cómo me veo.

Pero aún estoy viva.

Me lo repito cada vez que despierto. Es lo primero que digo, antes de abrir los ojos, antes de sentir el dolor de los tobillos y la humedad en la espalda. Aún estoy viva. Me lo han quitado casi todo: la libertad, el movimiento, la limpieza, el tiempo. Pero no esto. No la respiración, no el latido, no la voz.

Extraño a mi familia con una violencia que me sorprende cada vez. Mis hermanos, sobre todo. Rémi, que siempre pedía que le contara historias antes de dormir aunque ya era lo suficientemente mayor para avergonzarse de pedirlas. Y Elisa, que me robaba el pan del desayuno y después me miraba con esa cara de no saber nada. Me pregunto si me buscan. Me pregunto si ya han llorado lo suficiente como para dejar de buscar.

Tengo miedo. Todo el tiempo. Es un miedo que ya no se parece al que conocía: ese miedo de cuando se acerca una tormenta o cuando te has perdido en el bosque. Este es distinto. Es quieto. No tiene nombre. Es solo una presión detrás del pecho que no cede nunca, ni cuando duermo, ni cuando como, ni siquiera en los segundos entre el sueño y el despertar.

A veces lloro sin querer. Sin razón aparente, sin que haya pasado nada distinto. Las lágrimas simplemente vienen, como el agua que se filtra por las piedras cuando llueve. No las detengo. He aprendido que intentar detenerlas gasta una energía que necesito para otras cosas.

Una vez al día me pasan la comida por debajo de la puerta.

Un vaso de agua. Una papa asada, todavía caliente. Siempre lo mismo. Al principio pensé que era una humillación calculada: darme lo mínimo, lo más simple, para recordarme dónde estoy. Ahora entiendo que es otra cosa. Me quieren viva. Para algo me quieren viva, y eso me da tanto miedo como esperanza.

La papa sabe deliciosa. Con hambre verdadera, con el tipo de hambre que te enseña lo que realmente necesita el cuerpo, todo sabe bien. Aprendo cosas aquí abajo que nunca aprendí arriba. Que el agua fría en ayunas es el mejor regalo. Que el calor de la comida es una forma de compañía. Que el cuerpo es sabio y tonto a la vez: sabe sobrevivir, pero a veces sobrevivir duele más que no hacerlo.

Aprendo a escuchar.

Hay ratas detrás de las paredes. Las oigo de noche: el rasgueo de sus uñas sobre la piedra, el movimiento breve y nervioso. Al principio me aterraban. Ahora son casi compañía. Una vez creí escuchar un gato. Un maullido lejano, apagado, una sola vez. No supe si era real o si ya estaba empezando a inventar cosas para no estar sola. No lo sé aún.

También escucho gritos. Vienen de lejos, amortiguados por la piedra, pero llegan. De mujeres, sobre todo. A veces de hombres. Una vez, y esto sí lo recuerdo con claridad porque duré horas sin poder respirar bien después, de un niño. No puedo saber cuánto duran, ni cuándo terminan. Solo sé que terminan. Y que cuando terminan, el silencio que viene después es peor que el grito.

Ya no sé por qué estoy aquí. No lo sé de verdad. Pienso en todo lo que hice las semanas antes de que me trajeran, en cada conversación, en cada cara. No encuentro la razón. O la razón no tiene que ver con lo que yo hice, sino con lo que soy. Y eso es aún más aterrador.

Me han quitado casi todo. Pero no una cosa.

Mi nombre.

Cada mañana —o cada vez que despierto, que no es lo mismo— lo digo en voz alta. No en susurro: en voz. Con la garganta abierta, como si hubiera alguien escuchando. A veces me imagino que hay alguien del otro lado de la pared que lo oye y lo anota en alguna parte, y que eso importa. Es una tonteria, lo sé. Pero el ritual me sostiene. El día que deje de decirlo, el día que dude un segundo antes de pronunciarlo, ese día habrán ganado algo que ninguna cadena puede quitarme.



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En el texto hay: dolor, historia de suspenso, dolor amor

Editado: 03.04.2026

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